La mañana había comenzado con la luz del sol iluminando los pasillos de la escuela, tal como lo hacía siempre. El sonido de los alumnos charlando, las risas y el ruido de las mochilas llenaban el aire, tal como ocurría cualquier otro día.
O al menos, esa habría sido la realidad si no fuera porque, desde las primeras horas, un rumor había recorrido el edificio a una velocidad absurda, pasando de boca en boca hasta convertirse en el único tema de conversación posible.
Había un alumno nuevo.
Y no uno cualquiera.
Según decían, la propia directora se encargaría personalmente de hacer la presentación, algo que jamás había ocurrido en la historia de la institución.
Algunos aseguraban que venía de una academia muy prestigiosa del extranjero. Otros juraban que pertenecía a una familia importante de la ciudad. Había incluso quienes afirmaban que su nivel de inteligencia o habilidades estaban muy por encima de lo normal.
Las versiones cambiaban cada diez minutos, creciendo y volviéndose más exageradas con cada paso que daban por los pasillos. Lo único que todos tenían claro era una sola cosa: hoy habría una presentación. Y esa sola idea bastaba para mantener a toda la escuela pendiente de una sola cosa.
Dentro del aula, el ambiente estaba cargado de una inquietud extraña, casi eléctrica. Las conversaciones iban y venían con mayor energía de lo habitual. Algunos alumnos no dejaban de mirar el reloj en la pared, como si el tiempo estuviera pasando demasiado lento. Otros tenían la vista fija en la puerta, esperando ver quién aparecería al otro lado. Y más de uno debatía en voz alta si el nuevo sería un chico guapo o una chica hermosa.
Sin embargo, cerca de las ventanas, apartados del resto del grupo, tres personas conocían la verdad. O al menos, sabían lo que realmente se avecinaba.
Kaede permanecía sentada en su pupitre, tranquila, observando el movimiento en el patio exterior con una pequeña sonrisa comprensiva. Ren descansaba sobre su silla, recostado hacia atrás, apoyando el mentón en una mano y mirando todo el alboroto con cierto aburrimiento.
Y luego estaba Miyu.
Bueno… Miyu tenía los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho, el ceño fruncido y una expresión de absoluta desconfianza y resignación. Parecía que estaba a punto de presenciar el fin del mundo.
—Todavía estamos a tiempo de cancelar esto —murmuró de repente, rompiendo el silencio que compartían los tres.
Ren la miró de reojo, sin cambiar de postura.
—No podemos cancelar a una estudiante nueva, Miyu. Ya está decidido.
—Claro que podemos —insistió ella, girándose hacia él con seriedad—. Podemos decir que se enfermó, que hubo un problema familiar, que se fue a vivir a otro país… lo que sea.
—Miyu…
—¡Solo digo que todavía existe la opción de evitar el desastre!
Ren suspiró largamente, cerrando los ojos un segundo.
—¿Llevas toda la mañana con ese discurso?
—Desde que me desperté, sí. Y con razón.
Kaede dejó escapar una pequeña risa suave, negando con la cabeza.
—No seas tan exagerada, no será para tanto.
—¿¿Exagerada?? —repitió Miyu, señalándose a sí misma con incredulidad—. ¿Dices eso porque no has visto la magnitud del problema? ¡Exagerada sería si dijera que la escuela entera va a colapsar o que los alumnos dejarán de funcionar como personas normales!
Hizo una pausa dramática, mirando hacia la puerta del salón como si fuera la entrada a un volcán.
—Y te lo aseguro: eso es exactamente lo que va a pasar en cuanto cruce esa puerta.
Ren soltó una risa baja, moviendo la cabeza.
—Al menos ya lo aceptaste al fin.
—No lo acepto, lo estoy anunciando como una advertencia oficial.
—Llevas tres días diciendo lo mismo.
—Y llevo tres días teniendo toda la razón del mundo. ¿Recuerdas el centro comercial? ¿Recuerdas lo que pasó en la cafetería?
Kaede guardó silencio. Porque en el fondo, entendía perfectamente lo que Miyu intentaba decir. Después de todo, ellas habían visto a Lilia en acción. Habían caminado con ella por calles llenas de gente y habían visto cómo todas las miradas se giraban instintivamente hacia su figura. Habían sido testigos de cómo, sin hacer absolutamente nada, ella lograba que todo a su alrededor dejara de importar.
Miyu comenzó a contar con los dedos, marcando cada evento con pesar.
—Primero fue el centro comercial: caos total. Luego el salón de juegos: destrucción de récords y autoestimas. Después la cafetería: todos mirando. Luego los tipos de la máquina de fuerza: humillados sin querer. Y ahora… ahora le toca el turno a la escuela, que es el lugar con más gente junta de todos.
Levantó la vista hacia sus amigos, con cara de tragedia.
—Mis conclusiones son claras: estamos condenados. No hay vuelta atrás.
—Drama queen —le susurró Kaede con cariño, aunque una sonrisa nerviosa se le escapaba.
—¡No es drama si es la pura verdad! —se defendió Miyu.
En ese momento, la puerta del salón volvió a convertirse en el centro de atención de todo el grupo. Todavía faltaban unos minutos para que sonara el timbre de inicio de clases, pero la expectativa en el aire era casi tangible, pesada y emocionante al mismo tiempo.
Ren observó aquel ambiente durante unos segundos, analizando todo, antes de hablar con un tono más serio y reflexivo.
—Aunque, honestamente… creo que eso ni siquiera será el verdadero problema.
Miyu lo miró al instante, sospechando.
—¿A qué te refieres? ¿Acaso hay algo peor que lo que ya dije?
Ren apoyó ambos brazos sobre el pupitre y se inclinó un poco hacia ellos, bajando la voz como si fuera una confidencia.
—Todos aquí, tú incluida, solo están pensando en cómo reaccionará la escuela ante Lilia. En cómo se van a quedar todos boquiabiertos, en cómo llamará la atención, en cómo todos la mirarán.
Hizo una pausa, mirando por la ventana, hacia el horizonte.
—Pero yo estoy mucho más preocupado por cómo reaccionará Lilia ante la escuela.