La tarde caía lenta, dejando que el cielo se tiñera de un dorado suave mientras los últimos rayos del sol se filtraban por las cortinas de la habitación de Arabella. Su madre, su tía y su prima Isabella revoloteaban a su alrededor, ajustando los pliegues de su vestido y asegurándose de que cada detalle estuviera perfecto. El vestido, de un azul cielo que parecía robarle el color al día, caía con una delicadeza casi etérea, y cada vez que Arabella giraba ligeramente, el tejido parecía susurrar con vida propia.
—Estás hermosa, mi amor —dijo su madre, con los ojos brillantes, mientras le acariciaba la mejilla con ternura.
Arabella sonrió, aunque en su pecho se mezclaban la emoción y el miedo. En el espejo, su reflejo le devolvía una imagen que le parecía casi ajena. "Esta noche será diferente", pensó, casi como un mantra. "No voy a dejar que nada me detenga". Pero, mientras su tía terminaba de colocarle un delicado brazalete, sintió una punzada de duda. Su cuerpo, cada vez más frágil, le recordaba que no sería fácil.
—¿Estás nerviosa? —preguntó Isabella, arreglándole un mechón rebelde.
—Un poco -admitió Arabella, intentando disimular la sombra de su preocupación—. Pero no quiero que se note. Esta noche quiero ser solo... yo.
Mientras tanto, a unas calles de distancia, Damon se miraba en el espejo con una mezcla de ansiedad y determinación. Llevaba un esmoquin negro que Amber había insistido en elegir para él, y Theo le estaba ayudando a ajustar la corbata, aunque más parecía que intentaba asfixiarlo.
—No puedo respirar, Theo. Suelta un poco —se quejó Damon, apartándolo.
—No puedes verte desaliñado, hermano. Es tu noche —replicó Theo con una sonrisa burlona.
—¿Y qué vas a decir cuando la veas? —preguntó Amber, apoyándose en el marco de la puerta con una ceja levantada.
—No lo sé... —Damon se pasó una mano por el cabello, despeinándose lo que ya estaba arreglado—. ¿Qué se supone que diga cuando alguien te deja sin palabras?
—¡Eso! —exclamó su madre desde la cocina, que había estado escuchando la conversación—. Díselo tal cual. Las chicas aprecian la honestidad.
Damon sonrió, nervioso pero decidido. Sabía que quería que esa noche fuera perfecta, no por las luces, la música o el lugar, sino porque Arabella merecía un momento que pudiera guardar en su corazón para siempre.
Cuando finalmente llegó a la puerta de su casa, respiró hondo antes de tocar. Apenas el sonido de los tacones de Arabella resonó al otro lado, sintió que su pecho se apretaba. La puerta se abrió, y allí estaba ella.
Por un instante, el mundo entero se detuvo.
—Wow... —susurró Damon, sin siquiera darse cuenta.
Arabella se mordió el labio, nerviosa por su reacción, pero al ver la manera en que él la miraba -como si no existiera nada más importante en el universo-, sus dudas se desvanecieron.
—¿Demasiado? —preguntó, jugueteando con el dobladillo del vestido.
—Arabella... —Damon dio un paso hacia ella, incapaz de apartar la mirada—. Estás... increíble. No sé si tengo las palabras correctas, pero... eres perfecta.
Ella sintió que sus mejillas se encendían mientras su madre, desde el marco de la puerta, contenía las lágrimas. El esfuerzo físico había valido cada segundo porque, en ese momento, Arabella no pensaba en su enfermedad ni en el tiempo que le quedaba. Solo estaba Damon, mirándola como si fuera la única persona en el mundo.
Damon le ofreció el brazo, y ella lo tomó con una sonrisa que prometía una noche inolvidable.
En el auto, mientras se dirigían al baile, ambos permanecieron en silencio por un momento. Era un silencio cómodo, lleno de expectativas y promesas no dichas.
—¿Sabes? —dijo Arabella de repente, rompiendo la quietud—. Por primera vez en mucho tiempo, siento que esta noche puedo ser solo yo.
Damon la miró de reojo y sonrió. —Esa siempre ha sido la mejor versión de ti.
Ella giró el rostro hacia la ventana, intentando ocultar cómo esas palabras habían encendido algo cálido en su pecho. Afuera, las luces de la ciudad brillaban como estrellas caídas, y Arabella decidió que esa noche sería suya, sin importar lo que viniera después.
La escuela había transformado su gimnasio en un paraíso de luces y colores. Cadenas de luces cálidas colgaban desde el techo, como estrellas atrapadas, mientras los reflejos de una bola de espejos danzaban sobre las paredes. Las mesas estaban decoradas con pequeños centros de mesa brillantes, y la música resonaba suavemente en el aire, mezclada con las risas y conversaciones de los estudiantes que llenaban la sala.
Arabella dio un paso dentro, tomando el brazo de Damon con más fuerza de lo que pensaba. Su cuerpo estaba ya agotado por el simple hecho de haberse preparado y llegar hasta allí, pero no iba a dejar que eso le arrebatara la noche.
—¿Estás bien? —preguntó Damon, inclinándose un poco hacia ella, sus ojos reflejando más preocupación que las luces que los rodeaban.
Ella levantó la barbilla y sonrió. —Estoy perfecta.
Era cierto, en parte. Aunque sentía el peso de su enfermedad más que nunca, en ese momento estaba decidida a no dejar que nadie lo notara, especialmente Damon. No quería que él cargara con esa preocupación, no esa noche.
El lugar estaba lleno de caras conocidas: compañeros que conversaban en grupos, chicas que giraban sus vestidos en la pista de baile, chicos que parecían más interesados en la comida que en cualquier otra cosa. Arabella se sintió observada, como si todos estuvieran pendientes de ella, pero cuando Damon entrelazó sus dedos con los de ella, toda esa incomodidad desapareció.
—¿Qué quieres hacer primero? —preguntó él con una sonrisa.
—¿Qué tal si caminamos un poco? —respondió ella.
Ambos se movieron entre la multitud, deteniéndose de vez en cuando para saludar a conocidos o responder a algún cumplido que le hacían a Arabella por su vestido. Pero Damon estaba atento a cada paso, cada pequeño gesto que pudiera delatar el cansancio de ella.