Último primer amor

26

El crujido de la madera bajo sus pies fue el primer sonido que las recibió al subir. Isabella pasó una mano por la barandilla de la casa del árbol, sintiendo la textura áspera y familiar de la madera desgastada.

—Me sigue sorprendiendo que esto siga en pie —comentó con una sonrisa, recorriendo con la mirada cada rincón de ese lugar que había sido su segundo hogar.

Arabella, que ya se había dejado caer sobre un montón de almohadas desordenadas, alzó una ceja con fingida ofensa.

—Es porque construimos esto para durar —respondió, cruzando los brazos—. Aunque reconozco que, considerando nuestras habilidades en carpintería cuando éramos niñas, es un milagro que nunca se nos haya caído encima.

Isabella rió y se dejó caer junto a ella.

—Si te soy sincera, esperaba que se viniera abajo la última vez que estuvimos aquí.

Arabella la miró con una expresión dramática.

—¡Qué poca fe en nuestra obra maestra!

—No es falta de fe, es sentido común.

Arabella bufó y se acomodó mejor entre las mantas. La casa del árbol estaba igual a como la recordaban: los mismos cojines de colores, las luces enredadas en los techos de madera, las pequeñas ventanas por donde se filtraba la brisa nocturna. Todo tenía el aroma a infancia, a noches sin preocupaciones, a secretos compartidos bajo la luz de una linterna.

Isabella recorrió la pared con la mirada, deteniéndose en un detalle que le sacó una sonrisa.

—Todavía está aquí —murmuró, señalando un pedazo de madera tallada con iniciales.

Arabella giró la cabeza para ver. En la esquina de la pared más cercana a la entrada, estaban grabadas torpemente las letras A & I rodeadas por un corazón mal trazado.

—¿Cómo olvidarlo? —dijo Arabella con un deje de nostalgia—. Nos tomó como veinte minutos hacerlo porque la madera era más dura de lo que pensábamos.

—Y porque ninguna tenía fuerza en los brazos —añadió Isabella.

Arabella sonrió.

—No sé cómo sobrevivimos nuestra infancia.

—A punta de testarudez —respondió Isabella con una risa suave.

Se quedaron en silencio por un momento, escuchando el murmullo del viento entre las hojas. Afuera, la noche se extendía tranquila, y el mundo parecía demasiado lejano como para preocuparse por él.

Arabella cerró los ojos por un instante, disfrutando la sensación de estar ahí, en ese pequeño rincón del pasado que se había convertido en un refugio fuera del tiempo.

—Me gusta que sigamos volviendo aquí —susurró, abriendo los ojos para mirar a Isabella—. Como si nada cambiara.

Isabella la miró de reojo, con una sonrisa.

—Casi nada cambia aquí —dijo en voz baja—. Excepto nosotras.

Arabella sostuvo su mirada por un momento, luego desvió la vista hacia el techo de madera.

—Pero, por esta noche, podemos fingir que todo sigue igual.

Isabella exhaló un suspiro leve, asintiendo.

—Sí. Solo por esta noche.

Arabella estiró la mano y encendió la pequeña guirnalda de luces que colgaba del techo, llenando la casa del árbol con un resplandor cálido.

Por un instante, fue como si el tiempo nunca hubiera pasado.

‎ ‎ ‎

La película avanzaba en la pequeña pantalla de la laptop, pero ninguna de las dos le prestaba demasiada atención. Era una de esas comedias románticas que habían visto mil veces, y aunque los diálogos se desarrollaban en el fondo, las verdaderas conversaciones ocurrían entre ellas.

Arabella yacía en el suelo, rodeada de cojines y envuelta en una manta, mientras Isabella se sentaba con las piernas cruzadas a su lado, sujetando un puñado de palomitas en una mano y un esmalte de uñas en la otra.

—No sé por qué te dejo hacer esto —murmuró Isabella, observando con escepticismo cómo Arabella intentaba pintarle las uñas con una precisión cuestionable.

—Porque me amas —respondió Arabella sin apartar la vista de su "obra maestra".

—Me encanta cómo asumes cosas —bromeó Isabella, aunque no retiró la mano.

Arabella torció el gesto mientras pasaba la brocha con más cuidado.

—Podrías agradecerme. Podría ser peor.

Isabella observó el desastre multicolor que se estaba formando en sus uñas y arqueó una ceja.

—Esto es un crimen contra la moda.

Arabella se encogió de hombros.

—Lo llamaré arte abstracto.

Isabella soltó una risa.

—Sí, bueno, no creo que sea lo suficientemente conceptual para justificar este desastre.

Arabella la miró con fingida indignación.

—Si fueras una amiga de verdad, fingirías que esto es increíblemente innovador.

—Si fueras una artista de verdad, no necesitaría fingir.

Arabella dejó escapar una carcajada y se dejó caer de espaldas sobre los cojines. Isabella sacudió la mano con cuidado, observando el desastre con una sonrisa.

—Si Theo me viera así, se burlaría de mí por semanas.

Arabella giró la cabeza hacia ella con una mirada traviesa.

—¿Tus hijos y los de Theo también lo harán?

Isabella se atragantó con el aire.

—¿Qué?

Arabella rió, divertida con su reacción.

—Solo digo… algún día traerás a tus hijos aquí, ¿no?

Isabella rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír.

—Tal vez. Para que vean dónde su madre hizo sus primeros pactos de amistad eterna.

Arabella la miró con ternura.

—Y también para que sepan que su madre y su "tío Theo" negaron su atracción por años.

—Oh, por favor —bufó Isabella, aunque el leve rubor en sus mejillas la traicionó.

Arabella rió, satisfecha con su pequeña victoria.

El silencio se instaló entre ellas por un momento, pero no era incómodo. Era cálido, cómodo, como la manta que las cubría o el parpadeo suave de las luces enredadas en el techo. Afuera, el viento agitaba las hojas con suavidad, y por un momento, todo parecía suspendido en el tiempo.

Arabella, con la mirada fija en el techo de madera, rompió el silencio.

—Prométeme algo.

Isabella parpadeó y la miró con curiosidad.




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