El amanecer pintaba el cielo con tonos suaves de rosa y naranja, reflejándose en el vaivén tranquilo del mar. Arabella fue la primera en despertar. Envuelta aún en la manta que habían compartido la noche anterior, se sentó con cuidado para no hacer ruido. La tienda que Damon había improvisado con una lona y algunos palos se mantenía firme, lo suficientemente abierta como para que pudiera observar el espectáculo que ofrecía la mañana.
El aire fresco acariciaba su rostro, y las olas rompían en la orilla con una cadencia relajante, casi como una canción de cuna que acompañaba la transición de la noche al día. Cerró los ojos un momento, disfrutando de la serenidad. Era raro para ella sentirse así, tan en paz, como si nada más importara excepto ese instante.
Un murmullo somnoliento la hizo girarse. —¿Ya estás despierta? —preguntó Damon desde el rincón opuesto, su voz cargada con la pesadez de los sueños recién dejados atrás.
Arabella sonrió y lo miró por encima del hombro. —No podía perderme esto.
Damon se incorporó con pereza, frotándose los ojos y rascándose la nuca. Su cabello estaba desordenado, pero había algo encantador en su aspecto descuidado. Se quedó mirándola, aún medio dormido, mientras el brillo suave de la luz matinal iluminaba su rostro.
—Tienes razón, vale la pena —comentó con una sonrisa—, aunque… para ser honesto, diría que es la segunda mejor vista de la mañana.
Arabella arqueó una ceja, divertida por el comentario. —¿Ah, sí? ¿Y cuál es la primera?
Damon se encogió de hombros con una expresión despreocupada. —Esa sonrisa tuya, obviamente.
Ella bufó, rodando los ojos con fingida exasperación, pero el gesto no ocultó la pequeña risa que se escapó de sus labios. Había algo en la forma despreocupada de Damon de decir cosas como esa, como si no se tratara de un cumplido, sino de una verdad absoluta.
—A veces me sorprende cómo no te da vergüenza decir esas cosas. —Arabella negó con la cabeza, mirando hacia el agua.
—No tengo por qué tener vergüenza cuando estoy siendo honesto. —Damon sonrió de lado y se levantó, sacudiéndose la arena de la ropa.
El aroma del café recién preparado llenó el espacio cuando él tomó un pequeño termo y sirvió un poco en las tapas que servían de tazas. Le pasó una a Arabella, quien la sostuvo entre sus manos para calentarse los dedos.
—Eres un genio por traer café —dijo ella después de dar un sorbo, dejando que el líquido cálido la despertara por completo.
—Claro que sí. Si no, habrías estado insoportable sin tu dosis de cafeína —bromeó, ganándose un codazo ligero por parte de Arabella.
Pasaron un rato hablando de cosas pequeñas, recuerdos sueltos de sus vidas, anécdotas que parecían insignificantes pero que, en ese contexto, se sentían importantes. Cada palabra, cada risa, añadía una capa más a la conexión que tenían, como si el amanecer no solo estuviera coloreando el cielo, sino también los momentos que compartían.
El café se terminó, pero el calor de la conversación permaneció. Arabella se recostó de nuevo, apoyando la cabeza en sus brazos mientras observaba cómo la marea subía lentamente. Damon, sentado a su lado, tomó un palo y empezó a trazar líneas en la arena sin mucho sentido, pero con una expresión tranquila.
—¿Sabes? —dijo ella, mirando cómo el agua borraba las marcas en la arena—. Si cada día fuera así, creo que podría acostumbrarme.
Damon la miró de reojo y sonrió. —Eso suena como un reto, y ya sabes que no me resisto a los retos.
Arabella no respondió, pero dejó escapar una risa suave. No sabía cuánto tiempo le quedaba, pero en ese momento no importaba. Mientras el día avanzaba lentamente y la brisa salada seguía acariciando su piel, todo parecía estar en su lugar.
El sol ya estaba alto en el cielo cuando comenzaron a recoger las cosas que habían traído para su noche en la playa. Arabella doblaba la manta con movimientos pausados, aún con la sensación de la arena fría bajo sus pies descalzos. Damon, a unos pasos de ella, guardaba las estacas de la tienda improvisada en el maletero del auto. Había algo diferente en su expresión: una especie de nerviosismo escondido tras su típica sonrisa confiada.
Arabella notó el cambio y lo observó con curiosidad, inclinando ligeramente la cabeza. —¿Qué estás tramando ahora?
Damon giró hacia ella, sosteniendo algo pequeño detrás de su espalda. —¿Yo? Nada, ¿por qué siempre asumes lo peor?
—Porque te conozco. —Ella cruzó los brazos, pero había una sonrisa en sus labios, ligera y divertida.
Sin decir nada más, Damon sacó de detrás de su espalda un pequeño frasco de vidrio decorado con un lazo azul. La luz del sol hacía brillar su contenido: decenas de estrellas de papel, cada una de un color diferente. Arabella se quedó quieta, mirando el frasco, como si intentara descifrar qué significaba.
—Es para ti —dijo Damon, dando un paso hacia ella y extendiéndole el regalo—. No es nada del otro mundo, pero quería que lo tuvieras.
Arabella lo tomó con cuidado, como si el frasco fuera demasiado frágil. Sus dedos rozaron el vidrio, y una sonrisa de asombro apareció en su rostro. Las estrellas eran pequeñas, perfectamente dobladas, cada una con patrones y colores únicos.
—¿Tú hiciste esto? —preguntó, levantando la mirada hacia él con incredulidad.
Él asintió, rascándose la nuca. Había algo vulnerable en su gesto, como si no estuviera seguro de cómo recibiría el regalo. —Empecé hace un par de semanas. Cada estrella tiene un recuerdo o un deseo que cumplimos juntos. Pensé que así podrías llevar un pedacito de todo esto contigo, incluso cuando… —Se detuvo, aclarando la garganta—. Incluso cuando no estemos en la playa.
Arabella abrió el frasco con manos temblorosas, como si contener las emociones que le provocaba fuera tan delicado como las estrellas mismas. Sacó una, una pequeña estrella azul con un patrón de nubes, y la desplegó con mucho cuidado. Dentro había una diminuta nota escrita con la letra desordenada de Damon: "Nuestro primer baile."