La Bestia andaba enfrentándome, procurando de que no hiciera ningún movimiento en falso.
Y justo saliendo de mi trance seguía esa voz hablando, esa voz masculina que decía "ayúdala" "detente" pero no podía detenerme, mi vida corría peligro, la bestia me perseguía por todo el castillo. Despavorida hui intentando no voltear y ver los ojos de la criatura que yacía detrás persiguiéndome.
Guiándome por la voz me dejé conducir hacia cualquier lugar con tal y escapara de las garras de la Bestia.
Al fin, logrando salir de los muros que habitaba la horrible Bestia pensaba que él ya no se había marchado al darse cuenta de mi victoriosa escapada.
Equivocada. Tan equivocada estaba.
La Bestia continuaba detrás corriendo y rugiendo de furia, arrojando lo que se encontraba en su camino, todo lo que se atravesaba en su camino, sus sirvientes intentaron detenerlo; pero fallaron en el intento.
Y precisamente en ese momento de miedo, un ardor se presentó en mi mano y observé lo que me provocó una pequeña quemadura, el espejo en mi mano, brillaba. Aunque no me importó mucho lo que hiciera el espejo, me hallaba ocupada huyendo de la gigante Bestia.
Otra vez me aveciné al bosque horrorizada por la Bestia que me seguía el paso. No tuve otro lugar a donde ir, nada más conocía ese sombrío lugar, el que me atormentaba cada minuto.
Choqué con grandes muros de piedra, árboles secos y ramas afiladas que se enganchaban a mi vestido. No me fijé cuando me tropecé con una pequeña roca que hirió un poco mi pie, cayendo en barro ensucié el vestido, dándole ventaja a la Bestia de acorralarme para aprisionarme en su castillo.
Y a pesar, allí aferraba el espejo a mi pecho sucia y asustada como una niña.
Esperanzada la Bestia se distrajo al darse cuenta de que alguien venía a mi rescate, mis pensamientos no eran más que para la Dame roja, el cual no fue a mi salvación.
Un apuesto hombre armado en un hermoso corcel se acercó a la Bestia en busca de ayudarme, un hombre galante y apuesto, espléndido, radiante... Tantas formas de describir a un hombre sexy eran muy vagas para detallarlo a la perfección.
¡Porque él era pura perfección!
El hombre desde la montura en su caballo desenvainó su espada, enfrentando a la Bestia.
—Lamento arruinar tú caza, Bestia —dijo el apuesto jinete—. Pero no raptarás a esta hermosa doncella. No otra vez, no si estoy aquí para permitirlo. ¿O acaso no te enseñaron cómo debe de comportarse un caballero?
—Para ti es fácil, tú físico no es horroroso como el mío.
—El corazón vale más que la belleza externa —respondió.
Romántico, profundo, hace derretir corazones.
Muy heroico.
Sin duda, no era mi tipo.
—Necesito de una chica. Si tengo más de una todo será más sencillo.
—¿Quieres conquistar a una bella doncella? Demuéstrale con detalles y dulzura lo que una Bestia puede brindarle —se bajó del caballo y guardó su espada—. Muestra ternura e interés en los demás en vez de pensar en ti mismo.
Con pesar la Bestia abandonó el lugar dándome una última mirada de disgusto cuando pudo recapacitar por las palabras del caballero bien parecido que suspiró cansado y enorgullecido por su acción. En el suelo, el apuesto hombre se volvió a mí entendiendo su mano para ayudarme. Acepté la ayuda que me brindó con timidez, embobada, percibí sus manos tocando mi cintura para que no me cayera de nuevo.
Mis mejillas ardieron.
Marte debía de sentir envidia de aquel hombre Charmer.
¡No! Él tenía que ser Marte en persona.
Era el hombre más apuesto que alguna vez había conocido.
—G-gracias... —pude articular.
—Un placer en ayudar a una hermosa doncella —sus ojos azules radiantes se dirigieron a mis pies, avergonzada descubrí que faltaba mi zapato derecho. Buscando el zapato, el apuesto hombre con traje elegante encontró el zapato a un metro de nosotros, fue en busca del zapato y regresó agachando una rodilla haciendo muestra de que levantara el pie—. Me fascinan las mujeres que pierden sus zapatillas.
Su tacto fue delicado, tierno, cosquilleante. El roce que le dio a mi talón estremeció mi corazón.
Sus ojos azules seguían fijos en los míos al levantarse, eran encantadores. Pero no hechizantes como los de la Dame roja.
Y... ¡Tenía que dejar de pensar en ella! Y ese hombre era la distracción perfecta, la viva imagen de un Príncipe.
—Lo siento, debe de pensar que soy torpe.
—Háblame sin tanta formalidad —sonrió, tomó una de mis manos con delicadeza y la besó, la calidez de su beso en mi mano me estremeció—. Un placer, ¿cuál es tú nombre hermosa doncella?
— Aira.
—"Aira " —dijo, no sólo su tacto derretía a cualquiera, sino también su voz—, tan hermoso como su nombre.
—Lamento haber sido una molestia mientras usted... digo, tú estabas de paseo o... —su deslumbrante belleza me dejaba sin palabras, no sabía que decir.
—No se preocupe, me encanta ayudar —dijo. Por su expresión supe que mi vestimenta no era apropiada para su vista—. Venga conmigo a mis tierras. Necesita atención.
—Oh, no es necesario... —sus manos se posaron en mi cintura. Alzándome con su fuerza en la montura del caballo—, ¡Guou!
—Insisto —dijo montándose en su corcel. Arreó, apreté su cintura, avergonzada cuando su corcel empezó a andar—. Soy el rey Charmer.
Rey.
Claro que era un rey. Era digno de serlo.
—¿Y qué haces aquí solo? —pregunté curiosa.
—Vine al bosque a pensar, he estado un poco estresado después de mi coronación... y mi boda —lo último que dijo fue como un golpe a mi corazón.
—Ah. Es casado... —mencioné tratando de no mostrar mi desilusión—, que afortunada debe ser su esposa.
Soltó un suspiro.
—Afortunada y desdichada. Mi pobre Cenicienta...
Abrí mis ojos impactada.
—¿Cenicienta? —no lo creía, estaba metida en las líneas de uno de mis cuentos favoritos. Entusiasmada sonreí hasta descubrir la infelicidad en el rostro de Charmer—. No te ves feliz.