Ultima Promesa

Capítulo 11: recuerdos pasados

Al cruzar las puertas del arcade, Lilia se detuvo por un instante, como si un muro invisible la hubiera detenido en seco.

Y de repente, todo el mundo que conocía desapareció. Frente a ella se abría un universo completamente nuevo, desbordante, vibrante y vivo.

Luces de todos los colores imaginables parpadeaban, estallaban y se mezclaban en cada rincón: tonos azules eléctricos, rojos intensos, amarillos brillantes, verdes esmeraldas y matices dorados que se reflejaban en las superficies metálicas, en los cristales y en el suelo pulido, creando destellos que parecían bailar por sí mismos. Las pantallas gigantes colgadas en las paredes proyectaban imágenes en movimiento, historias que cambiaban a una velocidad vertiginosa, figuras que saltaban, corrían y brillaban con una energía casi mágica, demasiado rápida para seguirla con la vista, pero lo suficientemente intensa para quedarse grabada en la retina.

El sonido la envolvió al instante, como una ola cálida y potente. Escuchó melodías electrónicas alegres y rítmicas que se entrelazaban con los pitidos, zumbidos y campanillas de las máquinas, las risas claras y libres de la gente, gritos de emoción cuando alguien ganaba, voces hablando al mismo tiempo, el eco constante de motores y mecanismos funcionando sin parar. Era una sinfonía caótica, fuerte, incesante… y extrañamente hermosa.

Todo brillaba. Todo se movía. Todo respiraba vida.

Lilia permaneció inmóvil, con el cuerpo rígido por el hábito de años, observando cada detalle con la misma atención afilada y meticulosa con la que estudiaba un campo de batalla desconocido, evaluando peligros, distancias, movimientos. Pero esta vez, no buscaba amenazas. Su mirada recorría el lugar de un extremo a otro, absorbiendo cada matiz, cada luz, cada sonido, como si quisiera guardar todo ese instante para siempre.

Vio cómo los colores se fundían unos con otros, cómo las luces cambiaban sin cesar, cómo las personas celebraban pequeñas victorias sin importar nada más que el momento presente. Sintió la energía del lugar vibrar en el aire, en la piel, en el pecho: era una fuerza viva, alegre, desbordada, sin rastro de guerra, sin sombras de peligro, sin el peso de la responsabilidad que siempre había cargado sobre sus hombros.

Era caótico, ruidoso, desordenado… y, sin embargo, en medio de todo ese descontrol, Lilia sintió que algo dentro de ella se aflojaba, se abría. Sus pupilas se dilataron levemente, captando cada destello, y por primera vez en mucho tiempo, esa sensación extraña y cálida de familiaridad la invadió por completo.

No era que hubiera estado allí antes. Nunca había visto nada igual. Pero todo aquello… le recordó inevitablemente a otra noche.

Una noche que tenía grabada a fuego en su memoria.

El cielo estaba iluminado. Miles de destellos de colores explotaban uno tras otro sobre la capital del reino, cubriendo la oscuridad profunda con luces rojas, azules, verdes y doradas que se extendían por todo el firmamento, como si el mismo cielo estuviera celebrando algo que nadie más entendía.

Desde la azotea más alta del castillo real, Lilia observaba el espectáculo en completo silencio, con la respiración medida y el cuerpo rígido. Sus ropas cubrían vendas frescas que rodeaban sus brazos, su costado, su espalda; los combates recientes habían dejado heridas profundas, tanto en la piel como en el alma, y el dolor todavía era agudo al moverse. Aun así, permanecía de pie, con la espalda recta, la mirada fija en las luces y la mente alerta, como siempre.

Aquella había sido la primera vez que hablaba a solas con Haru después de haber dejado atrás al enemigo, de haber roto todo lo que conocía para unirse a su grupo, a su causa, a él.

En ese momento no entendía por qué él había insistido tanto en llevarla hasta allí, en subir hasta lo más alto del castillo bajo la lluvia ligera y fría de la noche. No comprendía qué sentido tenía observar explosiones efímeras en el cielo cuando al día siguiente volverían a marchar, volverían a pelear, volverían a arriesgar la vida en una guerra que parecía no tener fin.

A su lado, apoyado con los codos sobre la baranda de piedra fría, Haru contemplaba el espectáculo con una sonrisa tan amplia y llena de emoción que sus ojos brillaban con la misma intensidad que los fuegos artificiales que estallaban sobre ellos. Parecía completamente ajeno al cansancio, al dolor, a la guerra que los rodeaba.

—¿Qué te parece? —preguntó, sin apartar la vista del cielo, con la voz suave, casi en un susurro, como si temiera romper la magia del momento.

Lilia guardó silencio unos segundos, analizando todo con la lógica que siempre la había guiado.

—No tiene utilidad táctica —respondió, con la misma frialdad que usaba en el campo de batalla.

Haru soltó una pequeña risa, suave y alegre, que se mezcló con el eco lejano de los cohetes.

—Sabía que dirías eso —dijo, sin dejar de sonreír.

Lilia se quedó inmóvil, sin entender por qué le causaba gracia.

—No comprendo por qué las personas invierten tantos recursos, tanto tiempo y tanto esfuerzo en algo que desaparece en segundos —añadió, con seriedad—. Algo que no deja nada, que no protege, que no ayuda a ganar.

Haru levantó la vista justo cuando una explosión dorada inmensa iluminó todo el cielo, bañando sus rostros de luz cálida por unos instantes.

—Porque no todo tiene que durar para ser importante —respondió con calma, y sus palabras quedaron flotando en el aire, nuevas, extrañas y profundas para ella.

Lilia no respondió. No sabía qué decir. Nunca le habían enseñado eso. Nunca le habían hablado de cosas que valían la pena solo por existir, solo por sentirse.

Haru giró ligeramente la cabeza hacia ella, y sus ojos brillaban con una ternura que ella apenas empezaba a comprender.

—Cuando todo esto termine… —empezó a decir, y su voz cambió por completo: se volvió más suave, más sincera, más íntima, como si le estuviera confiando el secreto más valioso que tenía—. Te llevaré a mi mundo.



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En el texto hay: escolar, ficcion, ficcion aventura romance

Editado: 03.08.2026

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