La rutina de Lilia comenzó a cambiar poco a poco. Y, por primera vez en muchísimos años, era una rutina tranquila.
Cada tarde, en cuanto terminaban las clases, caminaba directamente hacia la biblioteca. Shiori ya ni siquiera necesitaba preguntarle si iba a ayudar; simplemente levantaba la vista al escuchar la puerta abrirse y saludaba con la misma calma de siempre.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes, señorita Mizuno.
Tras ese breve saludo, ambas se ponían a trabajar. Lilia recibía los libros devueltos, los revisaba con extremo cuidado para asegurarse de que no tuvieran ningún rasguño o doblez, y luego recorría los pasillos de estanterías hasta dar con el lugar exacto donde debían volver.
Con el paso de los días, se aprendió la distribución completa de memoria: sabía dónde estaban las novelas, los libros de historia, las enciclopedias, las ciencias, la filosofía... e incluso aquellos rincones apartados donde casi nadie entraba.
Shiori la observaba a menudo desde el mostrador. Silenciosa, ordenada, meticulosa. Era una imagen curiosa: la misma chica capaz de arrancar una puerta con las manos desnudas, ahora acomodaba cada ejemplar con una delicadeza casi reverencial.
Aquella tarde, sostenía entre sus manos un grueso volumen de historia. Leyó el código del lomo, alzó la vista hacia los estantes y comenzó a caminar despacio. Mientras avanzaba entre las hileras de libros, algo en su memoria se despertó de golpe.
...
Los estantes cambiaron de forma. Se volvieron inmensamente altos. Las paredes de madera desaparecieron, sustituidas por enormes columnas de piedra blanca. Las luces eléctricas dieron paso a candelabros de cristal que bañaban todo con una luz cálida y dorada.
Había vuelto a la Biblioteca Real.
Era inmensa, mucho más grande que cualquier lugar que hubiera visto jamás. Miles y miles de libros descansaban en estanterías que parecían no tener fin. Lilia caminaba entre ellos, todavía con la armadura ligera que usaba cuando acompañaba a Haru. Era una de las pocas veces que había podido entrar allí... y todo gracias a él.
Unos pasos más adelante, Haru avanzaba con las manos detrás de la cabeza, mirando a su alrededor con esa sonrisa despreocupada que siempre lo caracterizaba.
—¿Te gustan los libros? —preguntó sin dejar de mirar los títulos.
Lilia tardó unos instantes en responder. Sus dedos rozaron suavemente el lomo de un ejemplar antiguo.
—Me gusta el conocimiento.
Haru giró apenas la cabeza hacia ella.
—Cuando era sirvienta del Imperio Oscuro... —continuó ella con voz serena, sin rastro de amargura, solo relatando un hecho—, nunca se me permitió leer. Mi propósito era convertirme en un arma viviente. Lo único que debía importarme era la guerra.
Sacó despacio el libro del estante y lo abrió con cuidado.
—Desde que era muy pequeña me educaron para eso: entrenar, obedecer, luchar. No había tiempo para nada más. Los únicos libros que podía consultar eran manuales militares: estrategia, tácticas, historia de campañas. Nunca tuve oportunidad de leer por curiosidad, por aprender... o simplemente porque quisiera hacerlo.
Haru escuchaba en silencio, sin interrumpirla. Luego se acercó a uno de los grandes ventanales y se volvió hacia ella, abriendo los brazos para señalar toda la sala.
—Entonces has llegado al lugar correcto. El emperador ya dio su permiso: puedes venir cuando quieras.
Lilia parpadeó, sorprendida.
—¿El emperador?
—Le expliqué que querías aprender —dijo él con una sonrisa tranquila—. Ahora puedes leer historia, literatura, medicina, astronomía... todo lo que desees.
Lilia se quedó inmóvil, mirando aquel océano infinito de páginas y palabras. Era la primera vez en su vida que alguien le decía que podía aprender simplemente porque quería. Sin exámenes, sin órdenes, sin necesidad de que sirviera para algo en combate. Solo porque era libre de hacerlo.
Apretó suavemente el libro contra su pecho, y una pequeña sonrisa apareció en sus labios: tan leve que casi pasaba desapercibida, pero llena de algo que nunca antes había sentido. Haru la vio y sonrió también.
—Sabía que te gustaría.
...
—Señorita Haruno.
La voz suave de Shiori la devolvió al presente. Lilia parpadeó, y ante sus ojos ya no estaban las columnas de piedra ni los candelabros: solo las estanterías de la escuela, más sencillas y pequeñas, pero igual de silenciosas.
Seguía sosteniendo el mismo libro entre las manos. Lo miró unos segundos y, sin darse cuenta, volvió a sonreír exactamente igual que aquel día.
—¿Ocurre algo? —preguntó la bibliotecaria con amabilidad.
Lilia negó suavemente.
—No. Solo estaba recordando... la primera vez que alguien me dijo que podía leer lo que quisiera.
Shiori no insistió. Solo asintió con discreción y volvió a su trabajo.
Lilia colocó el libro con sumo cuidado en su sitio, acariciando apenas el lomo antes de soltarlo. Y en ese momento comprendió algo que nunca se había detenido a pensar: Haru no solo la había salvado de la guerra. También le había regalado algo mucho más sencillo... y por eso mismo, mucho más valioso.
El derecho a descubrir el mundo... página por página.
La biblioteca permanecía sumida en su silencio habitual, solo roto por el sonido suave y rítmico de las páginas al pasar. Cerca de una de las ventanas, Lilia estaba sentada leyendo un grueso volumen de historia, tan absorta en lo que leía que ni siquiera notó cuando la puerta se abrió despacio.
Kaede entró con pasos tranquilos y silenciosos. Saludó con una leve inclinación de cabeza a Shiori, que estaba en el mostrador.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes —respondió la bibliotecaria con una sonrisa discreta, sin dejar de ordenar unos papeles.
Kaede recorrió la sala con la mirada y no tardó en encontrarla. Lilia permanecía inmóvil, con la vista fija en el libro, como si nada más existiera a su alrededor. Kaede sonrió para sí misma y se acercó despacio hasta la mesa.