Un acuerdo con el capo

Capitulo 1

El eco de los pasos perdidos

Chiara

​Es triste ver que por ser buena solo recibes mal. Y sí, aquí estoy, llorando como una estúpida porque el chico que me gustaba prefirió a mi hermana.

​Es tan absurdo cómo todos se enfocan en María y a mí me dejan a un lado. Solo quisiera ser amada por un segundo, que me tengan como primera opción, aunque sea una sola vez en la vida. Entiendo que mi hermana se vea como una mujer completa, deslumbrante y segura, y no como yo, que parezco una niña torpe, infantil y estúpida atrapada en un cuerpo que no sabe cómo encajar en este mundo.

​El viento de la tarde sopla con fuerza en mi rostro, llevándose las lágrimas antes de que tengan oportunidad de secarse por completo. Camino sin rumbo fijo por las calles adoquinadas del vecindario, buscando un rincón donde mi insignificancia no duela tanto. La música de mis auriculares suena en un bucle melancólico, una melodía suave que solo sirve como banda sonora para mi propia autocompasión.

​A mi alrededor, la ciudad bulle con la indiferencia típica de un martes cualquiera. Autos que pasan de largo, risas lejanas de personas que disfrutan de su tarde, y yo, flotando en el margen de todo, invisible incluso para mí misma.

​Pienso en la escena de hace apenas una hora. El jardín de la casa de los abuelos, la luz del sol filtrándose entre las ramas de los árboles, y las palabras de Lucas resonando en mi cabeza como un eco punzante. “Lo nuestro no puede ser, Chiara. Tú eres... bueno, tú eres como una hermana menor para mí. Es con María con quien quiero estar”.

​Como si mi corazón fuera de cristal, se trizó en mil pedazos en ese preciso instante. Y lo peor, lo verdaderamente desgarrador, ni siquiera fue su rechazo, sino la naturalidad con la que lo dijo. Como si fuera obvio. Como si elegir a María fuera la única opción lógica en el universo, mientras que yo era simplemente un daño colateral, un accidente geográfico en su camino hacia ella.

​María. Siempre María. La reina indiscutible de cada habitación en la que entra. Alta, de cabello brillante, una sonrisa ensayada que desarma a cualquiera y una seguridad innata que parece emanar de cada uno de sus poros. Ella no necesita esforzarse para gustarle a la gente; simplemente existe y el mundo se alinea a su favor. Yo, en cambio, soy el caos silencioso. La que se tropieza con sus propios pies, la que prefiere esconderse detrás de un libro antes que entablar una conversación, la eterna sombra que camina dos pasos atrás.

​—¿Por qué no puedo ser suficiente? —susurro al aire, con la voz quebrada, sabiendo que la respuesta se disuelve en el tráfico.

​Voy tan distraída con mis pensamientos, con el peso de la autocrítica y el dolor ardiéndome en el pecho, que no me doy cuenta de nada a mi alrededor. Mis sentidos están completamente desconectados de la realidad exterior.

​No escucho el rugido sordo de un motor que acelera de manera extraña en la esquina. No noto la sombra alargada que se proyecta sobre el pavimento justo antes de alcanzar el cruce de la avenida principal. Mis ojos, nublados por el llanto, solo registran el gris del suelo y las líneas borrosas de las aceras.

​Doy un paso al frente, con la mente perdida en el abismo de mis inseguridades, cuando algo me golpea con una fuerza brutal y seca.

​Un impacto sordo, un golpe metálico y frío que me arranca el aliento de los pulmones de golpe. No hay tiempo para gritar, ni para entender de dónde vino el peligro, ni para arrepentirme de haber caminado distraída. El cuerpo me pesa una décima de segundo antes de suspenderse en el aire, y luego, el suelo me recibe con una violencia implacable.

​El dolor estalla de manera fugaz en mi cabeza, un destello blanco y cegador que inunda todo mi campo de visión.

​Y entonces, el sonido del mundo se apaga por completo. Todo se vuelve oscuro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.