Lilia permaneció sentada junto a la ventana de la furgoneta, inmóvil, con las manos descansando sobre sus piernas y la mirada perdida en el exterior. Afuera, el cielo comenzaba a oscurecer lentamente, y las luces de las casas vecinas empezaban a encenderse una por una. Todo era demasiado tranquilo.
Demasiado normal.
Desde donde estaba podía ver la entrada de la casa de Haru, la puerta aún cerrada, las cortinas moviéndose apenas por el viento, el jardín pequeño y cuidado. Incluso podía escuchar, muy de fondo, las voces apagadas que seguían dentro.
Pero ella no estaba escuchando realmente.
Su mirada estaba fija en el reflejo de la ventana.
En su propio reflejo.
La ropa escolar que llevaba ahora se sentía extraña. Ligera. Inútil. Nada en ella protegía el cuerpo. Nada servía para pelear. Nada tenía sentido para alguien que durante años solo había conocido armaduras, metal, cuero endurecido y espadas.
Por un instante…
sus ojos se cerraron apenas.
Y el recuerdo volvió.
El olor a humo.
La tierra negra.
El ruido del metal.
La sangre.
Habían pasado pocas semanas desde que Haru había sido invocado.
En ese tiempo, él todavía no era fuerte.
Todavía no era ese hombre capaz de ponerse delante de otros sin dudar.
En aquel entonces apenas era un muchacho confundido, demasiado impulsivo y demasiado débil para el campo de batalla en el que lo habían arrojado.
Lilia lo recordaba con claridad.
El cielo estaba cubierto por nubes oscuras aquella tarde. El campo frente a ella estaba lleno de cuerpos, armas rotas y marcas de explosiones mágicas. El aire olía a tierra quemada y hierro.
Ella estaba de pie sobre una pequeña elevación de piedra destruida, con su armadura cubriendo todo su cuerpo y la espada aún goteando sangre.
Su respiración era tranquila.
Regular.
Como siempre.
A pocos metros de ella estaba Haru, arrodillado sobre una rodilla, jadeando, con el uniforme de héroe rasgado en varias partes y una herida en la frente que dejaba caer sangre por un costado de su rostro.
Su espada estaba clavada en el suelo para sostenerse.
Y aun así…
seguía mirándola.
Ella lo recordaba perfectamente.
Recordaba haber pensado que era extraño.
Porque la mayoría de las personas, cuando entendían que iban a morir, apartaban la mirada.
Temblaban.
Suplicaban.
Retrocedían.
Pero él no.
Incluso derrotado…
la seguía mirando.
Detrás de Haru estaban los otros miembros de su grupo. Una chica arquera trataba de cubrirlo mientras otra lanzaba magia defensiva desesperadamente. Más atrás, un enorme wyvern descendía entre el humo, rugiendo mientras uno de sus compañeros trataba de subir a los demás sobre la criatura.
Lilia dio un paso hacia él aquella vez.
Solo uno.
Lo suficiente para dejar claro que la pelea había terminado.
Haru apenas logró levantar un poco la cabeza.
La sangre le caía por la mejilla.
Y aun así…
sonrió.
Una sonrisa cansada.
Idiota.
—La próxima vez… —había dicho él entre jadeos— …voy a ganar.
Ella lo recordó con exactitud.
Recordó el silencio que vino después.
Recordó no entender por qué alguien tan débil decía algo así.
Para ella, en ese momento, Haru no era nada especial.
Solo era un objetivo.
Uno más.
Un héroe invocado al que debía eliminar.
Un obstáculo.
Nada más.
Lo habría matado ahí mismo.
Sin dudar.
Sin pensar.
Sin sentir nada.
Pero entonces el wyvern descendió del todo.
Los demás arrastraron a Haru a la fuerza mientras seguían cubriéndolo con magia y flechas. Él todavía trató de girarse una última vez para verla mientras lo subían a la criatura.
Y Lilia se quedó ahí.
De pie.
Con la espada en la mano.
Mirándolo alejarse entre el humo y el viento que levantaban las alas del wyvern.
Recordaba haber pensado que era ridículo.
Demasiado débil.
Demasiado impulsivo.
Demasiado blando.
No entendía cómo alguien así había sobrevivido siquiera unas semanas.
El recuerdo se desvaneció lentamente.
Lilia abrió los ojos.
La ventana de la furgoneta volvió a reflejar su rostro.
Su expresión seguía siendo la misma de siempre.
Calmada.
Seria.
Pero sus ojos permanecieron fijos unos segundos más sobre su reflejo.
Y entonces, casi sin darse cuenta, desvió la mirada hacia la casa.
—Qué tonta fui… —murmuró apenas, tan bajo que nadie pudo escucharla.
Porque ahora lo entendía.
Desde el principio…
Haru siempre había sido así.
La puerta de la casa se abrió lentamente.
Lilia no lo notó de inmediato.
Seguía sentada dentro de la furgoneta, con la mirada fija en la ventana, perdida entre el reflejo de su propio rostro y recuerdos que aún parecían demasiado recientes.
Por eso no se dio cuenta cuando alguien ya estaba frente al vehículo.
Solo levantó la vista cuando sintió una presencia quieta al otro lado del cristal.
La madre de Haru.
Estaba de pie afuera, observándola en silencio.
Lilia parpadeó apenas.
Desde donde estaba podía ver también, detrás de ella, las figuras de los demás asomándose desde la entrada de la casa. Nadie intervenía. Nadie hablaba.
Solo miraban.
Como si ese momento tuviera que ocurrir.
Lilia permaneció inmóvil un segundo más antes de abrir la puerta de la furgoneta y bajar.
La diferencia de altura entre ambas no era mucha, pero aun así, de pie frente a ella, Lilia se sintió extrañamente pequeña.
No por miedo.
No por incomodidad.
Sino porque entendía quién era esa mujer.
Era la madre de Haru.
La persona que lo había criado.
La persona que había esperado verlo volver.
La persona a la que ella no podía devolverle lo que había perdido.