Los pasillos del edificio principal tenían una calma inusual: la mayoría de los estudiantes aprovechaba el recreo en el patio o la cafetería, por lo que el sonido de sus tres pares de pasos resonaba con claridad entre las paredes. Lilia caminaba entre Itsuki y Ayaka, observando con curiosidad cómo se movían los grupos, cómo saludaban unos a otros, cómo ocupaban el espacio con total naturalidad.
Tras unos segundos de silencio, volvió a mirarlos.
—Tengo otra duda.
Itsuki sonrió levemente.
—Me imaginé que no sería la única.
—¿Qué es exactamente ese Consejo Estudiantil?
Ayaka soltó una risita suave.
—La verdad es que debimos empezar por ahí, en lugar de darlo por supuesto.
Itsuki asintió y explicó con calma:
—Somos los representantes de todo el alumnado. Organizamos actividades, ayudamos a resolver conflictos entre estudiantes, gestionamos parte del dinero destinado a eventos y colaboramos con la dirección cuando hay decisiones importantes que afectan a todos.
Lilia escuchó con la atención que ponía en cada nueva lección.
—¿Entonces son quienes gobiernan este lugar?
—Más o menos —respondió él—, pero dentro de ciertos límites. No tomamos decisiones absolutas.
Lilia se quedó unos instantes pensativa.
—Entonces... se parece mucho al Senado de mi mundo.
—¿Al Senado? —preguntó Ayaka con interés.
—Era un grupo de personas encargadas de debatir y decidir sobre asuntos que concernían a todo el Imperio —explicó ella—. No gobernaban directamente cada ciudad, pero sus decisiones afectaban a todas.
Itsuki sonrió.
—La comparación es bastante acertada. Solo que aquí las discusiones suelen ser mucho menos dramáticas.
—Generalmente hablamos de festivales escolares, competencias deportivas o materiales para los clubes —añadió Ayaka.
—Entiendo el concepto —asintió Lilia.
Caminaron unos metros más, hasta que ella volvió a hablar con total naturalidad:
—Sin embargo, todavía no comprendo por qué me han pedido que venga. ¿Van a ejecutarme por lo ocurrido en el parque?
Ayaka no pudo evitar soltar una exclamación ahogada y se cubrió la boca rápidamente. Itsuki la miró de reojo.
—Ayaka...
—Lo siento —dijo ella intentando recuperar la compostura—, es solo que la forma tan seria en que lo dijo...
Itsuki suspiró con una media sonrisa y miró a Lilia.
—No, nadie piensa hacerte nada parecido. Solo queremos hablar contigo. Ya lo entenderás al llegar.
Pocos minutos después, se detuvieron frente a una puerta de madera con una placa sencilla que decía Consejo Estudiantil. Itsuki la abrió y le hizo un gesto para que pasara.
El interior era amplio y ordenado: una gran mesa de reuniones en el centro, ordenadores, archivadores, estanterías llenas de carpetas y una pizarra cubierta de anotaciones. Alrededor de la mesa, diez estudiantes levantaron la vista al mismo tiempo. Algunos la conocían de vista; otros solo habían oído rumores. Pero todos sabían quién era la chica que había aparecido en las grabaciones.
Itsuki tomó asiento en la cabecera, Ayaka a su lado, y el resto ocupó sus lugares habituales, dejando una silla libre justo frente a ellos.
—Por favor, siéntate —dijo él.
Lilia se acomodó con tranquilidad. El ambiente se volvió serio y silencioso.
—Antes que nada —empezó Itsuki entrelazando las manos sobre la mesa—, gracias por haber venido.
—No ha sido ninguna molestia —respondió ella haciendo una pequeña inclinación.
—La razón de esta reunión es sencilla —continuó él mirando a todos los presentes—. Esta mañana nos reunimos de forma extraordinaria. La directora y yo hemos contado a todos los miembros quién eres realmente.
Varios la observaron con renovada curiosidad; otros mantuvieron una postura reservada, analizando cada detalle.
—¿Por qué ahora? —preguntó Lilia con calma.
—Porque lo del parque cambió todo —explicó Itsuki—. Los vídeos siguen circulando por todas partes. Aunque la mayoría piensa que fue una filmación o efectos especiales, no podemos estar seguros de que esa creencia se mantenga para siempre.
—Cuantas más personas de confianza conozcan la verdad —añadió Ayaka—, más fácil será protegerte y ayudarte si alguna vez hace falta.
—Hasta ahora éramos muy pocos —dijo Itsuki—. Y creemos que necesitas más aliados. Por eso hemos decidido confiar en el Consejo.
Una chica de cabello corto asintió con firmeza.
—Todos estamos dispuestos a apoyarte.
—Aunque... —empezó otro muchacho, cruzándose de brazos con sinceridad—, no todos nos hemos quedado totalmente convencidos. No es que desconfiemos de la directora o de Itsuki... es solo que es una historia muy difícil de creer.
Lilia no mostró ofensa ni sorpresa. Miró a todos con serenidad.
—Es lógico. Yo tampoco lo habría creído si me lo hubieran contado a mí.
Entonces, levantó lentamente una mano. Todos siguieron el movimiento con la mirada. Ella introdujo el brazo en el aire frente a ella, como si atravesara una superficie líquida. De repente, un círculo de luz azul brillante apareció alrededor de su muñeca.
—¿Qué es eso? —exclamó uno de los miembros, levantándose de golpe.
Otro retrocedió instintivamente. La secretaria abrió los ojos de par en par. El tesorero dejó caer el bolígrafo sobre la mesa con un golpe seco.
El círculo de luz se ensanchó despacio. Con un movimiento suave, Lilia pareció tomar algo desde el interior de aquella apertura en el espacio. Un instante después, retiró el brazo: en su mano descansaba una espada de hoja plateada, elegante y perfectamente pulida, que reflejó la luz del sol que entraba por las ventanas.
La apoyó sobre sus piernas con el mismo cuidado con el que momentos antes había puesto su manga en el pupitre.
—¿Con esto basta como prueba?
Nadie pudo responder. En ese silencio absoluto, todos comprendieron de golpe que las palabras no habían sido exageraciones. Allí sentada no había solo una chica con una fuerza fuera de lo común: frente a ellos estaba una guerrera que había cruzado mundos.