Cenicienta ladeó con la cabeza sin entender el porqué de mi nerviosismo.
Ella debía estar adentro en sus aposentos con Charmer. ¿Qué rayos debía hacer? ¿Debía decirle? ¿Debía de hacer un escándalo?
Tal vez debía de hacer cómo si nada e irme con ella a la terraza y luego buscar a Charmer y enfrentarlo. No quería lastimarla si le decía lo que ocurría, necesitaba primero hablar con Charmer.
Esa opción me gustaba, darle unas buenas bofetadas a Charmer habrían sido buenas para que reaccionara. Por otro lado, estaba Cenicienta, no era justo que le vieran la cara, yo era mujer al igual que ella, las mujeres nos apoyamos, en casos como esos una debe de apoyar a su amiga. Y por más que doliera, tarde o temprano tenía que enterarse.
—Oh, Cenicienta —traté de sonreír—. Olvidé que me invitaste a tomar té en la terraza. Pero...
—¿Pero? —se aproximó a mí, lo bastante para estar cerca de la puerta, escuchando los gemidos de quién quiera que fuera esa mujer que estuviera con su esposo.
Oí otros gemidos femeninos. ¿Había alguien más dentro?
Cenicienta parpadeó confundida, tragué saliva al ver cada gesto y expresión que ella hacía. Retrocedió, ahogándose en su propio llanto y dolor. Observé que posó su mano para abrir la puerta, no podía abrir.
Por ella, abrí la puerta de golpe, y ahí estaba.
Charmer y sus dos mujeres que se cubrieron con las cobijas al vernos. Cenicienta tapó su boca y sollozó sin dejar de mirar a Charmer desnudo y a sus amantes; dos muchachas bonitas de cabellos morenos.
No sabía si era idea mía o las amantes de Charmer tenían parecido con ella.
Me daba pena Cenicienta, no era ella y sentía su dolor, deseaba ahorcar a su esposo. No entendí por qué la traición hacía su esposa, la mujer que él "amaba" y conoció en el baile.
—¡Cenicienta! —se cristalizaron los ojos de Charmer, sin moverse mantuvo su mirada fija en mí, no en Cenicienta, ya que ella salió corriendo después de que él la nombró.
¿Por qué demonios me miraba a mí? De seguro esperaba que reaccionara y fuera tras ella, por supuesto que eso hice. Sin embargo, en mi más profundo ser, quise reaccionar de otra forma y tomar a esas zorras de las greñas y arrastrarlas por todo el castillo hasta sacarlas del bello lugar.
Seguí a Cenicienta por todo el castillo, el lugar era más grande de lo que parecía. La perdí por un momento y escuché aquella voz masculina que me guiaba de alguna forma extraña, no sabía quién era, pero lo agradecía de alguna forma, deseaba que fuera Dios y que, así como me ayudaba a encontrar a Cenicienta me ayudara a salir de aquel mundo tan perturbador. Encontré el jardín del palacio, cautivador, con arbustos y árboles espléndidos, flores silvestres y muchos tipos de rosas.
La gran belleza del jardín me distrajo por un momento, recordé que Cenicienta salió del castillo desolada por culpa de Charmer, juré que después de encontrarla mataría a "casanova real" después de estrangular a sus amantes.
Hallé a uno de los sirvientes del castillo, al mirarlo supo que buscaba a Cenicienta, señalando a dónde huyó. Le agradecí y seguí mi camino. No olvidaba que mi misión era buscar a la bruja del mar, aunque no me importaba más nada que consolar a Cenicienta. No hice muchas amigas en mi mundo, todas me creían menos, y los chicos me tallaban como si fuera el último refresco del desierto, hubo muchos que sólo se me acercaban para intentar ligar conmigo para llevarme a la cama y nada más, y me daba cuenta de ello. Jamás me creí la gran cosa por ser bonita y tener la piel blanca, parecida a la de una muñeca de porcelana, y mis cabellos rubios platinados.
En mi vida no pedí algo que no fuera respeto, y salir de aquel mundo de cuentos.
Notando detrás de un bello sauce, sentada en el césped recién cortado, Cenicienta se escondía de todos, ocultando sus lágrimas ante la presencia de unos adorables animalitos, lindos pájaros coloridos, un bello perro de raza Basset hound, y un conejito blanco; me acordé que tuve uno de pequeña.
—¿Cenicienta? —dije acercándome, levantando un poco el vestido para no arrastrarlo.
Sus ojos cristalizados causaron pesar a mi corazón, su nariz un poco roja, tanto como sus mejillas, limpió sus lágrimas y sonrió tratando de ser fuerte. Odiaba ver a una mujer sufrir de tal manera por un hombre que no la valoraba en lo absoluto.
— Anya, yo... olvidé que tenía que venir a jugar con mis amiguitos —sonrió con tristeza. Sentándome su lado para hacerle compañía—. Esto de aprender a ser reina es un trabajo duro, apenas tengo tiempo para mis amigos y descansar...
Coloqué mi mano en su espalda con cariño.
—No tienes que ser fuerte en frente de mí. Desahógate, por favor.
Cenicienta no tardó en volver a derramar lágrimas, se me lanzó en un fuerte abrazo, dejando salir el llanto que contuvo por un momento. Correspondí el abrazo, acariciando su espalda mientras ella ocultaba su cara en mi pecho.
—¿Por qué? ¿Qué hice para merecer esto? —lloraba—. No he hecho nada, yo he sido muy buena, trabajo duro para complacerlo...
—Shh. Yo sé que trabajas mucho, pero de algo estoy segura, que Charmer no te merece. Es un idiota —moría por asesinarlo—. Llora hasta que no puedas más, para que cuando lo veas a los ojos tengas fuerza, demuéstrale que él no merece nada de ti, ni tú corazón, y cree de lo que estás hecha, porque eres demasiado mujer para ese canalla. Así que no más lágrimas después de esto.
Cenicienta lloró hasta que no tuvo ánimos de levantarse, se quedó en mis brazos por más de una hora, nos olvidamos de los animalitos a nuestro al rededor y del gran sauce que hacía ruido con sus grandes ramas que llegaban hasta el suelo debido a la brisa.
Cenicienta se distrajo con el perro que se recostó en su regazo.
—Creí que Charmer me amaba de verdad, cuando supo que yo era la doncella misteriosa de las hermosas zapatillas de cristal me juró amor eterno, que no me decepcionaría —contó.