El sonido insistente en la puerta sacó a Arabella de su sueño en un sobresalto. Entreabrió los ojos, parpadeando contra la luz que se colaba por la ventana. Por un momento pensó en ignorarlo y darse la vuelta, pero entonces la voz de Isabella atravesó la madera con impaciencia.
—¡Arabella! ¡Abre de una vez o voy a entrar a la fuerza!
Arabella gruñó, hundiendo la cara en la almohada.
—Cinco minutos... —murmuró, con la voz pastosa de quien acaba de despertar.
—No, no, no. Ni un segundo más. —La perilla se movió—. ¿Por qué dejaste la puerta sin seguro? Esto es una invitación para que te saque a rastras.
Antes de que pudiera protestar, Isabella ya estaba dentro, con una bolsa en una mano y una mirada decidida en el rostro.
—¿Qué demonios...? —Arabella se incorporó con esfuerzo, su cabello enmarañado cayéndole sobre la cara—. Es sábado, Isabella. Ya no tenemos escuela, no hay incendios, nadie está muri—
—Está bien, no termines esa frase, porque sería de muy mal gusto. —Isabella le lanzó una mirada acusadora y luego agitó la bolsa—. Aquí tienes.
Arabella arqueó una ceja, aún medio dormida.
—¿Qué es eso?
—Tu atuendo para hoy —respondió Isabella con obviedad, dejándola caer en la cama.
Arabella la miró con escepticismo.
—Déjame adivinar, me estás secuestrando para algún plan tuyo, ¿cierto?
Isabella puso una mano sobre su pecho, fingiendo indignación.
—¿Cómo puedes pensar eso de mí?
Arabella le lanzó una mirada incrédula.
—La última vez que me dijiste "confía en mí", terminé disfrazada de dinosaurio en una fiesta de disfraces que en realidad no era de disfraces.
Isabella bufó.
—Todavía no entiendo por qué nadie más se disfrazó. Claramente la invitación decía "algo divertido" —dijo, encogiéndose de hombros—. Pero hoy es diferente. Te prometo que te va a gustar.
Arabella suspiró, mirando la bolsa con resignación.
—Si resulta ser otra trampa, me debes un café por una semana.
—¡Lo que quieras! Ahora vístete, porque tenemos prisa.
Arabella rodó los ojos, pero tomó la bolsa. Al abrirla, encontró un conjunto de shorts de mezclilla y una blusa blanca ligera.
—Al menos esta vez tienes buen gusto —comentó, levantando la blusa—. Es raro en ti.
—Ja, ja. Anda, apresúrate.
Isabella salió de la habitación y Arabella se obligó a ponerse de pie. A pesar de su queja inicial, sintió una pequeña chispa de emoción. Hacía tiempo que no salía sin preocuparse por nada.
El taxi se detuvo frente a una pequeña carretera que llevaba a la playa. Arabella entrecerró los ojos cuando la brisa salada le acarició la cara. El sol brillaba sobre el agua, haciendo que todo pareciera sacado de una película.
—Dime que no me trajiste aquí para obligarme a hacer yoga en la arena o algo así —comentó Arabella, abriendo la puerta.
—Oh, no, eso lo haremos mañana —respondió Isabella con seriedad, pero Arabella la miró con horror y enseguida estalló en carcajadas—. Vamos, tontita.
Arabella bajó del auto y, al dar unos pasos más, se detuvo de golpe. Frente a ella, en medio de la arena, había una gran manta con comida, parlantes de música y una fogata aún sin encender. A su alrededor, Theo, Amber y Damon estaban ocupados colocando algunas cosas más.
—¡Por fin! —exclamó Amber al verla—. Pensé que Isabella te había secuestrado de verdad.
—Bueno, casi tuve que hacerlo —bromeó Isabella—. Pero la tenemos aquí y eso es lo que importa.
Theo levantó una mano a modo de saludo.
—No es una fiesta si no está la protagonista.
Arabella sonrió con calidez, sintiendo algo en su pecho aflojarse. Miró a su alrededor, viendo cómo sus amigos se movían con naturalidad, bromeando entre ellos, como si esto fuera lo más normal del mundo.
Damon se acercó con una sonrisa ladeada.
—Vaya, pensaba que no vendrías.
—¿Y perderme esto? —Arabella extendió los brazos—. Ni loca.
—Bien. —Damon la miró con esa intensidad que siempre la hacía sentir cosas en el estómago—. Porque hoy es un buen día.
El sol brillaba alto sobre la playa, haciendo que la arena ardiera bajo sus pies descalzos. La brisa marina les aliviaba el calor y el sonido de las olas rompiendo contra la orilla se mezclaba con la risa de todos. Arabella se dejó caer sobre la manta con un suspiro exagerado.
—Díganme que no vamos a hacer algo que requiera demasiado esfuerzo físico —dijo, estirando los brazos por encima de la cabeza—. Porque mi única intención era tirarme aquí y absorber vitamina D como un gato.
—Qué floja —bromeó Amber, lanzándole una uva—. Pero ni lo sueñes.
—Sí, te trajimos aquí para que te diviertas, no para que te conviertas en lagarto bajo el sol —añadió Theo, abriendo una bolsa de papas fritas.
—Podemos jugar cartas mientras pensamos en qué hacer —sugirió Damon, sacando un mazo del bolsillo.
Arabella lo miró con falsa sospecha.
—Tú eres de los que hacen trampa.
Damon puso una mano en el pecho, fingiendo indignación.
—No puedo creer que pienses eso de mí.
—Porque es verdad —intervino Theo—. No juegues contra él en póker. De repente empieza a contar cartas y te quedas sin dinero.
—¡Eso es mentira! —Damon protestó, pero su sonrisa lo delataba.
—Así que es verdad —dijo Arabella, tomando las cartas—. Pero está bien. Te ganaré de todas formas.
Empezaron a jugar una ronda rápida de cartas, entre trampas descaradas y risas. Amber y Arabella formaron equipo contra Theo e Isabella, mientras Damon hacía de árbitro porque, según él, así evitaban que le echaran la culpa de todo.
—¡Eso fue trampa! —protestó Theo cuando Arabella le arrebató una carta con un movimiento demasiado rápido.
—No sé de qué hablas —respondió ella con total calma.
—Deja de sonreír así, claramente hiciste trampa —intervino Damon, entrecerrando los ojos.
—No pueden probar nada —dijo Arabella, echándose hacia atrás con aire de victoria.