La noche ya había caído por completo, envolviéndolo todo en una oscuridad suave, cuando por fin lograron llegar hasta la puerta de casa.
Las luces de la entrada parpadeaban con una luz cálida, iluminando el pequeño jardín mientras el grupo avanzaba por el sendero, cargando bolsas, cajas y un cansancio que pesaba más que todo lo que llevaban entre las manos. El silencio solo se rompía por el sonido pesado de sus pasos y el ritmo agitado de sus respiraciones.
Bueno… silencio, casi. Porque apenas cruzaron el portón, Miyu soltó todo lo que llevaba de golpe, como si las bolsas se hubieran vuelto de plomo en el último segundo, y sus rodillas cedieron de inmediato, dejándose caer al suelo con un golpe sordo y dramático.
—¡No… puedo… ni con mi alma! —gimió, arrastrando las palabras entre jadeos, como si acabara de cruzar un desierto sin agua o de sobrevivir a una batalla perdida—. Siento que mis piernas se despegaron de mi cuerpo hace dos horas… ya no son mías… ¡ya no soy nadie! —se quejó, hundiendo la cara entre las manos, totalmente derrotada—. Esto no fue ir de compras… fue una expedición militar sin entrenamiento previo.
Detrás de ella, Ren avanzaba arrastrando los pies, cada paso parecía costarle una eternidad. Su espalda iba encorvada, los hombros caídos, y arrastraba las bolsas por el suelo más que cargarlas, con la mirada perdida en un punto imaginario del suelo. Se detuvo justo al lado de Miyu y se deslizó lentamente por la pared hasta quedar sentado, con la cabeza colgando hacia adelante.
—Lo confirmo… —murmuró con una voz tan apagada y lenta que casi no se entendía, como si estuviera hablando desde el fondo de un pozo—. Mi alma… sí, mi alma… me abandonó en el tercer piso del centro comercial. Se fue volando, me dejó aquí solo con este cuerpo que ya no responde… —levantó una mano temblorosa, señalando vagamente hacia el frente—. Vi mi propia vida pasar frente a mis ojos… y la verdad… no fue una película muy interesante.
Kaede, que había logrado llegar un poco más lejos, se dejó caer también junto a la entrada, soltando un suspiro largo, profundo y agotado, acomodando las bolsas a su lado con movimientos lentos y pesados.
—Definitivamente… esto fue demasiado para un solo día… creo que voy a necesitar tres días enteros solo para recuperar la capacidad de moverme… —susurró, con los ojos medio cerrados.
Y entonces…
Como si una fuerza invisible los hubiera puesto de acuerdo, todos levantaron la vista muy despacio, casi con esfuerzo, hacia la única persona que permanecía totalmente de pie, firme y serena frente a ellos.
Lilia.
Allí estaba ella. Espalda recta como una vara, la respiración tranquila y medida, sin una sola gota de sudor en la frente, sin el menor rastro de cansancio en su postura. Y lo más impresionante: seguía sosteniendo entre sus brazos, con la misma delicadeza y normalidad que al principio, el pequeño gato negro de peluche. Ni siquiera parecía haber notado que los demás estaban al borde del colapso.
Los observó en silencio durante unos segundos, analizando cada uno de sus cuerpos derrotados con esa calma que la caracterizaba. Luego, habló con total seriedad, como si estuviera leyendo un informe médico:
—Les falta fortaleza física.
Miyu levantó apenas la cabeza del suelo, mirándola con ojos entrecerrados por el agotamiento y la incredulidad.
—¿…Perdón? ¿Me estás diciendo eso a mí? —preguntó con voz débil pero indignada.
—Su resistencia es extremadamente baja —continuó Lilia, con la misma calma, sin inmutarse por su reacción—. Deberían entrenar con más constancia. Un cuerpo saludable requiere ejercicio frecuente, disciplina y una preparación física adecuada para estas actividades.
Ren hizo un esfuerzo sobrehumano y levantó una mano en el aire, temblando levemente, como si estuviera pidiendo la palabra en una reunión, aunque parecía que la mano se le iba a caer en cualquier momento.
—¡Objeción… rotunda! —logró decir, arrastrando las sílabas—. ¡Eso es injusto y no tiene sentido!
Miyu se giró un poco sobre el suelo, apoyando un codo con dificultad para poder mirarla mejor, aunque todavía se veía al borde de la muerte por cansancio.
—¡Claro que es injusto! —exclamó, poniendo todo lo que le quedaba de fuerza en esas palabras—. ¡No nos puedes comparar contigo, Lilia! ¡Tú no eres una persona normal! ¡Tú eres básicamente una súper soldado entrenada para sobrevivir a guerras, explosiones, desastres naturales y probablemente al fin del mundo también! —señaló a sí misma y a Ren con un dedo tembloroso—. ¡Nosotros somos simples estudiantes! ¡Nuestra resistencia está diseñada solo para ir a clase, comer y dormir! ¡No para caminar diez kilómetros cargando cosas!
—¡Exactamente! —apoyó Ren, asintiendo con mucha lentitud, todavía luchando por tomar aire—. Escúchala, por favor. Mi actividad física más intensa, la que más me exige en toda mi semana, es estirarme para alcanzar los libros que están en los estantes más altos de la biblioteca. ¡Ese es mi límite! —se quejó, llevándose una mano al pecho—. No me pidas más de lo que mi condición de ser humano promedio y débil puede dar. ¡Esto fue tortura pura!
Kaede, recostada contra la pared, asintió lentamente, sin fuerzas ni siquiera para abrir bien los ojos.
—Estoy… totalmente de acuerdo con ellos… es como si hubiéramos corrido una maratón… y yo ni siquiera corro para cruzar la calle…
Lilia recorrió con la mirada a cada uno, procesando cada queja, cada gesto de dolor y cada explicación. Su expresión no cambió, pero asintió levemente con la cabeza.
—Entiendo.
Hubo un silencio breve, cargado de respiraciones pesadas.
—Entonces… sus estándares físicos son muy bajos, en comparación con lo que deberían ser.
—¡Eso no ayudó en nada, ni mejoró lo que dijiste antes, ni nos hizo sentir mejor! —protestó Miyu al instante, dejándose caer de nuevo boca abajo contra el suelo, derrotada por segunda vez—. ¡Es peor! ¡Ahora me siento incluso menos capaz de lo que ya me sentía!