Las bolsas eran demasiadas.
Muchísimas.
Kaede cargaba varias en cada mano, caminando con paso firme aunque se notaba que el peso comenzaba a pasarle factura. Ren llevaba otras tantas, con los brazos casi extendidos por la cantidad de paquetes que sostenía. Miyu, por su parte, arrastraba una bolsa grande detrás de sí, moviendo los pies con clara falta de ganas y con una expresión que mezclaba cansancio y una queja constante que no paraba de salir de su boca.
—Esto fue excesivo… totalmente excesivo… —murmuraba una y otra vez, frunciendo el ceño y mirando al frente con indignación—. ¡Es una locura! ¡Con la mitad de esto hubiera sido más que suficiente!
—Era necesario —respondió Kaede sin siquiera volverse a mirarla, concentrado en no dejar caer nada—. Cuando llegamos, se dio cuenta de que no tenía absolutamente nada de ropa adecuada para estar aquí. No podíamos dejarla así.
Ren soltó una risa divertida, ajustando mejor su carga.
—Bueno… hay que reconocer que ahora tiene más ropa nueva que los tres juntos. Creo que nos superó en número sin esfuerzo.
Lilia caminaba tranquilamente a su lado, con las manos vacías y la espalda recta, observando las bolsas como si fueran equipo táctico recién adquirido y revisando mentalmente que nada faltara o estuviera dañado. No parecía cansada, ni abrumada, ni nada por el estilo; solo avanzaba con esa serenidad suya de siempre.
—Es innecesario —comentó con voz neutra, mirando los paquetes—. Con una o dos prendas funcionales era más que suficiente para sobrevivir. Todo lo demás es solo adorno.
—¡No! —respondieron Kaede, Ren y Miyu al mismo tiempo, casi a gritos, como si hubieran ensayado la respuesta.
Se hizo un breve silencio.
Lilia giró ligeramente la cabeza hacia ellos, con esa expresión inmutable de siempre.
—Entiendo —dijo simplemente.
Pero era obvio que no entendía nada. Sin embargo, había aprendido que a veces era mejor dejar estar el tema y no seguir discutiendo cosas que, para ella, no tenían lógica alguna.
Miyu, mientras tanto, seguía refunfuñando por lo bajo, y sus quejas tomaron un tono diferente, más personal y dolido.
—Además… es injusto… —murmuró con voz quejumbrosa, mirando de reojo a Lilia—. ¡Todo lo que se prueba le queda perfecto! ¡Todo! Es que no es posible… ¡tiene mejores proporciones que yo! ¡Cómo puede ser eso!
Hizo una pausa dramática, soltando la bolsa un momento para cruzar los brazos y mirar al cielo con indignación.
—¡Llevo años diciendo que soy la más linda del grupo, la que tiene mejor cuerpo y la que se ve bien con cualquier cosa… y de repente llega ella, se prueba lo primero que encuentra, y parece que fue hecha a su medida! ¡Es como si la ropa la amara o algo así! ¡Es injusto! ¡Es una injusticia cósmica!
Ren y Kaede se miraron entre ellos, tratando de no reírse, porque sabían muy bien de qué hablaba.
Porque era verdad.
Habían pasado toda la tarde de tienda en tienda, probándose cosas, buscando tallas, viendo estilos… y cada vez que Lilia se ponía algo nuevo, pasaba lo mismo: le quedaba increíblemente bien. No importaba si era algo sencillo, algo elegante, algo deportivo o algo casual. Todo, absolutamente todo, se ajustaba a su figura perfectamente, resaltando su altura, sus curvas sutiles y esa presencia imponente que tenía sin siquiera intentarlo.
Y lo peor para Miyu no era solo eso… era la reacción de la gente.
Cada vez que salían del probador o pasaban por los pasillos, todos se quedaban mirándola. Hombres, mujeres, jóvenes, mayores… todos giraban la cabeza para verla pasar, impresionados por su belleza y su porte elegante y sereno. Muchos cuchicheaban, otros la miraban con admiración, y algunos incluso se detenían por completo para observarla.
Y para Miyu, que siempre había estado acostumbrada a ser el centro de atención, a ser la que todos miraban y decían lo linda que era… esto había sido demasiado para su orgullo y su ego.
—¡Es que no es justo! —siguió quejándose, arrastrando la bolsa otra vez—. ¡Hoy he visto más miradas dirigidas a ella que a mí en toda mi vida! ¡Yo soy la linda! ¡Yo soy la guapa! ¡Yo soy la que tiene estilo! ¡Y hoy parecía que yo era solo el paquete que llevaba las cosas! ¡Es una humillación!
—Ay, Miyu… —dijo Ren, sacudiendo la cabeza con una sonrisa divertida—. No es que seas menos linda, solo que ella tiene… algo especial. Es imponente.
—¡Eso es lo que digo! —exclamó ella—. ¡Tiene ventajas injustas! ¡Seguro que en el mundo de donde viene hasta el aire que respiran las hace hermosas! ¡Y yo aquí luchando para que me quede bien una falda…
Kaede soltó un suspiro, aunque se le escapaba una sonrisa.
—Ya está bien. Ambas son muy lindas, ¿contenta?
—¡No me conformo con "muy lindas"! —protestó ella—. ¡Yo quiero ser el número uno!
Pero se calló al ver que ya habían llegado al lugar.
El cansancio finalmente los había alcanzado a todos, y decidieron entrar en una cafetería pequeña y acogedora para descansar un poco antes de volver.
El ambiente allí era mucho más tranquilo que las calles llenas de gente y ruido. Se escuchaba música suave de fondo, un aroma dulce y agradable flotaba en el aire, y las personas que estaban dentro conversaban en voz baja, creando una atmósfera relajada y cómoda.
Se sentaron alrededor de una mesa amplia y dejaron todas las bolsas apiladas en una esquina, con un suspiro colectivo de alivio.
Miyu se dejó caer sobre la mesa, apoyando la cabeza sobre los brazos cruzados.
—No puedo más… —murmuró con voz apagada—. Se me rompió el ego, se me rompieron los brazos y se me rompieron las piernas… hoy ha sido un día traumático.
Ren se recostó hacia atrás en su silla, estirando las piernas debajo de la mesa.
—Admito que… fue más intenso de lo que esperaba. Pensé que solo sería comprar unas cuantas cosas y listo, pero nos hemos ido por las ramas.
—Porque ustedes dos no ayudaron en nada —acusó Kaede, mirándolos con fingida severidad—. Uno se dedicaba a reírse y el otro a elegir cosas todavía más caras y llamativas. ¡Yo fui el único que cargó con todo el trabajo real!