La tarde avanzaba con una quietud agradable. Arabella y Damon estaban sentados en el césped del parque, bajo la sombra de un viejo roble que se inclinaba ligeramente con el viento. Habían pasado un rato hablando de cosas triviales, riendo y disfrutando de la compañía mutua. Sin embargo, un silencio cómodo comenzó a instalarse entre ellos, no incómodo, sino lleno de una sensación de que algo más profundo estaba por llegar.
Arabella, jugueteando con los bordes de su mochila, parecía estar debatiéndose consigo misma. Finalmente, respiró hondo y, con movimientos lentos, sacó un pequeño cuaderno de tapas de cuero desgastado. El tiempo había dejado su marca en aquel objeto, con esquinas dobladas y páginas amarillentas que parecían haber sido abiertas y cerradas cientos de veces.
Damon alzó una ceja, curioso. —¿Qué es eso? —preguntó, inclinándose un poco hacia ella, pero sin invadir demasiado su espacio.
Arabella lo sostuvo entre sus manos durante unos segundos, como si estuviera reuniendo el valor para hablar. Luego lo miró, una chispa de vulnerabilidad en sus ojos, algo que Damon no estaba acostumbrado a ver en ella.
—Es... algo importante para mí —dijo finalmente, sin apartar la mirada del cuaderno. Su voz era suave, casi un susurro, como si esas palabras llevaran un peso especial.
Damon notó la seriedad en su tono y decidió no presionar. —¿Quieres contarme de qué se trata?
Arabella levantó la vista hacia él, midiendo su reacción. Luego, con un gesto casi imperceptible, extendió el cuaderno hacia él. No lo abrió, simplemente se lo ofreció, dejándolo en sus manos como si se tratara de algo frágil.
Damon lo tomó con cuidado, sus dedos rozando las tapas desgastadas. Miró el objeto con curiosidad, notando los pequeños detalles: un broche que mantenía el cuaderno cerrado, marcas en la superficie que sugerían que había sido llevado a todas partes. Era un objeto que parecía llevar consigo historias, secretos, y ahora, él estaba a punto de ser parte de ellos.
—¿Puedo abrirlo? —preguntó, pero Arabella negó con la cabeza rápidamente.
—Aún no —respondió, su voz temblando ligeramente. Sus manos ahora descansaban sobre su regazo, entrelazadas. —Solo quería... que lo vieras. Que supieras que existe.
Damon la miró, sorprendido por la seriedad en sus palabras. Arabella no era alguien que se mostrara tan abierta con facilidad. Había algo en aquel cuaderno, algo que representaba mucho más que simples páginas llenas de palabras.
—Está bien —dijo él finalmente, devolviéndoselo con cuidado. Sus dedos rozaron los de ella al hacerlo, y aunque el gesto fue breve, Damon sintió una conexión extraña, como si aquel objeto hubiera creado un puente invisible entre ellos.
Arabella sostuvo el cuaderno contra su pecho por un momento antes de guardarlo nuevamente en su mochila. —Tal vez... algún día te lo enseñe.
Damon no respondió de inmediato. Se limitó a mirarla, intentando descifrar lo que estaba ocurriendo dentro de su mente. Había algo más que palabras no dichas, algo que se escondía detrás de sus ojos. Aunque no lo entendía por completo, una parte de él sabía que aquel momento era importante, que marcaría un antes y un después entre ambos.
El silencio volvió a instalarse, pero esta vez no era un vacío incómodo. Era un silencio lleno de promesas implícitas y preguntas sin responder. Damon no sabía qué había dentro de ese cuaderno, pero entendía que significaba mucho para Arabella. Y si era importante para ella, entonces también lo sería para él.
La brisa fresca del parque movía ligeramente las hojas del viejo roble, llenando el aire de un suave murmullo. Arabella abrió su mochila de nuevo y sacó el cuaderno que había guardado momentos antes. Esta vez, sin vacilar, lo mantuvo en sus manos, acariciando las tapas de cuero como si fueran un tesoro delicado.
Damon la miró en silencio, esperando. No la presionó, pero había algo en sus ojos, una paciencia que le hacía saber que estaba ahí, listo para escuchar cuando ella estuviera preparada. Arabella tomó aire, como quien se lanza al vacío.
—Voy a leerte algo —dijo con una sonrisa pequeña, aunque sus dedos aún tamborileaban nerviosamente sobre las páginas cerradas.
Damon asintió, inclinándose hacia ella, con los codos apoyados en las rodillas. Era una postura casual, pero sus ojos, fijos en Arabella, mostraban que estaba completamente presente, completamente en su mundo.
Arabella abrió el cuaderno con cuidado, pasando las primeras páginas. Algunas estaban llenas de dibujos, garabatos hechos con bolígrafos de colores. Pero luego, llegó a lo importante: una lista escrita con una caligrafía inclinada y apretada, como si cada palabra hubiese sido guardada con esmero.
—Es mi lista de cosas por hacer —dijo, sin mirarlo. Su voz era suave, casi temblorosa. —Antes de... ya sabes.
Damon no dijo nada. Solo asintió de nuevo, dándole el espacio que necesitaba.
Arabella comenzó a leer. —"Ver una película bajo las estrellas." —Hizo una pausa y soltó una risa suave. —Siempre me ha parecido algo mágico. Como en las películas románticas que todo el mundo critica pero que yo amo en secreto.
Damon sonrió. —No tiene nada de malo. Yo soy el tipo de persona que nunca se salta los créditos en las películas. Así que entiendo los placeres pequeños.
Arabella continuó, pasando el dedo por la siguiente línea. —"Plantar un árbol y volver a verlo crecer." —Su voz bajó un poco, y sus ojos se posaron en Damon. —Supongo que no podré verlo crecer demasiado, pero me gustaría saber que algo de mí quedará aquí cuando ya no esté.
Damon tragó saliva, intentando procesar el peso de esas palabras. Había algo tan sencillo y, al mismo tiempo, tan desgarrador en ese deseo que lo dejó sin palabras.
—"Bailar en la lluvia." —Arabella se rio otra vez, aunque esta vez había un brillo en sus ojos. —Siempre me he preguntado si será tan liberador como parece.
—Lo es —dijo Damon con suavidad.