Último primer amor

Epílogo

El tiempo es un ladrón silencioso. Se lleva los momentos sin pedir permiso, arranca a las personas de la vida sin dar explicaciones y deja atrás solo recuerdos, voces que se desvanecen, risas atrapadas en fotografías que con el tiempo pierden color.

Damon lo entendió el día en que Arabella se fue.

Ella partió con el sol, envuelta en la calidez de un atardecer que, sin saberlo, había sido su último. Y desde entonces, cada crepúsculo le pertenecía.

Los primeros días sin ella fueron insoportables. Su ausencia era un peso que no podía ignorar, algo que se sentía en cada rincón de su vida. En su casa, en los lugares que compartieron, en los instantes en los que aún esperaba escuchar su voz.

Tanto sus padres como los de Arabella encontraron refugio el uno en el otro. Los padres de Arabella lidiaron con el duelo de la única manera que supieron: sosteniéndose el uno al otro, tratando de encontrar sentido a la ausencia de su hija en una casa que, de repente, se sentía demasiado grande, demasiado vacía. Anna y Pablo hicieron lo que pudieron para acompañarlos, pero sabían que no había palabras suficientes para llenar el hueco que dejó Arabella.

Las primeras reuniones familiares fueron extrañas, con sillas que no necesitaban estar vacías pero lo estaban, con conversaciones que evitaban ciertos nombres, con la sensación constante de que faltaba algo.

Algunos duelos se viven en llanto, otros en silencio.

Damon descubrió que el suyo estaba hecho de ambas cosas.

Pasaron los meses. Y después, los años.

El tiempo hizo lo que mejor sabe hacer: moverse, arrastrarlo con él, empujarlo hacia adelante incluso cuando su instinto era quedarse atrapado en el ayer. Pero Arabella no querría eso.

Así que viajó.

No para escapar, sino para ver el mundo por ella.

Caminó por calles empedradas en ciudades antiguas, dejó que el viento del mar le llenara los pulmones en costas lejanas, vio el sol reflejado en el agua de ríos que Arabella jamás pudo ver. En cada lugar, en cada amanecer y en cada atardecer, la buscó.

Y siempre la encontró.

No como antes, no de la forma en que su corazón anhelaba, pero estaba ahí. En los reflejos dorados sobre los edificios, en la brisa que soplaba con la misma suavidad con la que ella solía hablarle, en la risa de extraños que le recordaban a la suya.

Arabella estaba en cada parte del mundo que ella soñó con conocer.

Theo e Isabella también siguieron adelante. Intentaron construir algo juntos, como si aferrarse el uno al otro pudiera devolverles lo que habían perdido, como si el amor que compartían por Arabella los hiciera encajar de una manera en la que antes no lo hacían. Pero algunas historias están destinadas a ser solo un capítulo y no el libro entero. Se quisieron, sí, pero no de la manera en que dos personas deben quererse para quedarse.

Y está bien.

Porque algunas personas llegan para ser un hogar temporal, no un destino final.

Damon regresó a casa un par de veces. Visitó a los padres de Arabella, pasó tardes en su sala, escuchó sus historias, vio cómo la vida continuaba incluso cuando el dolor nunca se iba del todo. Aprendió que el duelo no es un enemigo, sino un compañero de vida. Que no se trata de olvidar, sino de aprender a vivir con la ausencia.

Elizabeth aún preparaba su plato favorito los días de su cumpleaños, y Antonio aún tenía su habitación intacta, como si esperara que en cualquier momento ella entrara por la puerta con una de sus sonrisas despreocupadas. Damon los visitaba de vez en cuando. No importaban los años que pasaran, él seguía siendo parte de su familia.

En cada una de esas visitas, Elizabeth siempre lo despedía con la misma frase:

—Si ves un atardecer bonito, cuéntaselo a Bella.

Y Damon lo hacía.

Siempre.

Los años no solo le arrebataron a Arabella; también le enseñaron a mirar el mundo con otros ojos.

Antes de ella, Damon solía pensar que la vida era algo que simplemente ocurría, que el tiempo pasaba sin que uno tuviera control sobre él. Pero Arabella le mostró lo contrario. Le enseñó que la vida era fugaz, sí, pero que precisamente por eso valía la pena vivirla con intensidad, con amor, con propósito.

Así que cambió.

Dejó de postergar los "después" y empezó a aferrarse más al "ahora". Aprendió a decir lo que sentía sin miedo, a abrazar más fuerte, a mirar los atardeceres con la certeza de que cada uno podía ser el último. Viajó no solo por ella, sino también por él mismo. No para huir del dolor, sino para asegurarse de que su historia, la historia de ambos, no quedara estancada en un solo lugar.

Arabella le dejó muchas cosas. Recuerdos, amor, dolor. Pero también le dejó la certeza de que el amor verdadero no desaparece, solo cambia de forma.

Esa tarde, como tantas otras, el cielo ardía en tonos naranjas y violetas cuando Damon subió al mismo edificio donde había pasado su última noche con Arabella. El aire estaba fresco, la ciudad bullía bajo sus pies, y el sol descendía lentamente.

Sacó una flor del bolsillo de su chaqueta y la dejó en el borde del techo, como una ofrenda silenciosa. Luego se sentó en el mismo lugar de siempre, dejando que el viento le revolviera el cabello mientras observaba el espectáculo de luces que teñía el cielo.

—Hoy habría sido un buen día para viajar —murmuró con una sonrisa suave—. Roma, tal vez. O París.

El viento pareció responderle con un susurro, revolviendo la flor junto a él.

Damon cerró los ojos.

El mundo había seguido girando. La gente había seguido viviendo. Los recuerdos se habían desdibujado en los bordes, pero el amor… el amor nunca se había ido.

Arabella seguía allí.

En el aire. En la luz. En cada atardecer.

Y tal vez, eso era lo más parecido a la eternidad.

Damon sonrió y respiró hondo.

—Nos vemos en el próximo, Bella.

Se quedó ahí, con los ojos cerrados y el corazón en paz, sabiendo que, sin importar cuánto tiempo pasara, siempre habría un atardecer esperándolo para recordarle que ella nunca se había ido del todo.




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