Twisted stories

Capítulo 14

Sentada en el pasto le conté lo sucedido a la Dame roja sin escrúpulos, que parecía importarle poco el asunto.

—Haber si comprendo —dijo con burla, cruzando sus brazos—. Tú quisiste enfrentar a Charmer por haber engañado a Cenicienta con sus hermanastras, pero en vez de enfrentarlo lo besaste. ¿Eso causó que Cenicienta se suicidara?

—Veo que no te das cuenta de lo que ha ocurrido —me puse de pie.

Seguido ella se levantó.

—Lo único que veo, es que tú —tocó una de mis mejillas—, mi querida pertenencia, me has traicionado con el hombre que ultraja a todas las doncellas, ese hombre que no aguarda a que alguna chica le diga si quiere o no.

—No te he traicionado —contesté ruborizada. No andaba de acuerdo a que me reclamara cuando no éramos algo—. ¡Y no es crea que sea algo tuyo, mucho menos un objeto! Además, tampoco es que tú seas un ángel caído del cielo.

—Buen punto.

Bajó sus dedos hasta mi mentón. Levantó un poco su casco mostrando sus carnosos y deseosos labios.

Sí, esos labios que anhelaba besar.

Nuestros labios se percibían a centímetros. Aparté su mano, evitando un poco el contacto físico.

—Para ti esto es un juego, como Charmer.

—Tal vez.

—Lo sabía —mascullé.

—Te diré algo, preciosa. A mí, me encantan los juegos.

—De eso me doy cuenta.

—¿Sabes que más? —dijo examinándome con los ojos—. Me gustaría arrancarte justo en este momento ese hermoso vestido, y follarte como nunca lo he hecho con otra mujer.

Inesperadamente solté el espejo de mi mano, y mis brazos terminaron rodeando el cuello de la dame al sentir el contacto de sus labios con los míos. Sus manos quedaron en mis caderas, rodeé mis piernas en sus caderas y una de sus manos bajo a mi muslo izquierdo.

De repente, abrí los ojos al recordar las últimas palabras que dijo. Me separé apartándola.

La habría abofeteado para cobrarle la bofetada que me dio la vez pasada, si no fuera por el yelmo que cubría su rostro.

Claro que se revolcaba con otras mujeres, no hacía falta que lo gritara a los cuatro vientos.

—Patán, mujeriega. No eres diferente a Charmer.

—No me compares con ese miserable. La prueba la tienes en tú consciencia, tonta.

—Tienes razón, eres peor.

—¿Ahora soy peor? —rió—. Yo sé, preciosa, que tú, en lo más profundo de tu ser, en algún lugar de tú cuerpo, tienes un lado oscuro, que está deseando salir, y me desea.

—En tus pesadillas.

—Lo que veo en mis pesadillas, es lo que deseo —tocó mi mentón, acercando mi rostro al suyo y uniendo nuestros labios—. Y voy a tenerte, besaré y tocaré cada parte de tú hermoso cuerpo, te follaré tan duro que sangrarás, y yo te veré rogar por más placer.

Dios.

Cada palabra que salía de su boca me excitaba. No negaba que... ¡Sí! Quería entregarme a esa mujer, deseaba que me hiciera suya para acabar con mi tortura. Ese lado oscuro que mencionaba estaba vagando por mi cuerpo, queriendo salir, y por otro lado estaba mi dignidad, mi miedo e inocencia.

Unimos nuestros labios con desesperación, la deseaba, y extrañamente creí sentir que ella también lo deseaba, un sentimiento más grande que la pasión y el placer nos invadió; algo más que una simple calentura.

Despegó nuestros labios, pero no sus ojos de los míos, así como yo de los suyos. Deshizo el beso yendo hacia su gran corcel, montándose en su montadura para luego irse sin despedirse, seguido de ellos el caballo de Charmer también se fue al ver una pequeña serpiente inofensiva que a pesar lo asustó.

—¡Espera! —grité.

Resoplé.

Igual era mala cabalgando ese animal, lindo e inquieto; como su dueño.

Resignada a andar a pie, distraída, caminé buscando en el bosque el caracol dorado y brillante que mencionó el Cheshire; el que debía encontrar para invocar a la bruja del mar.

Me desvié del camino, por culpa de los obstáculos que he tenido que soportar. Me detuve un momento a pensar si todo más bien era una pesadilla horrible.

Era una odisea que tenía que soportar. ¿Qué tan difícil era encontrar un maldito caracol dorado y brillante en un bosque?

Me encontré a un títere de madera parlante, un lobo feroz y su Caperucita, caballeros negros y su Dame roja, un pastor perseguido por un lobo, una casa de dulce, una bruja devoradora de niños, un maldito gato parlante, un rey mujeriego y su esposa la Cenicienta...

¿Acaso era mucho pedir un ridículo caracol?

Distraída, fastidiada, cansada, con hambre, sueño, atormentada por la muerte de Cenicienta; era mucho lo que sentía que ya no deseaba vivir.

La última vez que no deseaba vivir fue cuando falleció mi papá. No fue fácil su partida, él era mi amigo, mi ejemplo a seguir, mi héroe; y se había ido.

Sobre llevar las cosas y aceptarlas no es fácil, las desgracias motivan a uno a querer arrancarse la vida. Pero debía salir adelante, a mi padre no le habría gustado que me quedara atascada, deprimida por el dolor, mi obligación era seguir continuar mi camino, seguir viviendo por él.

Y mi obligación estaba en buscar la solución para salir de ese mundo.

Deambulando por mucho tiempo, divisé un hermoso castillo a medio kilómetro. Seguí caminando por el sendero que llevaba al castillo, fue por mucho, necesitaba descansar.

Poco a poco vi un letrero que decía "Bienvenidos a Damnrose" y se hallaba cubierto por rosas, por pedúnculos y sus afiladas espinas que seguro cortaban con un pequeño roce.

Llegué después de mucho tiempo caminar, el pueblo del reino se encontraba solitario, pude fijarme en unas cuantas personas inconscientes, unas tiradas en el suelo, otras sentadas recostadas en la pared, observé un par de borrachos fuera de una casa, unos en el suelo recostados encima del otro, y otros en sillas dejando salir la baba. Una madre con un bebé en brazos, sentada en el suelo, y muchas personas dormidas.

En la entrada del castillo, en el momento que quedé a centímetros de la puerta esta se abrió, por arte de magia. Entré sin problema, evaluando cada rincón del castillo, su vestíbulo, la sala del trono, las pocas personas que encontraban dormían en el suelo, salvo por una hermosa mujer de cabellos dorados que aparentaba unos cuarenta años, sentada en un trono, junto a un hombre que lucía mayor que la mujer a su lado.




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