Alessandro
Estoy jodidamente harto.
Los viejos de la cúpula, esos fósiles apolillados que llevan décadas creyendo que pueden mover los hilos de la organización desde sus sillones de cuero, se han empeñado en una estupidez monumental: quieren obligarme a casarme. Creen que una esposa tradicional, sumisa y de "buena familia" le dará estabilidad a mi mandato. No entienden nada. No entienden cómo dirijo mis negocios, no entienden el tablero de ajedrez en el que muevo las piezas todos los malditos días, y mucho menos entienden que yo soy el Capo al mando. Yo doy las órdenes, yo controlo el flujo del dinero, yo decido quién vive y quién muere. No necesito a ninguna mujer decorativa colgando de mi brazo para validar mi autoridad.
La insistencia de esos viejos me revuelve las entrañas. Amenazan con reuniones extraordinarias, con votos de censura silenciosos, con cuestionar mi liderazgo si no sigo las "tradiciones de la familia". Pura mierda arcaica.
Para despejar la rabia, decido revisar las operaciones en una de mis tantas empresas fachada. Sí, debo admitir que tengo bastante: propiedades repartidas por toda la costa, negocios de importación que mueven millones, flotas de autos deportivos de lujo que apenas uso, y cuentas bancarias en paraísos fiscales que ni el mejor equipo de auditoría internacional podría rastrear por completo. El imperio que construí con sangre, sudor y plomo es colosal.
Pero me desvío del tema. El punto es que llego a la torre principal de corporativo en pleno centro. El chofer frena el sedán negro blindado frente a la entrada privada y subo directo a mi despacho.
Apenas me sirven un vaso de whisky puro, mi asistente me deja sobre el escritorio la edición digital de un tabloide económico que también toca la sección de sociales. Un artículo de opinión titulado con una falta de respeto impresionante. Me detengo a leerlo y la furia me quema la garganta.
Hablan de mi vida personal con una ligereza repugnante. No niegan mi fortuna, pero se regodean en llamarme "el soltero más promiscuo y peligroso de la alta sociedad". No lo niego, me importa una mierda con quién me acueste o a cuántas fiestas asista; eso es asunto mío. Pero lo que me enciende los plomos es el siguiente párrafo: especulan, con pruebas circunstanciales sacadas de la manga, que mi fortuna proviene de negocios ilícitos. Tráfico de influencias, contrabando, lavado de dinero. Cosa que es verdad, por supuesto. Si sacan a la luz más detalles o si la policía financiera muerde el anzuelo por culpa de este periodismo de cloaca, van a desestabilizar operaciones clave que tardé años en asegurar.
—Malditos imbéciles —masculla mi voz, baja y ronca, rebotando en las paredes de vidrio oscuro de la oficina.
Salgo de la oficina hecho una furia, pisando fuerte sobre los pasillos de mármol. El abrigo de lana negra ondea a mis espaldas mientras marco furioso el número privado de Marcos, mi mano derecha y el único hombre en este mundo en el que confío ciegamente para limpiar mis desastres.
—Marcos —le suelto en cuanto contesta, sin preámbulos, con los dientes apretados—. Necesito que muevas cielo, tierra y a tus mejores informantes en la redacción de ese maldito diario financiero. Averigua quién filtró las especulaciones sobre mis cuentas. Quiero nombres, quiero la IP de donde salió el artículo y quiero que cierren ese periódico antes de que caiga la noche. ¿Quedó claro?
Voy bajando por el ascensor privado directo al subterráneo donde me espera el auto, todavía echando chispas por la llamada, discutiendo mentalmente los pasos a seguir para silenciar a los periodistas. Salgo del edificio al volante de uno de mis deportivos, con la mandíbula rígida, pisando el acelerador con más fuerza de la permitida para salir de la rampa del estacionamiento hacia la avenida lateral.
Y entonces sucede.
En un segundo de absoluta distracción, cuando apenas estoy doblando la esquina ciega del edificio corporativo, una silueta cruza corriendo la calle sin mirar a los lados.
No hay tiempo de frenar del todo. El parachoques del auto emite un golpe seco y sordo contra algo blando.
Lo que me faltaba.
Una punzada de pura frustración me atraviesa el pecho. Golpes en el auto, un escándalo potencial en la puerta de mi propia empresa, la policía municipal merodeando a dos cuadras... La ira inicial se transforma en una fría y calculadora irritación. Apago el motor de golpe, desabrocho el cinturón de seguridad y abro la puerta con violencia, dispuesto a arrojarle un billete a cualquier imbécil imprudente para que desaparezca de mi vista.
Bajo del auto, doy la vuelta al capó y la miro tirada en el asfalto.
Las palabras se me congelan en la garganta. El aire desaparece de mis pulmones.
Dios... Es la mujer más hermosa que he visto en mi vida.
Pese a que está herida, con las rodillas raspadas, la ropa ligeramente sucia por la caída y la cara hinchada por el llanto reciente, hay algo en sus facciones delicadas que me golpea con la fuerza de un tren de carga. Su cabello castaño está desparramado sobre el pavimento gris, y sus ojos, cerrados por el dolor, tienen una fragilidad que choca violentamente con el mundo de depredadores en el que yo vivo. No parece una cazadora de fortunas, ni una periodista infiltrada, ni una socia de la mafia. Parece un ángel caído que se equivocó de callejón.
Me quedo paralizado un segundo más de lo prudente, observando cómo respira con dificultad, con los labios temblorosos.
Una maldición oscura retumba en mi cabeza. Si la dejo aquí, si la policía o la prensa sensacionalista llegan a ver esto, van a vincular el atropello con mis negocios turbios, inventarán un atentado, o peor aún, terminaré en los titulares de mañana por abandono de persona. Mi reputación pública —esa misma que acabo de leer en el artículo— no puede permitirse un solo rasguño más, menos ahora que los viejos están analizando cada uno de mis movimientos para buscar una excusa y destituirme.