Un acuerdo con el capo

Capitulo 9

El eco del silencio

Chiara

​Siete días.

​Siete atardeceres interminables pintando los ventanales de la suite con tonos anaranjados y violetas. Siete mañanas despertando entre sábanas de seda que huelen a su perfume amaderado y a tabaco caro, en una cama gigantesca que se siente al mismo tiempo como un nido de lujo y como la celda más sofisticada del mundo.

​He contado cada segundo mirando el tic-tac invisible del reloj de pared, esperando que la puerta se abra y aparezca alguien. Alguien que no sea Marta con su sonrisa compasiva y su bandeja de plata, ni los guardias silenciosos que vigilan cada pasillo como estatuas de mármol.

​Espero una llamada. Un mensaje desesperado. Una señal de humo. Cualquier cosa.

​Pero el teléfono móvil que descansa sobre la mesita de noche —un dispositivo nuevo de última generación que Alessandro me obligó a aceptar bajo la excusa de que "el mío era una antigüedad inútil"— permanece en un silencio sepulcral.

​Nadie ha preguntado por mí.

​Mi hermana María, esa criatura brillante y perfecta a la que siempre eclipsaba con mi torpeza, no ha enviado ni un solo mensaje preguntando por qué no volví a casa tras el accidente. Mis padres, absorbidos en su pequeño universo de apariencias y rutinas grises, ni siquiera se han tomado la molestia de marcar mi número. Para ellos, supongo que soy la misma de siempre: la sombra silenciosa que vive en su habitación escribiendo historias de amor imposibles en la pantalla de una computadora, la chica que siempre se arregla las zapatillas sola y a nadie le importa si se retrasa.

​Y esa constatación duele más que el impacto de la camioneta de Alessandro. Duele en lo más hondo del orgullo, en ese rincón frágil del pecho donde guardaba la estúpida esperanza de que, al menos para mi propia sangre, mi ausencia significara algo.

​Estoy sentada en el suelo, con las rodillas contra el pecho y la espalda recostada contra los cojines del gran sofá de terciopelo frente al ventanal. Llevo puesta una sudadera oversized que le robé del armario a Alessandro la tercera noche —una prenda enorme que me envuelve como un capullo y que huele intensamente a él—, y tengo la mirada perdida en el jardín trasero, donde las fuentes de piedra susurran un monólogo constante que imita la marea de mis pensamientos.

Nadie me busca. Nadie me extraña.

​Para el mundo exterior, Chiara Vance es solo una página en blanco que desapareció sin hacer ruido. Pero aquí, en esta mansión blindada, soy el centro del universo retorcido de un hombre que me mira como si fuera lo único sagrado en su infierno particular.

​La puerta principal de la suite se abre con un clic suave.

​No necesito voltear para saber quién es. El aire de la habitación cambia de golpe; la atmósfera se satura con su presencia imponente, pesada, magnética. Alessandro entra con el saco del traje colgado negligentemente sobre el hombro izquierdo, la corbata ligeramente aflojada y las mangas de la camisa blanca dobladas hasta los codos, revelando los músculos firmes de sus antebrazos.

​Se detiene a mitad de la estancia al verme hecha un ovillo en el suelo. El silencio se prolonga durante unos segundos eternos, llenos únicamente por el susurro de la fuente exterior.

​—¿Qué haces en el suelo, osita? —pregunta su voz ronca, con esa capa de autoridad natural que hoy suena extrañamente suave, casi cautelosa.

​No respondo. Giro lentamente el rostro para mirarlo, sintiendo que los ojos se me anegan de un calor espeso y traicionero. Las lágrimas, que he estado conteniendo durante los últimos días como una presa a punto de reventar, amenazan con desbordarse por mis pestañas.

​Alessandro frunce el ceño al notar mi expresión. Deja caer el saco sobre el respaldo del sofá, da zancadas largas hasta llegar a donde estoy y se arrodilla frente a mí en una fracción de segundo, ignorando por completo el impecable corte de su pantalón de sastre sobre el piso de madera.

​—Chiara... ¿Qué pasa? —su mano grande y cálida se posa con una delicadeza inusual sobre mi mejilla, recorriendo el contorno con el dorso de sus dedos—. ¿Te duele algo? ¿Alguien te ha faltado al respeto en esta casa? Si ha sido Marta o alguno de los guardias...

​—No... nadie me ha hecho nada, Alessandro —interrumpo con un hilo de voz, y por primera vez desde que firmé ese maldito contrato, mi tono no lleva ni rastro de furia o rebeldía, solo un cansancio infinito, una vulnerabilidad absoluta que me desnuda frente a él.

​Él se detiene, analizando cada milímetro de mi rostro con sus ojos oscuros, buscando el origen de la tormenta.

​—Entonces, ¿qué es? Llevo días notando que te consumes por dentro —murmura, acercando su rostro al mío hasta que puedo sentir el calor de su aliento—. Te he dado dinero, tarjetas, la libertad de moverte por toda la mansión, ropa nueva... tienes todo lo que cualquier mujer desearía. ¿Por qué sigues con esa sombra en los ojos?

​Bajo la mirada, incapaz de sostener la intensidad de sus pupilas, y dejo escapar una risa amarga, un sonido hueco y roto que sale desde lo más profundo de mi garganta.

​—¿Todo lo que cualquier mujer desearía? —susurro con ironía, negando con la cabeza—. ¿Sabes qué es lo más triste de todo esto, Alessandro? Que llevo una semana entera encerrada en esta jaula de oro, firmando un contrato de posesión con un mafioso peligroso que me compró tras un accidente... y mi familia ni siquiera se ha enterado.

​Él se queda completamente inmóvil. Su mano se detiene en mi mejilla.

​—Nadie ha llamado —continúo, sintiendo que la presa finalmente se rompe y las primeras lágrimas calientes resbalan por mis mejillas—. Mi hermana María está muy ocupada con su vida perfecta. Mis papás ni siquiera han marcado al teléfono de mi departamento para ver si sigo viva. Para ellos, yo nunca fui real. Solo era la chica invisible que vivía en el pasillo del fondo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.