Twisted stories

Capítulo 15

Un hombre apuesto que aparentaba unos veinticinco años, arriba de sus cabellos marrones un poco largos lucía una corona de oro. Sus ojos cerrados mostraban lo que disfrutaba penetrar a una bella muchacha, una muchacha que se hallaba inconsciente. Ella se veía joven, de mi edad. ¡Pero era nada más y nada menos que la Bella Durmiente! Al ver la rueca que se encontraba en una alcoba sucia que apenas le entraba algo de luz en la alta torre. Sus cabellos eran de un hermoso color dorado, largos y en ondas, sus labios de tono carmín, suaves, y esas largas pestañas, una nariz pequeña definida, y piel blanca, perfecta.

Todo lo que ella poseía daba algo de envidia. Pues, ella era perfecta.

Olvidándome de la belleza de esa princesa dormida, vi que ese príncipe hacía algo indebido mientras ella dormía, eso era un crimen, por más que él fuera apuesto no tenía derecho a realizar ese acto de deshonor.

Cansada de lo que viví, hui, no pudiendo hacer algo en contra de ese hombre que me aterraba. Las cosas... o personas, allí en serio iban mal.

Bajé las escaleras, rendida hasta el último escalón tratando de ponerme cómoda, ahí, abrazando mis piernas, llorando. Extrañaba mi casa, necesitaba descansar, beber una taza de chocolate caliente con malvaviscos y unas galletas de chispas de chocolate, sentir las caricias de mi abuela en la cabeza para sentir cariño y relajación, y echar una siesta durante horas.

—No llores, Lacie —oí una voz masculina, muy cerca de dónde estaba.

Esa voz. De nuevo.

¿De dónde provenía?

Levanté mi cabeza y busqué a la persona de aquella voz, era la misma que escuchaba en esas ocasiones que me ayudaba a salir de apuros, era extraño, buscaba de dónde provenía la voz y me fijé que no había ninguna persona cerca, salvo por la gente inconsciente en el lugar.

—¡Auch! —el espejo ardió en mi mano quemándome otra vez.

Hice un puchero reflejando mi rostro en el espejo.

—¡Hola! —mi reflejo desapareció, mostrando la cara de un apuesto hombre de unos treinta años, con una pequeña barba, y de pocas arrugas visibles cerca de sus párpados, ojos color grises y cabellos ocultos bajo una tela negra. Se veía pálido, similar a un fantasma, rodeado de humo y llamas verdes, y usaba un traje elegante de cuero negro con detalles morados.

—¡Ahhh! —grité arrojando el espejo al suelo.

—¡Auh! —dijo adolorido, cómo si lanzarlo le hubiera perjudicado algún hueso—. Eso dolió.

—Lo... siento —gateé hasta tenerlo en mis manos, enfrentándolo.

—Yo más, sabía que era mala idea mostrarme —comentó quejándose.

—¿Qué eres? ¿Y quién eres?

—¿No es obvio? —dijo ofendido—, soy el espejo mágico.

—Ah, pues... un gusto, creo.

—El gusto es mío, Aira.

—¿Cómo sabes mi nombre? —ladeé con la cabeza.

—Soy el espejo mágico. Lo veo todo.

Sonreí de emoción.

—¡Entonces puedes ayudarme a volver a mi casa! —exclamé.

—Salvo por eso, querida niña. Lo veo todo, pero no lo sé todo.

—No soy una niña, recién cumplí dieciocho años.

—Dejarás de ser niña en el momento que pierdas la inocencia con la dame roja.

—¿Qué? —la sangre corrió a mis mejillas.

—No creas que no conozco sobre la llama de pasión que hay entre ambas.

—Eso es mentira —reclamé.

—Ya quisieras —suspiré. Oculté el espejo atrás de mi espalda al ver al apuesto hombre con corona bajar por las escaleras. Su mirada se cruzó con la mía.

Mi corazón latió rápidamente, de nervios y verguenza; aunque el que debía de morirse de verguenza era él, no yo.

—Lamento que haya visto eso, no sé qué me pasó —se excusó de terrible forma el hombre apuesto.

—Yo sí —dijo el espejo mágico.

—¿Quién dijo eso? —pregunté el hombre con corona buscando la voz que se oyó.

—De seguro algunos de los guardias hablan entre sueños —respondí.

El hombre asintió un poco inseguro.

—Oh. ¿Dónde están mis modales? —dijo sin una pizca de pena. Se inclinó un poco—. Soy el rey Andrew.

Maldecí.

Otro rey, por lo visto peor que Charmer, o la Bestia. A lo mejor eran del mismo club.

—Quisiera decir que es un placer, rey Andrew —contesté de mala gana.

No. No podía ser cortes con un hombre desvergonzado.

—El placer es mío, Aira —sonrió presintiendo mi disgusto—. Bueno... adiós.

—Adiós.

Rogaba que se fuera rápido.

—Eh, ¿la llevo a algún lado?

—¡No! —exclamé algo impaciente. El rey Andrew abrió los ojos sorprendidos por mi respuesta, más bien por mi forma de responder que la propia respuesta—. Yo... voy a quedarme un rato aquí, necesito estar sola, unos momentos...

—Lo entiendo —sonrió, comprendiendo. Se dio la media vuelta dispuesto a irse—. Nos volveremos a ver, hermosa doncella.

Se fue dejándome sola, asegurándome que se fuera, volví al espejo y el espejo me sonreía con burla.

—¿De verdad eres real? —pregunté.

—No, soy un producto de tú imaginación —dijo sarcástico—. ¡Por supuesto que soy real!

—Lo siento, es que todo esto me resulta imposible de creer. Yo no soy de aquí.

—Me di cuenta.

—Y... necesito ayuda.

—¿Con salir de este mundo encantado? ¿O ayuda con esa calentura que sientes hacia la dame roja?

No lo toleraba sus burlas.

—¡Con salir de aquí!

Rio divertido.

—Perdón, no creo que pueda ayudarte con eso —confesó—. Me temo que sólo la bruja de los mares podrá ayudarte con eso, cómo lo mencionó Cheshire.

—Justo cuando creí que estaba siendo salvada —murmuré decepcionada.

—Seré tú guía en este viaje si me lo permites, seré de mucha utilidad.

—Te tomaré la palabra, es mejor hablar con alguien de verdad que hacerlo sola.

—¿Ya te estás volviendo loca?

—No tienes idea de cuánto —comenté bajando las escaleras.

Por un momento me sentí aliviada de que alguien me ayudara, y que al hablarme fuera sincero de verdad. El espejo mágico era completamente honesto conmigo.




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