El año siguiente fue diferente.
Cumplí catorce años y, sin darnos cuenta, todos estábamos creciendo.
Ya éramos adolescentes y, aunque seguíamos muy unidos, poco a poco cada uno comenzó a formar su propio círculo de amigos.
Amelie ya no pasaba tanto tiempo con nosotros desde que empezó a salir con un chico dos años mayor.
Fredrik y Lina cada vez pasaban más tiempo juntos.
Rose se volvió más solitaria, y Jason parecía ya no llevarse tan bien con Edward.
Todos estaban cambiando.
Aunque Henry siempre fue... Henry.
En aquel momento pensé que simplemente estábamos creciendo.
Años después comprendí que algunas de aquellas distancias nunca volverían a cerrarse.
El único momento en que todo eso parecía no importar era durante las prácticas y las misiones dentro de la academia.
Cada vez controlábamos mejor nuestros poderes, y se sentía increíble descubrir nuevas cosas que podíamos hacer con ellos.
Yo ya no solo podía ver cosas ocultas.
Poco a poco comencé a ver cosas que ni siquiera habían sucedido todavía.
Durante un combate era capaz de anticipar los movimientos de una persona antes de que ocurrieran, como si mi mente estuviera viendo posibilidades unos instantes antes que el resto.
Aquello mejoró enormemente mi forma de pelear.
Llegó un punto en que era tan buena en combate cuerpo a cuerpo que ni siquiera Fredrik quería enfrentarse a mí cuando hacíamos duelos individuales.
Ese mismo año, mi hermano Corvo se unió a Umbra.
Su poder despertó de una forma muy parecida al mío, aunque tenía algunas diferencias. Cuando lo utilizaba, sus ojos se volvían oscuros.
Sentía que debía ayudarlo a controlarlo.
Después de todo, yo había pasado por lo mismo unos años antes.
Sin embargo, a Corvo parecía darle algo de vergüenza que hablara con él cuando estaba con sus nuevos amigos.
Creo que no quería que lo vieran como el hermano pequeño de una alumna mayor.
Así que decidí darle su espacio.
Por primera vez, dejé de intentar estar pendiente de él todo el tiempo.
Tal vez era justo lo que ambos necesitábamos.
Corvo estaba comenzando su propia historia en Umbra.
Y yo debía permitirle recorrerla por su cuenta.
Cuando cumplí quince años, comencé a participar en misiones de reconocimiento fuera de la academia.
Por supuesto, nunca íbamos solos.
Siempre nos acompañaba un agente veterano de Umbra.
Durante una de aquellas misiones apareció un hombre que podía lanzar rayos desde sus manos.
Y nos atacó.
Fue la primera vez que un dotado intentó hacerme daño de verdad.
Recuerdo haber sentido miedo.
No el miedo de un examen o de una práctica.
Sino el miedo de saber que alguien quería lastimarte.
Sin embargo, el comandante Ross lo derribó de un solo golpe.
Después de inmovilizarlo, nos miró y dijo:
—¿Lo ven? Esto es lo que ocurre cuando un dotado no recibe ayuda y nunca aprende a controlar su poder.
Creo que aquella fue la primera vez que entendí que el mundo era mucho más peligroso de lo que había imaginado.
Hasta entonces pensaba que sería fácil enfrentarme a cualquier dotado rebelde.
Pero cuando aquel hombre estuvo frente a mí, me paralicé.
Si el comandante Ross no hubiera estado allí, probablemente me habría hecho daño.
Y fue entonces cuando comprendí algo importante.
Tener poder no es lo mismo que ser poderoso.