Un acuerdo con el capo

Capitulo 6

Las reglas del juego

Alessandro

​Justo como lo imaginé, la osita es increíblemente distraída.

​Verla ahí parada frente a mi escritorio, con los ojos anegados en una mezcla perfecta de terror, incredulidad y furia contenida, me provoca una diversión casi sádica. Su cerebro procesando el tamaño de su error es un espectáculo que vale cada centavo de los daños que sufrió mi auto. Firmó sin leer una sola línea, confiando ciegamente en una palabra que nunca prometió bondad, sino negocio. Así es como opero yo: en mi mundo no hay espacio para la ingenuidad, y si alguien se cruza en mi camino con la guardia baja, se convierte en presa fácil.

​Ahora nos encontramos hablando sobre las reglas del contrato, aunque siendo completamente honestos, aquí las reglas las establecí yo de principio a fin, redactadas por mis mejores abogados en tiempo récord.

​—¿Cas... custodia exclusiva? ¿De qué coño hablas? ¡Esto es un secuestro legalizado! —estalla Chiara, dando un paso al frente y golpeando la superficie de caoba del escritorio con las palmas de sus pequeñas manos, intentando lucir amenazante.

​Me cruzo de brazos, recostándome con calma en mi sillón ejecutivo, disfrutando del rubor de ira que le tiñe las mejillas.

​—No es un secuestro, osita. Es un acuerdo comercial con términos de cumplimiento obligatorio. Y si te molestas en mirar la tercera página —le señalo con la cabeza el documento que sigue cerrado a unos centímetros de sus manos—, verás que las condiciones de tu estadía conmigo son bastante generosas. Mucho más de lo que mereces por haberte lanzado a las ruedas de mi auto.

​Ella entrecierra los ojos con desconfianza, tomando el borde del papel como si fuera una serpiente venenosa. Empieza a leer en voz alta, y a medida que sus ojos recorren los párrafos, su rostro pasa de un rojo furioso a un blanco absoluto.

​—"Cláusula primera: Fidelidad absoluta"... ¿Disculpa? ¿Qué clase de locura es esta? —levanta la vista, boquiabierta—. ¡No puedes prohibirme tener contacto con otros hombres! ¡No somos nada!

​—JJAJAJAJA —una carcajada profunda, áspera y genuina escapa de mi garganta al verla al borde del colapso nervioso—. Lo somos a partir del momento en que firmaste, Chiara. Y sí, puedo. La regla es clara: no puedes tener ningún contacto, ni físico ni digital, con otro hombre que no sea yo. Mis ojos, mis reglas. Si veo a alguien rondándote o si te atreves a mirar a otro, las consecuencias recaerán sobre el infeliz en cuestión. No tolero distracciones.

​Ella traga saliva con fuerza, horrorizada, y sigue leyendo el documento, bajando por las líneas impresas. De repente, se detiene en seco. Sus labios se abren de par en par y el papel tiembla ligeramente entre sus dedos.

​—Esto... esto tiene que ser una broma de mal gusto —susurra, con la voz quebrada por la incredulidad—. ¿"Consumación del matrimonio y cohabitación con intimidad diaria, excepto cuando esté en sus días"? ¡Estás loco! ¡Estás enfermo! ¿Qué clase de cláusula sexual es esta en un contrato de pago de daños médicos?

​Me pongo de pie lentamente, haciendo que la imponente estructura de mi cuerpo devore el espacio entre los dos. Me acerco a ella hasta que el aroma a vainilla y jabón limpio vuelve a inundar mis sentidos, obligándola a retroceder hasta que la madera del escritorio frena su huida. Me inclino hacia su oído, rozando con mis labios el lóbulo de su oreja, sintiendo cómo se estremece entera bajo mi aliento.

​—No es un contrato médico, osita. Es un contrato de posesión —le susurro con voz ronca y letal—. Y respecto a la intimidad diaria, te sugiero que te vayas acostumbrando. Eres mía, y cada centímetro de tu cuerpo me pertenece hasta el último día de vigencia de este acuerdo. No voy a compartir lo que es mío con nadie, y menos voy a privarme de tocarte cuando tengo el derecho legal y firmado de hacerlo.

​Chiara intenta apartarme con las manos temblorosas contra mi pecho, pero su fuerza es ridícula comparada con la mía. Su respiración es un caos total, y aunque intenta mantener una fachada de rechazo, el temblor de su boca delata que el impacto de mi cercanía la está desestabilizando por completo.

​—Eres un monstruo... —murmura contra mi pecho, con los ojos brillando de impotencia—. Pensé que solo eras un empresario arrogante, pero eres un demente controlador.

​—Llámame como quieras, pero apréndete bien las condiciones —me separo un poco para mirarla a los ojos, deteniendo su mirada furiosa con la mía—. Pero no todo es castigo, Chiara. Lee el siguiente párrafo. Por lo que investigué antes de traerte aquí, sé perfectamente que eres una mujer muy terca y, milagrosamente, no eres interesada. No te importa el dinero fácil. Y eso, en mi mundo, es una rareza absoluta.

​Ella parpadea con desconcierto, bajando la vista de nuevo al papel con recelo.

​—¿Qué...?

​—Obligatoriamente tendrás a tu disposición tarjetas de crédito ilimitadas, cuentas bancarias con fondos inagotables, joyas que valen más que la cuadra entera de tu vecindario y propiedades a tu nombre si así lo deseas —le enumeré con total naturalidad, observando su reacción—. No vas a volver a pasar penurias, ni a preocuparte por deudas absurdas, ni a vivir en ese cuchitril del que saliste. Vas a vivir como la reina que eres a mi lado, te guste o no.

​Chiara levanta la cabeza de golpe, con los ojos anegados en una mezcla de orgullo herido y repudio.

​—¡No quiero tu dinero! ¡No quiero tus joyas ni tus tarjetas! —exclama con fiereza, agitando los brazos—. ¡Prefiero mil veces trabajar honradamente y pagar cada maldito centavo que estar encerrada contigo en una jaula de oro! ¡Devuélveme mi vida y rompe este maldito papel!

​Me río por dentro. Es tan terca que me dan ganas de besarla hasta que se le olvide cómo articular una sola protesta más. Exactamente como lo arrojaron mis informes de investigación privada: una mujer de principios firmes, que escribe historias románticas bajo un seudónimo y se refugia en mundos de fantasía porque la realidad le parece demasiado gris. Una mujer que no se vende por dinero, lo cual hace que mi plan sea el único camino posible para retenerla. Si le hubiera ofrecido lujos de buenas a primeras, me habría mandado al diablo. Al atraparla mediante una deuda y un contrato obligatorio, no le dejo más opción que someterse... y poco a poco, haré que el encierro se convierta en su lugar favorito en el mundo.




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