Chiara
El chirrido de la puerta al abrirse a la mañana siguiente me arranca de un sueño pesado, lleno de imágenes confusas donde un hombre de ojos oscuros y sonrisa lobuna me persigue por pasillos interminables de mármol. Parpadeo con pesadez, sintiendo los músculos del cuerpo todavía adoloridos por el impacto del día anterior, pero con la cabeza un poco más despejada.
Una enfermera de bata impecable entra con una sonrisa amable, cargando una bandeja con ropa limpia que supongo alguien debió traer para mí, porque mi propia ropa quedó hecha un desastre tras el accidente.
—Buenos días, Chiara. Ya tienes el alta médica —dice la enfermera mientras deja la ropa en la mesilla—. Hay alguien esperándote abajo. Un hombre muy elegante en la entrada principal. Dice que viene de parte de Alessandro.
Trago saliva con dificultad. La realidad me golpea de golpe. No fue un sueño delirante ni una alucinación por los analgésicos. El tal Alessandro existe, es peligrosamente atractivo, y hoy tengo que enfrentar las consecuencias de mi torpeza financiera.
Me cambio de ropa con rapidez, sintiéndome extraña con unos jeans oscuros y una blusa sencilla que no reconozco del todo como mía, pero que me queda perfecta. Cuando salgo al pasillo del hospital, un hombre alto, vestido con un traje sobrio de chofer y una expresión tan seria que parece esculpida en piedra, me intercepta con una reverencia leve.
—Señorita Chiara, el señor Alessandro la espera en su despacho corporativo. Por aquí, por favor.
No tengo escapatoria. Asiento con la cabeza, conteniendo los nervios que me aletean en el estómago como mariposas enloquecidas, y lo sigo hasta un sedán negro de lujo que brilla bajo el sol de la mañana. El trayecto en silencio por la ciudad es una tortura mental; mi cerebro no deja de maquinar escenarios catastróficos. ¿Y si me cobra una cantidad imposible? ¿Y si tengo que trabajar para él limpiando oficinas durante los próximos diez años?
Cuando el auto se detiene frente a un imponente rascacielos de cristal y acero en el corazón financiero de la ciudad, se me corta la respiración. El edificio es gigantesco, un monumento al poder y al dinero. El chofer me guía a través de un vestíbulo de lujo donde los empleados caminan con carpetas bajo el brazo y miradas temerosas, y luego me sube a un ascensor privado que sube tan rápido que los oídos se me tapan.
Las puertas se abren en el último piso.
Un pasillo alfombrado me lleva directamente a una puerta doble de madera oscura. El asistente de Alessandro me hace una seña para que entre, y lo hago con las manos sudorosas, aferradas con fuerza a la correa de mi bolso.
La oficina es enorme, con ventanales de suelo a techo que ofrecen una vista panorámica de toda la metrópoli. Y de pie frente a ellos, con las manos en los bolsillos y la silueta recortada por la luz del sol, está él. Alessandro. Lleva otra vez un traje impecable, y su sola presencia hace que la temperatura de la habitación parezca subir diez grados.
—Vaya, la osita es puntual. Me gusta eso —dice con esa voz ronca y profunda que hace que se me estremezca la columna, dándose la vuelta para mirarme fijamente con sus ojos oscuros.
—No me llame así —mascullo, intentando mantener la compostura y proyectar una falsa seguridad—. Vine a cumplir con lo nuestro. Dijiste que hablaríamos del contrato y de la forma en que pagaré la deuda del hospital.
Una sonrisa lenta y peligrosa se dibuja en sus labios. Camina hacia su escritorio de caoba, donde descansa una carpeta de cuero negro perfectamente organizada.
—Así es, Chiara. Todo está aquí. Cada centavo de los gastos médicos, los especialistas, la habitación privada... —abre la carpeta y saca unas hojas impresas con una formalidad asombrosa, extendiéndolas sobre la superficie junto a una pluma estilográfica elegante—. Los términos de pago están redactados con precisión. Como mencionaste que tendrías problemas para liquidarlo de golpe, diseñamos una cláusula de amortización mensual muy accesible para ti.
Me acerco con cautela al escritorio, sintiendo su mirada pesando sobre cada uno de mis movimientos. Miro los papeles. Veo bloques enteros de texto legal, párrafos densos llenos de términos técnicos, cláusulas kilométricas en letra pequeña que requerirían un abogado experto y una lupa para ser leídas con atención.
El mareo leve que aún conservo por el golpe, combinado con la intimidación que me provoca estar a medio metro de este hombre imponente, hace que mi cerebro empiece a colapsar. ¿Quién lee un contrato de tres páginas lleno de jerga legal cuando confía en que es un simple acuerdo de pago? Además, mi orgullo está herido; quiero firmar rápido, saldar mi deuda moral y salir de este edificio antes de perder la poca dignidad que me queda.
—¿Dónde firmo? —pregunto con un suspiro de resignación, bajando la guardia por completo.
Alessandro me mira fijamente, y por un segundo, noto un brillo extraño en su mirada, una chispa de triunfo silencioso que debería haberme advertido del peligro, pero que ignoro por completo cegada por las ganas de terminar con esto.
Señala con la punta de la pluma una línea punteada al final de la última página.
—Justo ahí, osita. Firma con tu nombre completo.
Agarro la pluma con dedos temblorosos. Ni siquiera me tomo el tiempo de deslizar la vista por las líneas superiores. Estampo mi firma —Chiara Vance— con letra clara y decidida sobre el papel, sin saber que acabo de entregarle mi libertad en bandeja de plata.
Apenas despego la pluma del papel, Alessandro respira hondo. El ambiente en la habitación cambia de inmediato; la tensión se vuelve palpable, densa, casi eléctrica. Extiende la mano, toma el documento con una calma absoluta, lo revisa un segundo y lo cierra con un golpe seco que resuena en el silencio de la oficina.