Aquel amanecer trajo consigo una luz suave y dorada que se filtraba entre las cortinas de la casa Haruno. Poco después de que el sol asomara por el horizonte, la hermana mayor de Haru subió las escaleras con pasos rápidos y llenos de energía, lista para empezar el día como de costumbre.
—¡Lilia! ¡Hora de despertar! Ya es hora de prepararse para ir a la escuela —anunció con voz alegre mientras giraba el pomo y abría la puerta de par en par.
Pero en cuanto cruzó el umbral, se quedó completamente inmóvil, con los ojos muy abiertos y la mano todavía en el aire.
La habitación estaba en un orden impecable, casi perfecto. La cama estaba hecha con tal precisión que parecía que nadie había dormido en ella en toda la noche; las sábanas estaban estiradas sin una sola arruga, la almohada alineada exactamente en el centro. La ventana estaba cerrada y ajustada, y no había ni un solo objeto fuera de su lugar.
Pero la habitación estaba vacía.
—¿Eh? ¿Dónde está? —murmuró para sí misma, confundida.
Bajó corriendo las escaleras en dos zancadas, llegando hasta la cocina donde el olor a pan tostado y café recién hecho llenaba el aire.
—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Lilia ha desaparecido! No está en su habitación, no hay rastro de ella, ¿se habrá ido de vuelta a su mundo? —preguntó casi sin respirar, con un tono de pánico.
La madre de Haru levantó la vista de la mesa, con una sonrisa tranquila y sin inmutarse lo más mínimo.
—No ha desaparecido, cariño.
—¿Qué dices? Si la cama está vacía y todo está en su sitio...
—Se fue hace más de una hora.
—¿¡UNA HORA!? —repitió la chica, parpadeando varias veces como si no hubiera escuchado bien—. ¿Tan temprano? ¿Para qué se levanta a esa hora si las clases empiezan mucho después?
—Dijo que quería llegar temprano a la escuela.
—¿Para qué? ¿Para hacer ejercicio? ¿Para entrenar? —preguntó imaginándose cualquier cosa menos lo que iba a escuchar.
—Para leer libros.
Se hizo un silencio absoluto en la cocina. Ni siquiera se escuchaba el sonido de los cubiertos.
—...Creo que en realidad adoptamos a una criatura de otra especie —dijo finalmente la hermana, rascándose la cabeza con incredulidad.
—Eso ya lo habíamos descubierto desde el primer día —respondió la madre entre risas, sirviendo una taza de té.
Mientras tanto, en el edificio de la escuela, el silencio de la mañana todavía reinaba. Los pasillos estaban vacíos, las aulas cerradas y el único sonido que se escuchaba era el canto de los pájaros en los árboles del patio y el viento suave que movía las hojas.
La biblioteca, situada en el ala más tranquila y apartada del edificio, todavía debía permanecer cerrada. Era un lugar reservado para el silencio, el conocimiento y el orden, y para su encargada, Shiori Mizuno, de 24 años, no era solo un espacio de trabajo: era su santuario, su reino, el lugar donde cada libro era un tesoro y cada regla existía para protegerlo.
Shiori caminaba por el pasillo con paso lento y relajado. Llevaba en una mano una taza de café humeante —su compañía favorita por las mañanas— y en la otra un manojo de llaves que sonaban suavemente con cada movimiento. Vestía con su elegancia habitual, ropa sobria y bien cuidada, sus largos cabellos azul oscuro recogidos con orden y sus gafas de montura fina descansando sobre su nariz. Era una mujer reservada, paciente y profundamente amante de la calma, pero que podía perder la compostura ante cualquier cosa que rompiera el orden.
Por eso, cuando dobló la esquina y alzó la vista hacia la puerta principal, se detuvo en seco como si hubiera chocado contra una pared invisible.
La puerta estaba abierta.
Pero no abierta con normalidad. Estaba arrancada.
Las bisagras de metal, que debían ser resistentes y sólidas, estaban dobladas hacia afuera, retorcidas como si fueran de papel. La cerradura colgaba rota de un lado y el marco de madera mostraba marcas profundas donde alguien había aplicado una fuerza descomunal, pero con una precisión extraña: no había astillas innecesarias, ni golpes fuera de lugar, solo la separación limpia de la puerta de sus soportes.
Shiori sintió cómo su corazón daba un vuelco. Su café casi se derrama sobre sus dedos, y sus gafas se deslizaron un poco por el puente de su nariz por la impresión.
—¿Qué... qué ha pasado aquí? —susurró con voz temblorosa, mirando la escena con incredulidad.
Miró la puerta.
Miró las bisagras deformadas.
Miró la cerradura inútil.
Volvió a mirar la puerta, y por un segundo pensó que estaba soñando.
Con el corazón latiéndole un poco más rápido, entró lentamente, preparándose mentalmente para cualquier desastre: libros tirados por el suelo, estanterías caídas, vidrios rotos o, en el peor de los casos, un robo.
Pero lo que encontró al cruzar el umbral fue algo que superó cualquier posibilidad que hubiera imaginado.
El interior estaba en perfecto orden. Las estanterías seguían de pie, alineadas y repletas de volúmenes. El aire olía a papel viejo y tinta, un aroma tranquilo y familiar que tanto amaba. Y al fondo de la sala, bajo la luz suave que entraba por las ventanas altas, había una mesa amplia.
Allí estaba Lilia.
Sentada con la espalda perfectamente recta, inmóvil y serena, estaba leyendo. No uno, sino tres libros abiertos al mismo tiempo frente a ella, organizados en fila. Pasaba las páginas con dedos ágiles y silenciosos, tomaba notas en una libreta con una concentración absoluta, y cada tanto inclinaba un poco la cabeza como si estuviera analizando y procesando cada palabra que leía. Parecía estar teniendo la mañana más tranquila y normal del mundo.
Shiori permaneció en la entrada durante varios segundos, sin saber qué decir ni cómo reaccionar. Primero me pregunto qué hace una estudiante aquí dentro, luego por qué está la puerta así... y al final solo pienso en que necesito otro café, pensó para sí misma, sintiendo cómo su paciencia se ponía a prueba antes incluso de empezar a hablar.