Alessandro
Detestar el desorden es mi especialidad. Toda mi vida la he construido a base de precisión milimétrica, control absoluto y anticipación fría. Cada movimiento en las mesas clandestinas, cada cargamento que cruza las fronteras sin que las autoridades parpadeen, cada ficha en este tablero invisible de poder responde a una fórmula exacta. Pero desde hace cuatro días, esa fórmula tiene un nombre de cuatro sílabas que descoloca todos mis cálculos: Chiara.
Me encuentro de pie frente al ventanal de mi estudio privado, con un vaso de cristal humedeciendo la palma de mi mano y el ámbar del whisky quemándome la garganta. Afuera, la noche cae sobre los muros de la mansión con una pesantez plomiza. En la planta alta, ella está durmiendo (o intentándolo) en la misma habitación que yo, en la misma cama de sábanas oscuras que anoche casi se convierte en el escenario de una imprudencia de la que hoy me alegro haberme abstenido.
Anoche, cuando la tuve arrinconada contra el respaldo, cuando sentí el temblor de su piel bajo mis dedos y el miedo cristalino en sus ojos de caramelo, estuve a punto de cruzar la línea que separa la posesión legal de la devastación emocional. Quise obligarla. Quise usar cada una de las cláusulas de ese maldito contrato firmado con la tinta de su propia ingenuidad para doblegarla de inmediato. Es lo que siempre hago. Es lo que se espera de un Capo que no negocia con debilidades.
Pero cuando vi sus lágrimas... cuando esa pequeña osita terca me miró con una mezcla de pánico y una valentía estúpida que desafiaba mi autoridad, algo en mi interior se fracturó.
No puedo precipitarme. Si la quiebro a la fuerza, destruiré exactamente lo único que me atrae de ella: su luz, su torpeza inocente, esa rebeldía pura que se niega a corromperse a pesar del entorno oscuro en el que la he metido. En este mundo de lobos donde todos me temen, donde las mujeres se me acercan por ambición o por miedo, Chiara es la única que me mira como si fuera un monstruo, pero que aun así es capaz de temblar ante mí no por el rifle en mi cintura, sino por lo que provoco en su interior.
Dejo el vaso sobre la mesa auxiliar con un golpe seco y decido moverme. Necesito verla.
Camino por los pasillos oscuros de la mansión con pisadas silenciosas, mis zapatos de suela blanda apenas rozando la madera noble. Abro la puerta de la suite con una delicadeza que no reconozco como mía. La habitación está sumida en penumbra, iluminada únicamente por el resplandor plateado de la luna que se cuela a través de los ventanales gigantescos.
Me acerco a la cama con paso lento. Ella está ahí, acurrucada hacia un costado del colchón, ocupando apenas una fracción infinitesimal de la inmensa superficie. Duerme de lado, con una mano colocada bajo la mejilla y el cabello castaño desparramado como una cascada suave sobre la almohada blanca. Su respiración es pausada, un ritmo suave que parece marcar el compás de la habitación.
Me detengo al borde de la cama y me arrodillo lentamente, quedando a su altura. No la despierto. Me limito a observarla con una intensidad que roza la obsesión.
¿Cómo demonios terminé secuestrando legalmente a una escritora de romances que cruza la calle como si estuviera sola en el universo?
Ayer, después de dejarla encerrada bajo mi techo, le pedí a Marcos un informe completo sobre su vida. No por desconfianza hacia ella, sino porque en mi posición la paranoia es un requisito de supervivencia. Descubrí lo obvio y lo fascinante: Chiara Vance es una chica común en apariencia, pero extraordinaria por dentro. Vive con una familia que apenas la nota, eclipsada por una hermana mayor perfecta y deslumbrante. Escribe historias de amor bajo un seudónimo en plataformas digitales, volcando en páginas virtuales todo lo que la vida real le niega: pasión, protagonismo, un lugar donde ella sea la única opción de alguien.
Y ahora, el destino (o más bien los frenos de mi sedán deportivo) la arrojó directo a mi realidad. Una realidad donde los cuentos de hadas no existen, pero donde yo estoy dispuesto a construirle una fortaleza de oro y plomo solo para mantenerla a salvo.
Extiendo la mano con lentitud extrema, conteniendo el aliento para no sobresaltarla, y rozó con el dorso de mis nudillos la línea suave de su mejilla. Su piel está tibia, suave como la seda. Ella se menea un poco en sueños ante el contacto, emitiendo un susurro ininteligible, y se aferra un poco más a la sábana. Una sonrisa involuntaria, casi impropia de mi rostro, se dibuja en mis labios.
—Duerme, osita —murmuro en un eco bajísimo, tan imperceptible que ni el aire lo sacude—. Tienes razón en una cosa: soy un demente. Pero vas a aprender a quererme entre las sombras, te guste o no.
Me pongo de pie con la misma calma con la que entré y decido salir de la habitación. No voy a forzar las cosas esta noche. El contrato estipula cohabitación e intimidad, sí, pero el verdadero juego apenas comienza, y yo prefiero la partida larga. Prefiero desgastar sus defensas con paciencia, demostrarle que aunque las reglas de mi mundo son letales, en el centro de mi imperio ella tendrá un trono que nadie se atreverá a disputar.
Las manecillas del reloj marcan las diez de la mañana cuando bajo al despacho principal de la mansión. La luz del sol matutino atraviesa los vitrales altos, iluminando el piso de mármol y las estanterías de madera cargadas de tomos antiguos y expedientes clasificados.
Apenas tomo asiento frente al escritorio, la puerta se abre sin previo aviso. Es Marcos, mi mano derecha, con una carpeta negra bajo el brazo y esa expresión perpetua de haber presenciado todas las catástrofes del siglo.
—Jefe —saluda con una inclinación de cabeza respetuosa, acercándose al escritorio—. Tenemos novedades sobre el artículo de prensa que salió el día del incidente. Los informantes que pusimos a rastrear la filtración ya dieron resultados.