Último primer amor

28

Arabella despertó con la sensación de que su cuerpo ya no le pertenecía del todo. Un peso invisible presionaba cada una de sus extremidades, y su pecho se alzaba con más esfuerzo del habitual. La luz que se filtraba por las cortinas le pareció más intensa, demasiado blanca, demasiado fuerte.

Parpadeó lentamente, tratando de alejar la sensación de neblina que parecía envolver su mente.

El aroma a café flotaba en el aire, mezclado con el sonido distante de platos entrechocando en la cocina y voces familiares conversando en un tono que se sentía… normal. Como si todo siguiera igual.

Arabella cerró los ojos un momento y se permitió escuchar. Afuera de su habitación, la vida continuaba.

Se aferró a eso.

Cuando giró la cabeza, lo vio.

Damon estaba sentado en el pequeño sillón junto a su cama, con la cabeza apoyada en su mano, mirándola. No parecía recién despertado, ni tenía esa expresión adormilada que solía tener cuando dormitaba a su lado. No. Él había estado despierto todo el tiempo, observándola en silencio.

Arabella esbozó una sonrisa perezosa.

—Buenos días, acosador.

Damon rodó los ojos, pero su sonrisa apareció de inmediato, como si hubiese estado esperándola.

—Buenos días, Bella durmiente.

Arabella se incorporó lentamente, ignorando la punzada de mareo que se deslizó a través de su cuerpo. No lo mencionó. No quería preocuparlo más de lo necesario.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí?

Damon se encogió de hombros, con la misma expresión serena de siempre.

—No mucho. Solo lo suficiente para asegurarme de que sigues respirando.

Arabella soltó una carcajada suave, pero su pecho dolió un poco con el movimiento.

—Dios, suenas como un psicópata.

Damon inclinó la cabeza con fingida consideración.

—Lo digo con cariño.

Arabella sonrió, pero él no se unió a su gesto esta vez. En su lugar, extendió la mano y deslizó los dedos sobre los suyos, con un contacto silencioso pero firme.

—¿Cómo te sientes?

Ella tardó un poco en responder.

—Bien. Un poco cansada, pero bien.

Damon no pareció convencido, pero no la presionó.

—Tu mamá dijo que bajaras cuando despertaras. Quieren almorzar juntos.

Arabella sonrió con suavidad.

—¿Estás seguro de que no es una trampa para convencerme de ir al hospital?

Damon no respondió, pero su agarre en su mano se hizo un poco más fuerte.

Arabella suspiró.

—No voy a ir, Damon.

Él bajó la mirada por un momento, como si intentara encontrar las palabras adecuadas.

—Lo sé —murmuró finalmente—. Solo...

Se interrumpió a sí mismo.

Arabella estiró la mano libre y acarició suavemente el dorso de la de él.

—No quiero pasar mis últimos días conectada a máquinas.

Damon cerró los ojos un momento, como si esas palabras lo atravesaran. Cuando volvió a mirarla, su agarre no se había aflojado ni un poco.

—Entonces nos quedaremos aquí —dijo con firmeza—. Todo el tiempo que quieras.

Arabella no respondió con palabras. Solo le dedicó una sonrisa, pequeña pero genuina, y apretó su mano en un gesto de gratitud silenciosa.

Después de un momento, suspiró.

—Vamos a almorzar. Si no bajo pronto, Isabella va a empezar a gritar mi nombre como si estuviera perdida en un bosque.

Damon dejó escapar una risa suave y se levantó para ayudarla.

—No me sorprendería.

Arabella esperó unos segundos antes de ponerse de pie. Sintió la ligera inestabilidad en sus piernas, la opresión en su pecho, pero no hizo ningún gesto que delatara lo que sentía.

Damon no la soltó hasta que estuvo seguro de que podía caminar sin problemas.

Y juntos, salieron de la habitación.

El comedor estaba más animado de lo que Arabella esperaba.

Su madre y su tía iban y venían de la cocina, colocando platos en la mesa, mientras Isabella discutía con Theo sobre quién se sentaría dónde. Amber observaba la escena con los brazos cruzados y una expresión de diversión en el rostro.

—¿Por qué estamos peleando por asientos como si fuéramos niños? —preguntó Amber finalmente.

—Porque Isabella está siendo ridícula —respondió Theo con un suspiro exagerado.

—Yo no soy ridícula —se defendió Isabella—. Solo quiero que todo esté bien organizado.

—Traducción: quiere sentarse junto a Arabella, pero no quiere admitirlo —bromeó Theo.

Isabella le lanzó una mirada fulminante.

—Y tú quieres sentarte junto a mí, pero tampoco lo admites.

Amber arqueó una ceja, mientras Theo se atragantaba con su propia saliva.

—¿Perdón?

Arabella y Damon observaban la escena desde la entrada, entretenidos.

—Siéntate donde quieras, Isa —intervino Elizabeth desde la cocina, sin siquiera mirar a Isabella—. Pero deja de armar un escándalo.

Arabella aprovechó la oportunidad y se deslizó hacia su asiento habitual, con Damon a su lado. Isabella, aún indignada, se sentó a su otro lado. Theo ocupó el asiento frente a ellas, evitando mirar a Isabella.

El almuerzo transcurrió entre conversaciones animadas y pequeñas discusiones que solo demostraban lo cómoda que era la dinámica entre ambas familias.

—¿Recuerdan cuando Isabella intentó hacer brownies y casi incendia la cocina? —dijo Amber en algún momento.

—¡Fue un accidente! —protestó Isabella, fulminándola con la mirada.

—Claro, claro —respondió Amber con diversión—. Pero no olvidemos que tu excusa fue "seguí la receta, solo que a mi manera".

Arabella se rió con fuerza, llevándose una mano al pecho.

—Dios, me acuerdo de eso.

—Al menos lo intenté —murmuró Isabella, cruzándose de brazos.

—Y casi matas a toda tu familia con el humo —añadió Theo.

Isabella le lanzó una servilleta a la cara.

Damon observaba la escena en silencio, Arabella lo notó.

Deslizó su mano bajo la mesa y tomó la suya.

Él reaccionó de inmediato, entrelazando sus dedos con los de ella y apretando suavemente.




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