Un acuerdo con el capo

Capitulo 3

Despertar entre sábanas blancas y ojos de tormenta

Chiara

​Me despierto envuelta en una neblina espesa, con la cabeza latiendo al ritmo de un tambor lejano y el sabor a sequedad pura en la boca. Parpadeo despacio, intentando descifrar las formas borrosas que me rodean. El olor característico a antiséptico, alcohol y sábanas almidonadas se clava en mis fosas nasales antes de que mi cerebro termine de conectar los puntos.

​Trato de moverme, pero siento el cuerpo pesado, como si me hubieran pasado por encima varios camiones de carga. Bajo la mirada con lentitud. Las paredes son de un blanco clínico impecable, hay un suero colgando de un soporte metálico a mi lado, y el pitido constante y rítmico de un monitor cardíaco resuena de fondo.

Un momento... ¿Qué coño hago en un hospital?

​El eco de esa pregunta retumba en mi mente y, de repente, los recuerdos de hace unas horas caen sobre mí como una avalancha. Las lágrimas por Lucas, la caminata ciega por la calle, el dolor en el pecho, la desconexión total del mundo y... el golpe seco. El impacto metálico contra mi cuerpo.

​El pánico me muerde el cuello de inmediato. Siento que el aire se agota en mis pulmones. El pecho se me hunde y las paredes de la habitación parecen cerrarse sobre mí en una trampa de claustrofobia pura.

​—No, no, no... —balbuceo con la voz ronca, intentando incorporarme de golpe, mientras las sábanas se enredan en mis piernas y el suero en mi brazo tirante amenaza con salirse.

​Me estoy asfixiando. El corazón me golpea las costillas con una desesperación salvaje. Siento que el suelo se desvanece otra vez, que me ahogo en mi propia histeria, incapaz de procesar el hecho de que estoy en una camilla de hospital, sola, magullada y con el alma rota por completo.

​Y justo en el momento en que el aire se niega a entrar en mi garganta, la puerta de la habitación se abre con un movimiento seco y elegante.

​Alzo la vista, con los ojos anegados en lágrimas y la respiración entrecortada.

​Dios... Qué hombre.

​Entra con una presencia tan abrumadora que parece absorber todo el oxígeno disponible en la sala. Es peligrosamente atractivo de una forma que desafía cualquier lógica. Alto, con una estructura ósea perfectamente esculpida, una mandíbula cuadrada sombreada por una ligera barba de dos días y unos ojos oscuros, intensos y magnéticos que me observan con una mezcla de fastidio y curiosidad calculadora. Viste un traje gris oscuro de sastrería impecable, con la corbata ligeramente floja al cuello, como si acabara de salir de una junta directiva de alto nivel o de una escena de película de mafiosos.

​Su sola presencia en el umbral es tan magnética, tan imponente, que por un segundo me olvido por completo de mis ataques de pánico, de los moretones que cubren mis extremidades y de que, apenas hace unas horas, el chico que me gustaba me había destrozado el corazón con total naturalidad.

Por Dios, Chiara, ¿en qué estás pensando? —me regaño a mí misma de forma mental, sacudiendo la cabeza con torpeza mientras intento recuperar la dignidad—. ¡Casi te matan y tú estás admirando al conductor negligente!

​Enderezo la espalda tanto como las fuerzas me lo permiten, intentando proyectar una imagen de fiereza que sé que no poseo, y lo encaro con la voz más áspera que puedo forzar:

​—¿Quién eres? —pregunto, con un tono mucho más brusco de lo planeado.

(Debo admitir, muy a mi pesar, que mi voz no intimida ni a una cucaracha. Suena más bien como el maullido ronco de un gato asustado).

​El hombre detiene su caminar a los pies de la camilla. Una comisura de sus labios se eleva en una sonrisa leve, casi imperceptible, que lejos de ser amable, resulta jodidamente intimidante. Cruza los brazos sobre el pecho, haciendo que la tela de su costoso traje se tense sobre sus hombros anchos.

​—Mucho gusto, osita. Soy Alessandro —su voz es profunda, grave, un ronroneo áspero que vibra directamente en el suelo de la habitación—. El que te atropelló. Bueno, en realidad tú te lanzaste a mi auto como si quisieras un boleto gratis al otro mundo, pero de igual forma pagué todos tus gastos médicos y me hice responsable.

​Las palabras flotan en el aire durante unos segundos.

​¿Osita? ¿Me acaba de llamar osita?

​La sangre me sube a las mejillas de golpe, tiñéndome la cara de un rojo furioso. La vergüenza y el orgullo chocan violentamente en mi interior.

​—Oye, no soy ninguna osita —espeto, apretando los dientes y fulminándolos con la mirada, intentando ignorar lo ridícula que debo verme con la bata de hospital y el cabello hecho un desastre—. Mi nombre es Chiara. Y disculpa por eso, la verdad es que estaba tan perdida en mis pensamientos que no me di cuenta de nada.

​Hago una pausa, tragando saliva con dificultad al recordar la realidad económica en la que vivo, donde cada centavo cuenta y las deudas hospitalarias son un lujo que mi familia y yo no nos podemos permitir. La rabia cede paso al pánico financiero.

​—Respecto a los gastos médicos... yo... yo te puedo regresar el dinero —continúo, balbuceando un poco, con las manos aferradas a las sábanas blancas hasta que se me ponen los nudillos blancos—. Bueno, no de una vez, claro, porque no tengo esa cantidad en mi cuenta bancaria, pero... ¿puedes hacer como una cuenta con intereses? Te lo juro que voy a pagar a tiempo, mes a mes, hasta el último centavo, ¡así tenga que venderme!

​La última frase sale disparada de mi boca sin filtro alguno.

¿Venderme? ¿En qué momento pensé que decir eso era una buena idea?

​Los ojos oscuros de Alessandro se oscurecen todavía más, volviéndose completamente impenetrables. Su mandíbula se tensa de manera casi imperceptible y da un paso al frente, acortando la distancia entre nosotros de una forma que me deja sin aliento otra vez. Su mirada recorre cada centímetro de mi rostro, deteniéndose en mis labios entreabiertos y en el brillo de la desesperación en mis ojos, como si estuviera analizando una pieza de caza en medio de un tablero de ajedrez que solo él comprende.




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