Último primer amor

22

El día había empezado de manera tranquila, con un cielo despejado y el aire perfumado por la reciente floración de los árboles en la ciudad. Arabella se había despertado con la alarma de su teléfono vibrando suavemente en la mesita de noche. Se estiró perezosamente, notando un leve mareo al incorporarse, pero lo atribuyó a haberse levantado demasiado rápido. —Nada de qué preocuparse —murmuró para sí misma, obligándose a sonreír. Había aprendido a ignorar esos pequeños malestares; después de todo, no quería desperdiciar sus días preocupándose.

Más tarde, se encontró con Damon en su cafetería favorita, donde compartieron risas y planes para la tarde. Caminaron por la ciudad, bromeando mientras devoraban unas papas fritas grasientas de un carrito callejero. "Hoy es perfecto," había dicho Arabella, con los ojos brillando bajo el sol. Pero, a pesar de su entusiasmo, Damon notó que se detenía cada vez más a descansar.

—¿Seguro que estás bien? —preguntó, frunciendo el ceño.

—¡Estoy bien! —insistió ella, dándole un leve empujón—. Solo estoy cansada de cargar con tu mal sentido del humor.

Horas después, ya cerca del atardecer, se encontraban en el parque Riverview. La luz anaranjada del sol poniente acariciaba el césped mientras compartían un helado de vainilla y chocolate. Arabella se había quitado los zapatos para sentir la frescura de la hierba bajo sus pies. Damon estaba relatando alguna anécdota tonta, gesticulando con entusiasmo, cuando Arabella dejó caer su cucharita. Al principio, él pensó que era parte de una broma.

—¿Perdiste la batalla contra el helado? —rió, hasta que la vio llevarse la mano al pecho. Su sonrisa se desvaneció—. Bella, ¿qué pasa?

—No lo sé... —susurró ella, su voz apenas audible. Sus pulmones parecían encogerse. Se inclinó hacia adelante, buscando aire. El mundo giraba a su alrededor. —Me... siento... —Las palabras se disolvieron en un gemido.

El corazón de Damon se disparó. Se arrodilló a su lado, su mano temblando mientras la sostenía. —Hey, mírame, respira conmigo —dijo, la desesperación filtrándose en su voz—. Inhala... exhala... como siempre, ¿recuerdas?

Arabella intentó obedecer, pero cada respiro era una lucha. —Me duele... aquí —jadeó, señalando su pecho.

Con dedos torpes, Damon sacó su teléfono, sus pensamientos un torbellino de miedo y adrenalina. Marcó el número de emergencias. —¡Necesito una ambulancia! —gritó—. Mi novia no puede respirar, dice que le duele el pecho. Estamos en el parque Riverview, cerca del lago. ¡Apúrense, por favor!

Arabella, con la frente perlada de sudor, intentó esbozar una sonrisa. —Si... me desmayo... —hizo una pausa, luchando por respirar—. Quédate con... mi helado... —La broma débil fue suficiente para que a Damon se le llenaran los ojos de lágrimas.

—No digas tonterías —susurró, pasándole la mano por el cabello—. Vas a estar bien, ¿me oyes? Estoy aquí. No me voy a ir.

El pitido de la ambulancia se escuchaba a lo lejos, mezclándose con el latido acelerado en los oídos de Damon. El césped bajo Arabella estaba frío y húmedo, contrastando con el calor de la fiebre que comenzaba a subir por su cuerpo. Gente empezó a acercarse, formando un pequeño círculo. Entre ellos, apareció Isabella corriendo, con el teléfono aún en la mano.

—¿Qué pasó? —preguntó, su voz temblando.

—Empezó de la nada —jadeó Damon—. No puede respirar. —Su mirada se posó en Arabella, que parpadeaba con dificultad.

Isabella se arrodilló junto a ellos. —Hey, cariño... mírame. Vas a estar bien, ¿si? Recuerda esa vez que creíste que te ibas a desmayar en clase y solo era porque no habías desayunado... Esto es igual de ridículo, ¿ves? —intentó bromear, aunque la grieta en su voz era evidente.

Arabella intentó reír, pero terminó tosiendo. —Siempre... tan dramática —susurró.

Las luces rojas y azules pintaron la escena en un torbellino de color. Los paramédicos descendieron de la ambulancia, cargando su equipo.

—Frecuencia cardíaca alta —informó uno mientras colocaba un oxímetro en su dedo—. Saturación en 82%. Vamos a poner oxígeno. ¿Ha tenido episodios previos?

—¡Sí! Pero nunca así de fuerte —respondió Damon, sus palabras atropelladas—. Por favor... hagan algo.

Arabella, apenas consciente, sintió la máscara de oxígeno cubrirle la nariz y la boca. Sus dedos buscaron a ciegas los de Damon. Él no dudó en entrelazarlos. —No me sueltes —murmuró.

—Nunca lo haré —prometió.

Con movimientos rápidos, la subieron a la camilla. Damon trepó a la ambulancia sin que nadie se lo pidiera. Isabella, con las manos temblorosas, retrocedió, observando cómo las puertas se cerraban. Sacó su teléfono y empezó a escribir mensajes frenéticos a los padres de Arabella.

—Por favor, aguanta —susurró Damon, con la frente pegada a la de Arabella—. Solo un poco más.

Las sirenas aullaron, partiendo a toda velocidad, dejando atrás el parque tranquilo que ahora parecía ajeno a la urgencia de ese momento. El día, que había comenzado con risas y helado, terminaba envuelto en luces parpadeantes y promesas susurradas entre respiraciones entrecortadas.

El hospital estaba envuelto en un silencio que pesaba más que cualquier palabra. Las luces blancas y frías iluminaban los pasillos largos y asépticos, mientras un reloj en la pared parecía tener agujas que se arrastraban con desgana. En la sala de espera, Damon estaba sentado en una de las sillas de plástico, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada clavada en el suelo. Sus dedos jugaban con un pequeño brazalete de hilo que Arabella le había hecho semanas atrás, desgastado por el uso pero invaluable para él. Cada vez que lo giraba entre sus dedos, podía escuchar su voz burlona: "Para que no me olvides cuando me gane la lotería y me mude a las Bahamas".

Isabella se paseaba de un lado a otro, con los brazos cruzados y el teléfono apagado en la mano. Había intentado llamar a la tía Elizabeth, pero su voz se había quebrado después de decir solo dos palabras. Ahora, lo único que podía hacer era esperar, odiando la impotencia que se apoderaba de cada fibra de su ser.




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