El contrato de la osita
Alessandro
Debo admitir que esta chica es un maldito caso de estudio.
Mientras está ahí, sentada en la camilla del hospital con la bata blanca de paciente, el cabello castaño revuelto y los ojos grandes llenos de una mezcla de pánico y orgullo fingido, me cuesta mantener la compostura. Es demasiado tierna. Hermosa de una forma tan natural, tan ajena a los círculos frívolos y llenos de plástico en los que suelo moverme, que me desarma sin proponérselo.
Me causa una gracia enorme verla intentar ponerse a la defensiva. Frunce el ceño, aprieta los labios, levanta la barbilla y habla con esa vocecita ronca intentando sonar feroz, cuando en realidad lo único que transmite es la imagen de un osito de peluche furioso al que le acaban de quitar su porción de miel.
La observo en silencio, cruzado de brazos, disfrutando del espectáculo de verla debatir contra su propio orgullo. La tengo a pocos metros de distancia, oliendo a desinfectante y a jabón de vainilla, y mi mente, que normalmente funciona como un reloj suizo frío y calculador en medio del caos de la mafia, se detiene por completo en un solo pensamiento que me golpea con la fuerza de un rayo:
Es mía.
Desde el maldito segundo en que la vi tirada en el asfalto, cruzando la calle sin mirar, mi instinto de posesión más primitivo se encendió. No sé su apellido, no sé qué demonios hacía caminando sola y distraída frente a mis oficinas, pero en el instante en que la levanté en brazos, mi cerebro la marcó como territorio prohibido para cualquier otro hombre. Nadie la toca. Nadie la mira. Nadie la lastima.
Y entonces, justo cuando estoy saboreando el silencio de la habitación, suelta la frase que me hace encender todas las alarmas en el cerebro de golpe:
«Te lo juro que voy a pagar a tiempo, mes a mes, así tenga que venderme».
¿Es en serio?
La sangre se me congela en las venas y luego se desborda en una ola de calor tan violenta que tengo que apretar los puños dentro de los bolsillos de mi pantalón para no perder el control. ¿Venderse? ¿Ella, con esa carita de ángel, con esa fragilidad que me dan ganas de encerrarla en una caja de cristal blindado y alejarla del mundo podrido en el que vivo, está sugiriendo que se vendería para pagar una deuda médica absurda?
No. Rotundamente no.
Mi mente criminal, acostumbrada a comprar lealtades, a negociar territorios y a firmar acuerdos con sangre y tinta, rechaza la idea de inmediato. Yo no necesito su dinero. Los miles de dólares que costó esta habitación privada y los mejores especialistas médicos para asegurarme de que no tuviera ni una sola fractura grave son calderilla para mí. Podría romper la factura en su cara ahora mismo y decirle que está saldada.
Pero hay un problema. Si hago eso, si simplemente aparezco como el millonario benévolo que le regala la salud, ella se va a asustar, va a desconfiar, me va a arrojar el tacho de basura y va a salir huyendo de mi vida en cuanto pueda ponerse de pie. Y yo no pienso permitir que desaparezca. No ahora que la acabo de encontrar.
Además, hay otra razón de peso. Los viejos de la cúpula llevan semanas presionándome con el maldito matrimonio arreglado para limpiar mi imagen corporativa y demostrar "estabilidad familiar". Quieren casarme con una muñeca de porcelana de la alta sociedad que me spotee en las galas benéficas mientras me traiciona por la espalda.
Miro a Chiara, que sigue ahí, con los ojos fijos en mí, esperando mi respuesta, mordiéndose el labio inferior con una ansiedad que me enciende la sangre.
Una sonrisa lenta, oscura y calculadora se dibuja en las comisuras de mis labios. Jaque mate.
Voy a aceptar su propuesta de intereses. Voy a jugar su juego. Voy a crear un contrato legal, formal y perfectamente estructurado, donde ella me deba cada centavo, obligándola a verme, a estar cerca de mí, a entrar en mi órbita bajo la excusa de una deuda que jamás tendrá la intención real de cobrar en efectivo. Y luego, cuando esté completamente atrapada en mi red, cuando ya no pueda imaginarse un solo día sin mí... pum, le diré toda la verdad sobre quién soy y lo que me he estado guardando desde el primer segundo.
Me acerco un poco más a la camilla, reduciendo el espacio personal a límites peligrosos. Apoyo una mano en el borde metálico de la cama, inclinándome hacia ella hasta que puedo ver el tono exacto de caramelo en sus ojos. Su respiración se vuelve corta, sus pupilas se dilatan. Siente mi presencia, y aunque intenta retroceder, el respaldo de la cama se lo impide.
—¿Venderte, osita? —mi voz sale en un susurro grave, áspero, cargado de una advertencia silenciosa que hace que se le erice la piel—. Qué vocabulario tan peligroso usas para una chica que acaba de sobrevivir a un encuentro cercano con la muerte.
Chiara traga saliva con fuerza, intentando mantener la compostura, aunque el temblor en sus pestañas la delata.
—Yo... solo digo que soy una persona responsable —balbucea, intentando sonar firme, aunque retrocede unos milímetros más contra las almohadas—. Si te debo dinero, lo voy a pagar. No me gusta deberle nada a nadie, y menos a un desconocido presuntuoso que me llama de apodos absurdos.
Una risa corta, seca y ronca escapa de mi garganta. Me divierte de una manera enfermiza ver cómo intenta sacudirme de encima.
—No soy un desconocido, Chiara —le recuerdo su nombre despacio, saboreando las sílabas en mi lengua como si fueran un buen vino—. Y respecto a tu propuesta... lo he estado pensando, y me parece una idea sumamente razonable. No puedo simplemente rechazar la responsabilidad civil de haberte atropellado, ¿verdad? Sería un mal ciudadano.
Ella parpadea un par de veces, visiblemente desconcertada por mi repentina flexibilidad. Esperaba que me riera de su oferta o que le exigiera el pago de golpe, no esta especie de complacencia extraña.