Ultima Promesa

Capítulo 2: La que vino con su nombre

El silencio que siguió a las palabras de Kaede fue más pesado que cualquier ruido anterior.

Nadie en el aula se movió durante varios segundos. Las miradas estaban clavadas en el pequeño objeto metálico que colgaba del cuello de la chica inconsciente, como si observarlo más tiempo pudiera cambiar la realidad de lo que acababan de escuchar.

—Ese collar… es de Haru…

La frase aún parecía suspendida en el aire.

Miyu fue la primera en reaccionar, aunque su mente tardó en procesarlo completamente.

—¿Qué…? —murmuró, inclinándose un poco más para mirar de cerca—. No… espera… ¿segura? ¿De verdad…?

Ren no dijo nada al principio. Sus ojos estaban fijos en el collar con una intensidad inusual en él, como si estuviera comparando recuerdos mentales con lo que veía frente a sí. Lo había visto incontables veces. Era imposible confundirlo.

Era idéntico.

El corazón comenzó a latirle más rápido.

Kaede no respondió de inmediato. Su cuerpo parecía haberse quedado rígido, congelado en el momento en que reconoció el objeto. La respiración se le había vuelto superficial, y sus dedos temblaban ligeramente sin que ella misma se diera cuenta.

La profesora Shindo notó el cambio de inmediato.

—Kaede —dijo con voz firme pero suave—. Respira.

La chica no reaccionó.

La profesora colocó una mano en su hombro, ejerciendo una presión leve pero constante.

—Kaede, mírame.

Lentamente, los ojos de la joven se movieron hacia ella. La confusión y el impacto emocional eran evidentes, pero el contacto visual ayudó a que regresara un poco al presente.

—Ahora no podemos pensar en eso —continuó Shindo con calma profesional—. Lo primero es asegurarnos de que ella esté bien.

La lógica de las palabras logró abrirse paso entre el torbellino de pensamientos.

Kaede asintió apenas.

—Sí… —murmuró.

—Ren, Miyu —continuó la profesora—. Ayúdenme con la armadura. Necesitamos revisar si tiene heridas.

Ambos reaccionaron de inmediato, agradecidos por tener algo concreto que hacer. El metal de las piezas emitió sonidos secos al moverse mientras comenzaban a soltar correas y hebillas. La armadura era pesada, mucho más de lo que parecía a simple vista, y claramente estaba diseñada para combate real. Tenía marcas de desgaste, pequeñas abolladuras y arañazos que sugerían uso constante.

No era un disfraz.

Era equipo de guerra.

A medida que retiraban las piezas superiores, el peso que había estado presionando el cuerpo de la chica disminuyó, permitiendo verla con mayor claridad. Debajo de la armadura llevaba únicamente una polera corta sin mangas de tela resistente, ajustada al cuerpo para permitir libertad de movimiento sin estorbar durante el combate. La prenda estaba manchada en algunos puntos, probablemente por polvo o suciedad acumulada durante lo que fuera que había ocurrido antes de aparecer allí.

La profesora apoyó dos dedos en el cuello de la joven para comprobar el pulso.

—Está estable —dijo tras unos segundos—. Respiración irregular, pero no parece grave.

Kaede observaba en silencio.

Por primera vez podía verla sin la barrera del metal.

La chica parecía tener una edad similar a la de ellos, quizá un poco mayor, pero su presencia era distinta a la de cualquier estudiante. Su piel tenía un tono claro ligeramente marcado por pequeñas cicatrices finas en algunas zonas visibles de los hombros y brazos, como si hubieran sanado hace tiempo. No eran heridas recientes, sino señales de un pasado donde el peligro había sido constante.

Su rostro era delicado, pero no frágil.

Había algo en sus facciones que transmitía fortaleza contenida, una sensación de disciplina y resistencia que no coincidía con la imagen de alguien que debería estar inconsciente en el suelo de un aula escolar. El cabello rubio caía desordenado alrededor de su rostro, mechones sueltos pegados por el sudor, y aunque su expresión estaba relajada por la pérdida de conciencia, la tensión acumulada en su cuerpo sugería que incluso dormida estaba preparada para reaccionar.

No parecía una persona que perteneciera a ese mundo.

Y aun así…

El collar seguía ahí.

Brillando suavemente contra su pecho.

Miyu lo miró otra vez, incapaz de ignorarlo.

—Kaede… —susurró—. Es el mismo… ¿verdad?

Kaede tragó saliva.

—Sí…

Ren cerró los ojos un instante antes de volver a abrirlos.

—No puede ser coincidencia —dijo en voz baja.

Nadie respondió.

Porque todos estaban pensando lo mismo.

Si ese collar era de Haru…

¿Cómo había terminado en el cuello de esa chica?

La pregunta permaneció suspendida entre ellos, creciendo en silencio mientras esperaban la llegada de la enfermera y la directora.

Y en el centro de todo…

la desconocida respiraba lentamente, como si llevara consigo respuestas que ninguno estaba preparado para escuchar.

El sonido apresurado de pasos en el pasillo anunció la llegada de ayuda incluso antes de que la figura apareciera en la puerta. La enfermera Hanae Mizuno entró al aula con un botiquín de primeros auxilios en la mano, su expresión seria enfocada completamente en la escena frente a ella. No hizo preguntas al principio. No necesitaba hacerlo. Bastaba con ver a una estudiante desconocida inconsciente en el suelo, rodeada por profesores y alumnos, para entender que la situación era urgente.

—Apártense un poco —dijo con firmeza profesional mientras se arrodillaba junto a la chica.

Su movimiento fue preciso, automático, resultado de años de experiencia manejando emergencias escolares. Revisó primero la respiración, luego el pulso, después palpó suavemente algunas zonas del cuerpo en busca de posibles fracturas o lesiones visibles. El sonido del velcro del botiquín al abrirse rompió momentáneamente el silencio que dominaba el aula.

—Respira —murmuró para sí misma—. Pulso estable… bien…

La profesora Shindo observaba con atención.



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En el texto hay: escolar, ficcion, ficcion aventura romance

Editado: 03.08.2026

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