Último primer amor

25

El sonido insistente del timbre interrumpió la tranquilidad de la mañana en casa de Arabella. Su tía, que estaba terminando de preparar un café, frunció el ceño con curiosidad antes de dirigirse a la puerta.

Cuando la abrió, se encontró con Amber y Theo en el umbral, ambos con sonrisas traviesas y un aire de conspiración que inmediatamente despertó sus sospechas.

—¿Arabella está despierta? —preguntó Amber, con esa energía que siempre traía consigo.

—E Isabella también —añadió Theo con una sonrisa que parecía demasiado inocente.

La tía de Arabella arqueó una ceja, evaluándolos.

—Está despierta, pero no sé si tiene ánimos para… lo que sea que estén planeando.

—Déjenos intentarlo —insistió Amber, sin perder la sonrisa.

Después de unos segundos de duda, su tía suspiró y se hizo a un lado para dejarlos pasar.

—No hagan que se canse demasiado —advirtió, aunque su tono no era duro.

Amber le dedicó un pulgar arriba antes de avanzar por la casa con la confianza de quien ya ha estado ahí cientos de veces. Theo la siguió, pero se detuvo en las escaleras cuando vio a Isabella bajando con el ceño fruncido y los brazos cruzados.

—¿Qué hacen aquí tan temprano? —preguntó Isabella, mirándolos con desconfianza.

Theo apoyó un brazo en la barandilla con una sonrisa ladeada.

—Secuestrarte a ti y a Arabella.

Isabella lo miró con los ojos entrecerrados.

—No suena nada sospechoso.

Amber suspiró.

—Vamos, Isa. Vamos a sacar a Arabella un rato, distraerla. Nada dramático, solo un día sin preocupaciones.

Isabella cruzó los brazos con más fuerza.

—No sé si sea buena idea. Ha estado más cansada últimamente.

Theo inclinó la cabeza con una sonrisa burlona.

—Mira quién se preocupa de repente.

Isabella lo fulminó con la mirada.

—¿Quieres que te arroje por las escaleras?

Theo levantó las manos en señal de rendición, pero su sonrisa no desapareció.

—Solo digo que podrías admitir que te importamos un poco.

Isabella bufó.

—Arabella me importa. Tú… bueno, eres un caso perdido.

Amber rodó los ojos.

—Dejen de coquetear un segundo, por favor.

—¡No estamos coqueteando! —exclamaron los dos al mismo tiempo, lo que hizo que Amber soltara una carcajada.

En ese momento, Arabella apareció en el pasillo, deteniéndose en el marco de la puerta. Se veía más pálida que de costumbre, pero su sonrisa seguía intacta.

—¿Por qué están gritando?

Theo giró hacia ella con rapidez, su expresión relajada suavizándose un poco.

—Vinimos a sacarte de aquí. Un paseo, buena música, algunas tonterías en el camino.

Arabella ladeó la cabeza, evaluando la propuesta.

—Suena tentador.

—Y no aceptamos un no como respuesta —añadió Amber, acercándose a ella.

Arabella se apoyó contra el marco de la puerta, pensativa. Isabella la observó con una mezcla de duda y preocupación.

—Bells, si no te sientes bien, no tienes que ir —dijo suavemente.

Arabella le dedicó una mirada llena de cariño.

—No quiero quedarme en casa.

Isabella suspiró, pero terminó sonriendo.

—Entonces vamos.

Theo chasqueó los dedos.

—Sabía que te convenceríamos.

Isabella lo empujó levemente al pasar por su lado, pero no pudo evitar sonreír.

Arabella negó con la cabeza, divertida, y tomó su chaqueta.

—Bueno, ¿qué estamos esperando?

Amber sonrió, complacida de haber logrado su misión.

—Que se suban al auto, señoritas.

Arabella tomó aire profundamente, sintiendo una pequeña punzada de fatiga en su pecho, pero decidió ignorarla. No dejaría que su cuerpo dictara cómo iba a pasar su día.

Porque hoy, solo por hoy, quería olvidarse del mañana.

El auto avanzaba por la carretera con las ventanas abajo, dejando que el viento cálido de la tarde despeinara sus cabellos. La música sonaba a todo volumen, una canción pop de los noventa que Amber había insistido en poner.

—¡Vamos, todos juntos! —exclamó Amber, levantando una mano del volante para hacer señas dramáticas.

Arabella e Isabella, en los asientos traseros, no dudaron en seguirle el juego, cantando con exagerada emoción. Theo, en el asiento del copiloto, soltó un suspiro teatral.

—Si van a hacer esto, al menos canten afinadas.

Arabella le lanzó un almohadón pequeño que estaba en el asiento trasero.

—No critiques si ni siquiera estás cantando.

Theo resopló, pero luego se unió al coro con una voz más grave. Amber, sin perder la oportunidad, improvisó una armonía desastrosa.

—¡Dios, qué mal lo hacemos! —se burló Isabella entre risas, cubriéndose los oídos.

—¡Es arte! —defendió Amber, aumentando el volumen de la radio.

Arabella rió con fuerza, sintiendo cómo el aire fresco le llenaba los pulmones. No recordaba la última vez que se había reído así, sin reservas, sin la sensación de que el tiempo le corría en contra.

Era solo un auto, un camino abierto y sus personas favoritas.

Cuando el tanque de gasolina comenzó a bajar, Amber tomó la siguiente salida y se detuvieron en una pequeña estación de servicio al costado de la carretera.

—Voy por bocadillos —dijo Amber, apagando el motor.

Arabella e Isabella se miraron con complicidad.

—Eso significa que va a comprar más cosas de las que necesita —susurró Arabella.

—Totalmente —confirmó Isabella.

Amber las ignoró y bajó del auto, seguida de las primas, mientras Theo se quedaba cargando gasolina.

El interior de la tienda tenía ese típico olor a café barato y bolsas de papas fritas recién abiertas. Arabella recorrió los pasillos, observando los estantes llenos de dulces, chocolates y bebidas energéticas.

—Bueno, bueno —dijo Amber de repente, con una sonrisa traviesa—. Creo que es el momento perfecto para compartir historias humillantes de mi querido hermano.

Arabella e Isabella, que estaban eligiendo qué beber, giraron con interés.




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