El timbre resonó por todo el edificio con su tono claro y agudo, anunciando el inicio del descanso. En cuestión de segundos, el silencio tranquilo de las aulas se transformó en un murmullo constante: risas, pasos rápidos, voces que se llamaban de un lado a otro y el sonido de las sillas arrastrándose. Los pasillos volvieron a cobrar vida con el bullicio habitual de la escuela.
—¿Dónde está Lilia? —preguntó Miyu, asomando la cabeza por la puerta mientras salía del salón y recorría con la mirada el pasillo.
Kaede levantó la vista de inmediato, como si esa pregunta encendiera una alarma interna. Sus ojos fueron directos al asiento vacío que había quedado en la primera fila.
—Hace solo un momento estaba aquí, tomando notas y revisando los libros de texto...
Ren ajustó sus gafas con un movimiento lento y reflexivo, mirando también hacia la salida.
—Yo pensé que había salido con ustedes para ir al patio o a la cafetería.
Ambas chicas negaron al mismo tiempo.
Se hizo un pequeño silencio entre los tres.
No era nada extraño que un estudiante se ausentara unos minutos: podía ir al baño, buscar un libro o simplemente estirar las piernas. El problema era que esa estudiante era Lilia. Y desde que había llegado, había demostrado una habilidad casi sobrenatural para convertir cualquier situación ordinaria en un suceso inesperado, confuso y, a menudo, costoso para la escuela.
Miyu cruzó los brazos sobre el pecho y frunció el ceño.
—Esto no me da buena espina. Nada buena.
—Solo han pasado unos minutos —intentó tranquilizarla Kaede, aunque en el fondo también sentía ese pequeño nudo de preocupación—. Quizás se detuvo a mirar algo en los pasillos.
—Precisamente por eso —respondió Miyu con tono serio—. Con Lilia bastan cinco minutos de soledad para arrancar otra puerta, doblar una reja o decidir que una ventana es una salida más eficaz.
Ren asintió con mucha gravedad, como si estuviera analizando datos estadísticos.
—Estadísticamente hablando, su probabilidad de generar un incidente en menos de diez minutos es bastante alta. Es un patrón que ya hemos observado.
Kaede suspiró, llevándose una mano a la frente.
—Gracias, Ren. Realmente me ayudas a estar más tranquila.
Sin perder más tiempo, los tres se separaron para cubrir todas las zonas posibles.
Miyu salió corriendo hacia el patio, donde la luz del sol iluminaba los árboles y los bancos llenos de alumnos.
Ren recorrió el ala más tranquila, revisando los laboratorios, las salas vacías e incluso la enfermería por si acaso se había sentido mal —aunque todos sabían que eso era casi imposible.
Kaede, por su parte, caminó con paso rápido hacia el ala trasera, directo a la biblioteca... por si acaso, se repetía a sí misma.
Pero después de veinte minutos de búsqueda, volvieron a encontrarse en el pasillo principal, y todos tenían la misma expresión: preocupación.
—Nada en el patio —informó Miyu, un poco sin aliento.
—Tampoco está en los laboratorios ni en las salas de estudio —añadió Ren, bajando la mirada.
Kaede negó lentamente con la cabeza.
—Y en la biblioteca no hay rastro. Shiori estaba ordenando estanterías y dijo que no había entrado en toda la mañana.
El silencio volvió a instalarse, pero esta vez era más pesado.
—Esto ya empieza a ponerse serio... —murmuró Kaede, pensando en todas las posibilidades que podían salir mal.
Miyu levantó un dedo, dispuesta a analizar la situación con lógica —o al menos con la lógica que funcionaba con Lilia.
—Vamos a repasar las opciones más probables.
—Primera posibilidad —empezó Ren—: encontró otra puerta, cerradura o barrera que le pareció innecesaria.
—No quiero ni imaginarme el estado en que estará el edificio si es así —suspiró Kaede.
—Segunda posibilidad —continuó Miyu—: algún club o grupo de estudiantes la vio y la "secuestró" para alguna actividad.
—Eso suena ridículo —respondió Ren al instante.
—¿Ridículo? —Miyu señaló con la cabeza hacia el final del pasillo, donde varios grupos de chicas y chicos pasaban mirando hacia todos lados con curiosidad—. ¿No te has fijado cómo la miran desde que llegó? Para muchos, parece que bajó de una leyenda o de un cuento de hadas. No me extrañaría que alguien quiera usarla para algo.
Ren se quedó pensando unos segundos, y luego ajustó sus gafas con una mueca de resignación.
—...Retiro lo dicho. Tienes razón. Es totalmente posible.
Kaede soltó un suspiro largo.
—Lo único que me preocupa es que, con su forma de ver el mundo, seguro que aceptó sin entender bien de qué iba la cosa. Si le dicen que es una tarea o un deber, no pregunta más.
Justo en ese momento, una voz tranquila y serena sonó a sus espaldas.
—¿Buscan a la señorita Haruno?
Los tres se giraron al mismo tiempo, casi al unísono.
Era Shiori Mizuno, la bibliotecaria. Caminaba con su paso lento y elegante, llevando un libro grueso apretado contra el pecho y con esa expresión calmada que parecía no alterarse por nada.
—¡Shiori! —exclamó Kaede, acercándose aliviada—. ¿La ha visto? ¿Sabe dónde está?
La bibliotecaria asintió con naturalidad.
—Sí, la vi hace unos veinte minutos, justo cuando salía de la biblioteca.
—¿Y dónde fue? —preguntó Miyu casi sin respirar.
—Un grupo de estudiantes se le acercó y la invitaron a acompañarlos. Parecían muy entusiastas, casi emocionados.
—¿Qué grupo? ¿De qué clase? —insistió Ren.
—Son miembros del Club de Cosplay.
Se hizo un silencio absoluto.
Miyu parpadeó una vez, como si no hubiera entendido bien.
Ren se quedó inmóvil, con las gafas medio deslizadas por la nariz.
Kaede sintió que un escalofrío le recorría la espalda, como si acabara de escuchar que se había metido en un nido de dragones.
—¿Del Club de Cosplay? —repitió Kaede, despacio y con voz temblorosa.
—Exacto —confirmó Shiori, sin ver nada extraño en la situación—. Le dijeron que necesitaban urgentemente a alguien con su presencia, su altura y sus rasgos. Algo así como que era "la modelo perfecta" que estaban buscando desde hace años.