Una semana para siempre
Arabella despertó con el sonido del agua corriendo en la cocina y el suave tintineo de una cuchara contra la taza. No era un sonido inusual, pero en los últimos días, cualquier pequeño detalle parecía importante. Se quedó unos segundos en la cama, escuchando, con la manta subida hasta la barbilla y los ojos entrecerrados, como si alargara el momento antes de enfrentarse a la realidad del día.
Se obligó a incorporarse y deslizó los pies fuera de la cama. El suelo estaba frío bajo sus dedos, pero le gustó la sensación. Se puso de pie despacio, esperando el mareo que últimamente la acompañaba cada mañana. Esta vez fue más leve, o quizás ya estaba acostumbrada.
Bajó las escaleras en silencio, guiada por el aroma del café recién hecho. Cuando llegó a la cocina, lo encontró allí.
Antonio estaba de espaldas a ella, con la camisa arrugada y el cabello revuelto. Revolvía la taza de café con una lentitud mecánica, como si estuviera más absorto en sus pensamientos que en la acción en sí. El vapor se elevaba en espirales perezosas y el reloj en la pared marcaba una hora en la que normalmente él ya habría salido de casa.
Arabella se apoyó en el marco de la puerta y lo observó por un momento.
Había algo en su postura, en la forma en que sus hombros caían ligeramente, que la hizo darse cuenta de cuánto había cambiado todo. Su padre siempre había sido un hombre estoico, de los que resuelven problemas en silencio y aman con gestos más que con palabras. Pero en ese instante, se veía cansado.
Ella se aclaró la garganta suavemente.
Antonio giró la cabeza y la miró, primero con sorpresa y luego con algo más suave en la expresión.
—Buenos días —murmuró, dejando la cuchara en el fregadero.
Arabella caminó hasta la mesa y se dejó caer en la silla frente a él.
—No me lo parecen —dijo, con una sonrisa adormilada.
Antonio exhaló una risa breve, como un suspiro disfrazado.
Se quedaron así, en silencio. No era incómodo, pero sí lleno de cosas no dichas. Arabella jugueteó con la manga de su suéter, doblándola y desdoblándola, mientras lo observaba. Su padre nunca había sido de muchas palabras, y ella había heredado de él la costumbre de dejar que el silencio hablara por ellos.
Pero esta vez, no quería silencio.
—Siempre fuiste un hombre de pocas palabras, papá, pero nunca creí que te costara hablar conmigo.
Antonio levantó la vista. Arabella no lo decía como un reproche, sino como una verdad que flotaba entre los dos.
Él suspiró, pasando una mano por su nuca.
—No sé qué decir sin que suene como una despedida.
Arabella ladeó la cabeza, con una sonrisa suave.
—No quiero que esto sea una despedida. Solo cuéntame algo. Lo que sea. Algo de cuando era niña.
Antonio pareció pensarlo por un momento. Sus ojos se desviaron hacia la ventana, como si buscara en el pasado una historia que valiera la pena.
—La primera vez que te llevé al parque tenías cinco años —dijo al fin—. Corriste directo al tobogán sin siquiera mirarme. Te caíste antes de subir y yo corrí hacia ti pensando que ibas a llorar. Pero te levantaste, te sacudiste la tierra de las rodillas y me miraste muy seria.
Arabella enarcó una ceja, divertida.
—¿Y qué dije?
Antonio sonrió, pero su voz se quebró levemente cuando repitió las palabras.
—"Papá, la gravedad es una porquería."
Arabella soltó una carcajada genuina, una de esas que hacían que su pecho se sacudiera un poco.
—Eso suena exactamente como algo que diría.
Antonio la miró con una sonrisa melancólica.
—Lo es, supongo.
Arabella apoyó los codos en la mesa y lo observó con curiosidad.
—¿Y qué hiciste después?
—Te llevé por un helado de fresa para distraerte.
Ella negó con la cabeza, divertida.
—Manipulación con azúcar. Muy astuto.
Antonio se encogió de hombros.
—Funcionó.
Arabella se quedó en silencio por un momento, girando la taza de café entre sus manos. No tenía hambre, ni sed, pero disfrutaba el calor contra sus dedos.
—Papá, quiero plantar un árbol contigo.
Él parpadeó, sorprendido por el cambio de tema.
—¿Un árbol?
Ella asintió, con una sonrisa pequeña.
—Quiero dejar algo aquí que siga creciendo cuando yo ya no esté.
Antonio tragó saliva. Por un momento, pensó en decirle que no dijera esas cosas, que no hablara como si se estuviera despidiendo. Pero al verla ahí, con esa expresión serena, supo que no podía negarse.
En lugar de responder de inmediato, tomó un sorbo de café y se levantó de la mesa.
—Vamos —dijo simplemente.
Arabella lo miró con curiosidad.
—¿A dónde?
Antonio tomó las llaves del auto y le tendió la chaqueta.
—A comprar un árbol.
Arabella se quedó en su silla por un segundo, sorprendida por su rapidez en aceptar. Luego sonrió y se puso de pie, sintiendo una calidez inesperada en el pecho.
Su padre, el hombre de pocas palabras, acababa de decirle que sí de la única forma que sabía: con acciones.
Y eso, para ella, significaba más que cualquier otra cosa.
Una vez en el auto, Antonio giró la llave en el encendido, y el motor rugió suavemente antes de asentarse en un murmullo constante. Arabella, en el asiento del copiloto, observó por la ventana mientras su padre maniobraba para salir de la cochera.
No había música sonando, ni palabras innecesarias flotando en el aire. Solo el sonido del motor y la respiración tranquila de ambos.
Arabella apoyó la cabeza contra el vidrio frío, sintiendo la vibración del auto bajo su piel. Miró la ciudad pasar a su alrededor, con sus edificios altos y calles que parecían seguir con su rutina diaria sin importar lo que estuviera ocurriendo en su mundo.
Era extraño cómo todo seguía igual cuando, para ella, cada segundo contaba.
—Recuerdo cuando me llevabas al parque después de la escuela —dijo, rompiendo el silencio de forma suave, como si lanzara una piedra a un lago en calma.