Un acuerdo con el capo

Capitulo 7

Las sombras de la mansión

Chiara

​El trayecto en el sedán negro hasta la que ahora se supone es mi "nueva casa" se siente como el desfile de un condenado camino al cadalso. Las calles de la ciudad pasan velozmente a través de los cristales polarizados del auto, transformándose poco a poco de un paisaje urbano vibrante a una zona residencial cada vez más exclusiva, silenciosa y distante. Cuanto más nos alejamos del centro, más siento que el oxígeno escasea dentro del vehículo.

¿En qué estabas pensando, Chiara? —me repito una y otra vez mentalmente, golpeando mis propios muslos con frustración—. ¿Cómo pudiste firmar un documento sin leer ni una sola línea? Entregaste tu libertad, tu independencia y tu vida a un demente peligroso que te llama "osita" como si fueras un juguete nuevo.

​Pero los reproches internos llegan demasiado tarde. La tinta ya se secó en el papel y el contrato es, legalmente hablando (o al menos en el retorcido mundo legal de Alessandro), una sentencia irrevocable.

​El auto disminuye la velocidad al llegar frente a unas imponentes puertas de hierro negro forjado con motivos intrincados, que se abren de manera automática al reconocernos. Al atravesarlas, contengo la respiración. Lo que se alza frente a mí no es simplemente una casa; es una mansión descomunal de arquitectura moderna y clásica a la vez, rodeada de jardines perfectamente manicurados, altos muros de seguridad y una calma tan profunda que resulta inquietante. Pareciera una fortaleza diseñada para mantener al mundo exterior tan lejos como sea posible.

​El chofer se detiene en la escalinata principal de mármol blanco. Baja de inmediato, abre mi puerta con una formalidad casi militar y me extiende la mano para ayudarme a salir.

​—Bienvenida a la residencia principal, señorita Chiara —dice con voz neutra, sin asomo de expresión en el rostro.

​Salgo del auto con las piernas temblorosas, sintiendo el peso invisible de las paredes de piedra observándome. Apenas cruzo el umbral de la enorme puerta doble de madera noble, una mujer de mediana edad, vestida con un riguroso uniforme negro y delantal blanco, se acerca con paso firme pero educado.

​—Buenas tardes, señorita. Soy Marta, la ama de llaves —se presenta con una inclinación de cabeza respetuosa—. El señor Alessandro me avisó de su llegada. Permítame mostrarle su habitación y prepararle algo de té; imagino que el día ha sido abrumador.

​Marta tiene una mirada amable, un destello de genuina compasión en los ojos que contrasta con la frialdad del entorno. Por un segundo, siento la tentación de aferrarme a su brazo y rogarle que me deje escapar por la puerta trasera, pero sé que es inútil. Nadie desafía a un hombre como Alessandro en su propio territorio.

​—Gracias, Marta —respondo con un hilo de voz, siguiendo a la mujer por un pasillo interminable alfombrado, adornado con pinturas al óleo de aspecto antiguo y esculturas que parecen costar más que todo el vecindario donde crecí.

​Me lleva hasta una suite en la segunda planta que te deja sin aliento. Es más grande que todo mi departamento universitario junto. Una cama king-size con sábanas de seda en tonos oscuros ocupa el centro de la habitación, flanqueada por ventanales gigantescos que dan hacia los jardines traseros. Hay un vestidor del tamaño de una recámara y un baño de mármol con una tina de hidromasaje que parece sacada de una revista de lujo.

​—Sus maletas y pertenencias personales fueron traídas desde su antiguo domicilio hace unas horas —indica Marta, señalando hacia el vestidor—. Asimismo, el señor Alessandro ordenó que esto fuera colocado sobre la mesa de noche.

​Marta señala un pequeño estuche de cuero sobre la mesa de noche de caoba. Lo abro con curiosidad recelosa y me encuentro con varias tarjetas de crédito negras, sin límite aparente, junto a una nota escrita con una caligrafía firme, elegante y dominante: “Gasta lo que quieras, osita. Es un derecho, no una sugerencia. A.V.”

​Cierro el estuche de golpe, como si quemara, y lo aparto de mi vista. Prefiero morir antes de usar un solo centavo de ese dinero sucio o condicionado. No voy a convertirme en una mantenida, por mucho que el contrato intente obligarme a ello.

​Las horas pasan con una lentitud desesperante. Me encierro en la habitación, mirando el atardecer teñir el cielo de tonos rojizos y violetas, sintiendo que las paredes de esta lujosa cárcel dorada se cierran sobre mí. Pienso en mi hermana María, en lo fácil que debe ser su vida en este preciso momento, riendo con Lucas, ajena por completo al hecho de que su hermana menor fue secuestrada legalmente por un capo de la mafia (o lo que sea que sea Alessandro). La idea me arranca un amargo nudo en la garganta.

​Ya entrada la noche, cuando el silencio de la mansión se vuelve casi absoluto, escucho el sonido amortiguado de un motor potente en la entrada principal.

Ya llegó.

​El pulso se me acelera de inmediato. Los pasos firmes y seguros resuenan en las escaleras del pasillo exterior. Mi respiración se vuelve superficial. Intento hacerme la dormida, acurrucada bajo las sábanas de seda, esperando que pase de largo, pero sé que es una ilusión infantil.

​La puerta de la suite se abre con suavidad.

​No necesito abrir los ojos para saber que está ahí. Su presencia es pesada, magnética, imposible de ignorar. Siento el crujir del piso de madera al acercarse a la cama, y luego, el colchón se hunde ligeramente bajo su peso cuando se sienta a mi lado.

​—Sé que estás despierta, osita —su voz ronca, baja y vibrante me recorre la columna vertebral como un chorro de agua helada—. No finjas el sueño conmigo.

​Abro los ojos lentamente y me encuentro con su rostro a pocos centímetros del mío. La luz tenue de la lámpara de noche ilumina sus facciones duras, su mandíbula marcada y esos ojos oscuros que parecen devorarme con una intensidad hambrienta. Viene sin saco, con las mangas de la camisa blanca ligeramente dobladas hacia arriba, dejando al descubierto unos antebrazos firmes y venas marcadas que me hacen desviar la mirada por pura vergüenza.




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