Yo vivía en Beddgelert, un pequeño pueblo de Gales.
Cuando llegué a Umbra, todo me impresionó. Parecía un castillo oculto entre las montañas.
Había alumnos, maestros, instructores y agentes por todas partes. Algunos entrenaban en los patios, otros recorrían los pasillos con uniformes que jamás había visto.
De un momento a otro, mi mundo se había expandido de una forma que jamás habría imaginado.
Al llegar, una mujer llamada Elenor me recibió. Era muy alta, tenía un cabello largo y bonito, y además hablaba con un acento diferente al de mi pueblo.
Era como si siempre hablara fuerte, pero nunca había enojo en sus palabras. Después supe que era escocesa, así que tenía sentido.
Me mostró todo: mi habitación, las salas de entretenimiento, los salones de estudio y los patios de entrenamiento.
Antes de marcharse, me dejó algo muy claro desde el primer día.
—Esta es tu casa ahora. Y aquí, todos son tus hermanos.
En ese momento pensé que solo era una forma amable de darme la bienvenida.
No imaginaba cuánto significarían esas palabras para mí años después.
En mi primer día de clases conocí a mis compañeros. Solo eran cinco niños y seis niñas.
Me parecieron muy pocos, pero en ese momento aún no entendía que los dotados eran extremadamente escasos en este mundo.
El primero en acercarse a mí fue un niño llamado Henry. Tenía el uniforme completamente desarreglado y el cabello tan despeinado que parecía no haber visto un peine en semanas.
—Hola, soy Henry. Eres nueva, ¿verdad? —dijo mientras se rascaba la nariz.
—Hola, me llamo Gwen. Sí, es mi primer día.
Apenas terminé de hablar cuando ya me estaba jalando del suéter para llevarme con los demás.
—¡Entonces ven! Te voy a presentar a todos.
Ni siquiera me dio tiempo de protestar.
Antes de darme cuenta, estaba en medio de un grupo de niños que hablaban, reían y discutían entre ellos como si se conocieran de toda la vida.
Henry me presentó a todos uno por uno.
Algunos eran amables, otros extraños y unos cuantos parecían no querer hablar con nadie.
Pero todos se presentaron conmigo y me dieron la bienvenida. Creo que, al final, todos entendían que si estabas en Umbra eras un hermano o una hermana más.
Natalie incluso me abrazó.
Fue bastante raro para mí.
Años después supe que era huérfana. Tal vez para ella conocer a alguien nuevo y escuchar que ahora era parte de su familia significaba mucho más que para el resto de nosotros.
En aquel momento no lo entendí.
Pero ahora creo que ese abrazo fue su forma de decirme que ya pertenecía a aquel lugar.
Cada uno tenía un poder diferente.
Henry podía volar, aunque no muy alto o terminaba mareándose.
Lina tenía reflejos sobrehumanos y una agilidad increíble. Siempre pensé que era como un gato.
Fredrik era increíblemente rápido. Lo veías al otro lado del salón y, cuando volteabas un segundo después, ya estaba a tu lado saludándote.
Amelie podía controlar el agua. Una vez caminó sobre la piscina sin mojarse.
Jason podía hacer vibrar la tierra. Por eso a casi nadie le gustaba hacer equipo con él durante las prácticas.
Rose podía comunicarse con la naturaleza. Una vez la vi hablando con un girasol durante varios minutos. Me pareció bastante tierno.
Edward tenía telequinesis, aunque siempre se le caía todo lo que intentaba levantar.
Brie poseía una fuerza increíble. Una vez golpeó a Henry tan fuerte que lo lanzó varios metros por los aires.
Jack podía crear hilos que salían de sus manos, aunque eran bastante débiles y se rompían con facilidad.
También estaba Lucía. Era muy tímida. Al principio nunca llegué a verla usar su poder, porque ni ella misma sabía cómo controlarlo. Los profesores decían que podía hacer explotar cosas, pero para nosotros solo era un rumor.
Todos eran tan diferentes cuando utilizaban sus poderes.
Pero cuando estábamos en clase estaba prohibido usarlos, y durante unas horas todo se sentía completamente normal.
Éramos solo un grupo de niños intentando aprender juntos.