Los pasillos de la preparatoria siempre parecían más largos cuando el sonido de las campanas ya había empezado a retumbar en el aire, pero Damon no lo notaba. Caminaba con la misma calma de siempre, las manos en los bolsillos de su chaqueta y una sonrisa de medio lado. La campana sonó, marcando el fin del descanso, pero para él, el sonido solo era una señal para moverse un poco más rápido, aunque sin prisa.
Los casilleros estaban llenos de estudiantes que se apresuraban a recoger libros o a hacer comentarios apresurados antes de que comenzara la próxima clase. Damon se acercó al grupo de amigos que siempre lo esperaba cerca de su casillero, su lugar de encuentro habitual. Con una broma en los labios y una risa en su rostro, se unió a ellos, desordenando sin querer el cabello de uno de sus amigos mientras lanzaba un comentario sarcástico.
—¿Ya has visto el nuevo profesor de historia? —preguntó Damon mientras se apoyaba contra el casillero, mirando con diversión a sus amigos.
—¿El tipo que parece un extra de una película de terror? —respondió uno de ellos, causando una risa generalizada en el grupo.
Damon soltó una carcajada, moviendo la cabeza en señal de aprobación.
—Ese. No sé si me da miedo o si me siento mal por él. —se echó hacia atrás, estirando los brazos con pereza mientras sus amigos seguían bromeando entre sí.
El ambiente era relajado, como siempre. Damon nunca había sido de preocuparse demasiado por nada. La escuela era solo otro día más en su rutina, donde las risas y las bromas eran parte del paisaje. No estaba preocupado por las clases ni por las tareas, esas cosas siempre podían esperar. Si algo le interesaba, lo tomaba con calma, como lo hacía ahora mientras se burlaba de la última moda en el grupo.
El timbre sonó nuevamente, recordándoles que el receso había llegado a su fin. Como si fuera un impulso automático, todos empezaron a caminar hacia el aula, pero Damon se movió lentamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Sabía que al final sería el primero en llegar, como siempre. Sin apuro, se deslizó entre los estudiantes que todavía se apresuraban a entrar, disfrutando de la pequeña libertad que le daba ese momento.
Al llegar al aula, vio que ya estaban ocupados varios lugares. No le importó, había un asiento libre en la parte de atrás, como de costumbre. Se dejó caer en su silla sin ningún tipo de ceremonia, acomodándose a la perfección en el rincón donde siempre se sentaba, mirando por la ventana mientras esperaba que la clase comenzara. Los primeros minutos pasaron casi en silencio, el murmullo de los estudiantes a su alrededor lentamente se desvanecía mientras el profesor entraba en el aula y comenzaba a preparar sus materiales.
Damon se acomodó mejor en su asiento, las piernas estiradas y las manos en los bolsillos. El ambiente seguía siendo tranquilo, pero al mismo tiempo cargado con la familiaridad de cada día. Algunos de sus compañeros ya empezaban a sacar libros, otros aún charlaban de cosas irrelevantes.
Nada parecía fuera de lo común. Todo era tal y como debía ser. Al menos hasta ese momento.
La campana que indicaba el final de la clase retumbó en los pasillos, y Damon recogió sus cosas con la misma tranquilidad de siempre. Los demás estudiantes salían rápidamente, algunos apresurados por llegar a sus siguientes clases, otros simplemente disfrutando del descanso. Damon, sin embargo, no tenía prisa. Estaba decidido a pasar el resto de la tarde de la manera más relajada posible.
En lugar de ir al vestíbulo o a la cafetería, donde siempre se aglomeraba la multitud, Damon optó por ir a las gradas de la cancha de fútbol, un lugar que rara vez se llenaba a esas horas. Allí, se sentó en una de las filas de arriba, su espalda reclinada contra el soporte metálico, mirando el campo mientras los jugadores se organizaban para el entrenamiento. La tarde ya comenzaba a tener ese tono dorado de la luz que caía, creando sombras largas sobre el césped, y el aire se sentía fresco.
De vez en cuando, echaba un vistazo a los chicos del equipo de fútbol, que parecían concentrados en sus jugadas. Algunos de ellos, amigos de Damon, se saludaban con un gesto casual mientras se preparaban para las prácticas. Damon no tenía demasiada afición por el deporte, pero el ambiente relajado del entrenamiento lo atraía. Había algo tranquilizador en observar desde las gradas, con el ruido del balón golpeando el césped y los gritos lejanos de los entrenadores dando órdenes.
Cerró los ojos por un momento, disfrutando de la calidez del sol sobre su rostro. No había estrés, no había planes urgentes, solo la simple sensación de estar allí, sin tener que hacer nada. El típico descanso de siempre.
Se recostó un poco más, con los brazos extendidos sobre el respaldo de la grada, mirando el cielo despejado por encima de la cancha. Estaba completamente tranquilo, sin pensar en nada en particular.
Pero de repente, una ligera sensación de incomodidad lo hizo abrir los ojos. Desde la parte inferior, en un espacio que Damon había olvidado por completo, vio una figura en pie, observándolo fijamente. Al principio pensó que solo era alguien más que estaba allí para observar el entrenamiento, pero algo lo hizo fijarse más en esa persona.
Era una chica. La misma chica de su clase. La del cabello miel, la que rara vez hablaba, pero que siempre se sentaba en la parte de atrás, siempre en silencio. Damon la había visto, claro, pero nunca había prestado demasiada atención a ella. Estaba demasiado ocupado con su grupo de amigos, y ella... parecía tener poco interés en interactuar.
Pero allí estaba ella, parada en la parte inferior, con una postura curiosamente firme, mirando directamente hacia él. No había muchas personas alrededor, por lo que se notaba que ella estaba allí por algo específico. Su mirada no se apartaba de Damon, y aunque su rostro no mostraba muchas emociones, había algo en su expresión que le daba una sensación extraña, casi inquietante.