Último primer amor

21

Damon estaba parado frente a la casa de Arabella, con las manos en los bolsillos y el corazón latiéndole con una mezcla de impaciencia y nerviosismo. No había planeado esto con anticipación, pero simplemente sintió que debía hacerlo.

Respiró hondo y tocó el timbre.

Pasaron unos segundos antes de que la puerta se abriera y, en lugar de Arabella, se encontró con su madre, Elizabeth.

—Damon —dijo ella con una leve sorpresa en su voz. Lo observó con curiosidad, como si intentara adivinar el motivo de su visita a esas horas—. ¿Todo bien?

Damon enderezó la postura y asintió.

—Sí, solo... quería ver si Arabella puede salir un rato.

Elizabeth entrecerró los ojos, como si analizara su intención.

—¿Sabes qué hora es?

Damon sonrió con encanto, intentando parecer más inocente de lo que realmente era.

—No es tan tarde. Prometo traerla de vuelta en una pieza.

Elizabeth exhaló un suspiro, pero Damon notó el destello de ternura en su mirada.

—Arabella tiene esa habilidad especial para rodearse de chicos tercos —murmuró, cruzándose de brazos—. Espera aquí.

Damon la observó alejarse, sintiéndose extrañamente aliviado de que no lo hubiese echado directamente. Había algo en Elizabeth que imponía respeto, pero al mismo tiempo, él sabía que, en el fondo, ella quería lo mejor para su hija.

Minutos después, Arabella apareció en la puerta, con el cabello recogido en un moño desordenado y una sudadera enorme que claramente pertenecía a su padre.

—¿A qué se debe esta visita nocturna? —preguntó, frotándose los ojos con fingido fastidio—. Si es una emergencia, necesito saber si tengo que llevar mi espada imaginaria.

Damon rió y negó con la cabeza.

—Nada de espadas esta vez. Solo ven conmigo. Tengo algo que quiero enseñarte.

Arabella arqueó una ceja.

—No suena sospechoso en absoluto.

—Solo confía en mí. —Damon le tendió la mano, mirándola con esa expresión que siempre lograba que ella cediera.

Arabella suspiró teatralmente antes de girarse hacia su madre, que seguía observándolos desde el marco de la puerta con una mirada calculadora.

—Mamá, ¿me das permiso para irme con este chico misterioso que promete que no me venderá en el mercado negro?

Elizabeth suspiró.

—Hazme un favor y no hagan locuras.

—Define locuras.

—Arabella.

—Está bien, está bien. Volveré entera —prometió con una sonrisa.

Elizabeth sacudió la cabeza con una mezcla de diversión y resignación.

—Ten cuidado —dijo, y luego miró a Damon—. Y tú, asegúrate de que así sea.

Damon asintió con seriedad.

—Lo haré.

Con eso, Arabella salió, cerrando la puerta detrás de ella. Luego giró hacia Damon con una sonrisa divertida.

—Bien, secuestrador. ¿A dónde me llevas?

Damon sonrió, deslizando sus manos en los bolsillos de su chaqueta.

—Tendrás que esperar y ver.

Arabella caminaba junto a Damon, cruzando la ciudad iluminada con pasos despreocupados. No sabía exactamente a dónde la llevaba, pero había algo en la forma en que él sonreía de lado, con ese aire misterioso, que la hacía confiar en que valía la pena descubrirlo.

—Si al final de esto me llevas a un callejón oscuro para venderme un riñón, voy a estar muy decepcionada —bromeó, metiendo las manos en el bolsillo de su sudadera.

Damon soltó una carcajada.

—Tranquila, los tuyos no valen mucho con tu historial médico.

Arabella lo empujó con fingida indignación, pero no pudo evitar reír.

—Eso fue cruel.

—Pero gracioso.

—No lo admitiré.

Continuaron caminando hasta que llegaron a un viejo edificio en el centro de la ciudad. No era particularmente llamativo, pero tenía algo especial. Arabella lo miró con curiosidad mientras Damon la guiaba hasta la entrada lateral.

—¿Qué es esto? —preguntó ella, observando la puerta cerrada.

Damon le lanzó una mirada cómplice y sacó una lata de soda de su chaqueta.

—Un boleto de entrada.

Arabella arqueó una ceja mientras él tocaba la puerta y un hombre mayor, el guardia del edificio, apareció con el ceño fruncido.

—Russo, ¿otra vez aquí?

—Vamos, Henry, sabes que me comporto.

Henry resopló, pero tomó la soda sin quejarse.

—Cinco minutos.

Damon le lanzó una sonrisa triunfante a Arabella y la tomó de la mano para guiarla dentro.

—¿Así que sobornaste a un guardia con una soda? —preguntó ella, siguiéndolo hacia las escaleras.

—Funciona cada vez.

Arabella negó, divertida.

Subieron por las escaleras de emergencia hasta llegar a la azotea. Cuando Damon abrió la puerta y la dejó pasar, Arabella se quedó sin aliento.

Desde allí arriba, la ciudad se extendía en un mar de luces titilantes. Edificios altos se alzaban en la distancia, el tráfico era una serpiente de faros rojos y blancos, y el cielo nocturno, aunque opacado por la luz de la ciudad, tenía algunas estrellas asomándose tímidamente.

—Wow... —susurró, dando un paso más hacia el borde.

Damon se acercó, apoyando las manos en el barandal.

—Bonito, ¿verdad?

—Esto es... increíble. ¿Vienes aquí seguido?

Damon asintió.

—Cuando necesito pensar. Es tranquilo, y desde aquí todo parece más... pequeño. Los problemas, las preocupaciones. Es como si nada de eso importara por un rato.

Arabella lo miró con una sonrisa burlona.

—Eso fue muy de protagonista de película indie.

Damon rió.

—Lo sé, pero es verdad.

Arabella dejó escapar un suspiro y se sentó en el borde, con los pies colgando. Damon la imitó, y durante unos minutos, solo se quedaron así, en silencio, observando la ciudad respirar bajo ellos.

—A veces pienso en qué hubiera hecho si... si las cosas fueran diferentes.

Damon giró el rostro hacia ella, curioso.

—¿Diferentes cómo?

Arabella se encogió de hombros, jugueteando con el borde de su sudadera.

—No lo sé. Tal vez habría viajado. Tal vez habría aprendido a tocar el piano, aunque probablemente sería horrible en eso.




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