Ultralita

18. Influencia

Los primeros rayos de luz de la mañana, rozan mi rostro a través de la ventana, me cubro llevándome el antebrazo a la cara. Es posible que algunas personas despierten de buen humor, peinadas, incluso con un brillo especial que me recuerda a la película de Cenicienta, pues bien, esa no soy yo.

Poso el pie descalzo en el suelo, y un escalofrío recorre mi cuerpo. Con un ojo abierto y el otro medio cerrado, consigo esquivar con éxito la esquina traicionera del escritorio, y me desplazo hacia el baño. Somnolienta, abro el grifo del agua caliente, y me observo en el espejo mientras espero a que el calentador realice su magia: «No, no tengo ni un ápice de princesa de cuento de hadas», medito al comprobar el nido de pájaros que llevo por sombrero, las ojeras, y las marcas de la almohada en la mejilla.

Me despejo, aseándome antes de vestirme. Luego, bajo a la cocina y me preparo el desayuno en silencio. Poco a poco voy regresando al mundo de los vivos, gracias al zumo de naranja recién exprimido. Y, mientras mastico una tostada sentada en la mesa divago sobre la ¿visión?, no sé si puedo llamarla de esa manera, pero no dejo de pensar en ella. William Green besándome.

Vuelvo a darle otro mordisco a la deliciosa tostada.

Ayer me dijo que debía de hablar con su padre, que él sabría responder algunas de las cuestiones que me perturban. Sin embargo, hasta que llegue ese momento me es imposible pensar en otra cosa que no sean los labios de Will sobre los míos.

Niego con la cabeza, alejando con ese gesto la invocación de la imagen, y lo que eso me causa. ¡Porque me provoca demasiadas sensaciones! Y saber que en cualquier instante llegará para recogerme con el coche, y que llegaremos juntos al instituto me causa mucho nerviosismo.

Debo de estar loca, estoy congeniando con un cazador de brujas, y yo soy… ¡¿Ay mamá, en que lío me he metido!?

―¡Buenos días! ―Red entra en la cocina, y consigue con su saludo que de un respingo en la silla.

―¡¿Qué haces aquí?!

―Esta es mi casa… ―me responde frunciendo el ceño.

―Ya lo sé, me refiero a qué haces aquí, ahora ―puntualizo―. Sueles salir más temprano de casa.

Red dándome la espalda, se sirve una taza de café cargado, y se echa dos cucharadas de azúcar. Pero eso no le impide continuar con la conversación:

―No tienes coche, me imaginé que necesitarías que te acercara.

«Uy, creo que no le dije…»

―Eh, papá… ―se da la vuelta, y realiza un ruido con la garganta mientras le da un sorbo a la bebida humeante―, ya viene a recogerme alguien.

―¿Quién? ―demanda, y no sé porque motivo creo que no le agradara mi respuesta.

―Un compañero del instituto.

―¿Cómo se llama? ¿Le conozco? ―Uff, aquí comienza el interrogatorio.

―No lo sé.

―No sabes su nombre, o qué es lo qué no sabes.

―No sé si lo conoces ―le indico desviando la mirada hacia la ventana que está detrás de él.

―Des… ―Usando ese tono cualquiera se queda en silencio.

―Es William Green ―le confieso.

―No me habías dicho que no conocías a los Green ―se sienta a mi lado en la mesa, y su rostro continúa tenso.

―En ese momento no lo conocía, además solo he hablado con William, fue él quien me trajo anoche a casa ―le explico, quizá de ese modo no se lo tome tan mal―. ¿No te agradan?

―No se mezclan con el resto de los vecinos, y no me gusta la idea de que te juntes con un chico que ha repetido su último año ―las arrugas que se le han formado en la frente se le acentúan, signo de que no le complace la idea. Dudo que vaya a cambiar de opinión de inmediato por mucho que le diga yo. Al fin y al cabo, tampoco es que sepa demasiado sobre Will como para conseguirlo.

―¿Confías en mí? ―Es la única baza que puedo utilizar.

―Por supuesto que sí, pero en él no.

―¿Por qué? ―cuestiono curiosa.

―Es un hombre, no se debe confiar en ellos ―me dice en tono serio, y por poco me echo a reír.

―Tú también lo eres, ¿no debo confiar en ti?

―Es distinto, yo soy tú padre, y mi deber es protegerte ―alza el mentón como dándole más peso a la frase.

―Así que según tú, no tendría que confiar en ningún hombre ―asiente―. Jamás ―vuelve afirmar―, ¿y en las chicas?

La mueca que se le ha puesto es para inmortalizar en una imagen, alzo una ceja y espero su respuesta, quiero conocer su opinión.

―Yo, creo que… ―duda, y la voz le tiembla. Carraspea, y prosigue― Cariño, sean chicas o chicos solo ten cuidado, y no dudes en acudir a mi si me necesitas.

Arrastro la silla al levantarme, y me acerco a él. Inclinándome deposito un beso en su mejilla, la incipiente barba de la mañana me resulta molesta, pero no lo verbalizo. En su lugar le digo:

―Buena respuesta papá.

Es posible que la charla fuera a más, pero el sonido del motor de un coche en la entrada me anuncia la llegada de William. Me despido de mi padre, y me pongo una chaqueta vaquera antes de salir. Sé que no es lo mejor para este tiempo, pero el abrigo que compré para las temperaturas bajas sigue en la parte trasera del Buick, con mi mochila, y mis libros. Ya veré lo qué hago para seguir el rito de las clases sin ellos.



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En el texto hay: amorprohibido, amor eterno, secretos

Editado: 30.05.2018

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