Alessandro
Verla llorar me descoloca de una manera que ninguna traición, ninguna emboscada de los Moretti y ninguna pérdida financiera en diez años de guerra en los bajos fondos ha logrado jamás.
Tengo las manos manchadas de sangre vieja y tratos que el sol prefiere ignorar. He mirado a los ojos a hombres suplicando piedad antes de ordenar que los borren del mapa sin que el pulso me tiemble ni un solo milímetro. Pero ver a Chiara hecha un ovillo en el suelo de esa habitación, sintiéndose invisible para el mundo, arrastrando la miseria de una familia ciega que nunca supo la clase de mujer que tenía bajo su techo, me encendió por dentro una furia fría y sorda. Una furia que no iba dirigida contra ella, sino contra todos los que la hicieron creer que no importaba.
Ahora duerme profundamente sobre mi pecho. Su respiración es lenta, un acompasado vaivén que cala a través de la tela de mi camisa y se clava directamente en mis costillas. Su rostro está pálido, con los párpados ligeramente hinchados por las lágrimas que derramó hace unas horas, y sus pequeñas manos siguen aferradas con fuerza a la solapa de mi ropa, como si temiera que, en cuanto se descuide, el mundo vuelva a ignorarla o yo decida desaparecer.
Me quedo inmóvil en la oscuridad de la habitación, con la espalda apoyada contra el respaldo del sofá, sintiendo el peso de su cuerpo y el torbellino de mis propios pensamientos colisionando en mi cabeza.
Prohibido enamorarse.
Esa cláusula la redacté yo mismo. Fue lo primero que exigieron mis instintos de supervivencia cuando mi equipo legal terminó de estructurar el contrato. En mi mundo, el afecto es una debilidad táctica; amar a alguien es entregarle al enemigo el arma perfecta para disparar directo al corazón. Una mujer como Chiara, inocente, brillante, con el alma transparente reflejada en esos ojos de caramelo, jamás sobreviviría al fuego cruzado de mis verdaderos negocios si supiera de qué está hecho mi imperio. Tenía que ser un acuerdo comercial. Frío. Clínico. Una transacción de posesión y deuda saldada con intimidad.
Pero las matemáticas del destino rara vez coinciden con las cláusulas de un contrato.
Cada segundo que pasa a mi lado, cada vez que la veo morderse el labio intentando contener su orgullo frente a mí, cada bocado que rechaza y cada centímetro de su piel que tiembla bajo mis dedos, me doy cuenta de que la regla más importante de todas se está desmoronando como un castillo de naipes. Me está costando una barbaridad mantener la distancia. Me está resultando insoportable fingir que esto es solo una celda dorada y que ella es solo una prisionera de lujo.
No quiero verla triste. Verla llorar por una familia de imbéciles que no la merecen me ha revuelto las entrañas. Y es ahí, en medio de la penumbra y el calor de su cuerpo contra el mío, donde tomo una decisión irrevocable.
Si el mundo exterior la hizo sentir invisible, voy a encargarme de que, a mi lado, sea el centro absoluto de gravedad. Y el primer paso empieza mañana mismo.
El despertador marca las siete en punto de la mañana cuando el sol apenas comienza a filtrarse a través de las cortinas pesadas del ventanal. Chiara se mueve con torpeza entre las sábanas, parpadeando con pesadez, intentando asimilar el lugar donde está y la posición en la que amaneció: completamente enredada en mis brazos, con una pierna cruzada sobre las mías y el rostro enterrado en mi hombro.
Cuando sus ojos se abren del todo y se da cuenta de que lleva toda la noche pegada a mí, un rubor intenso le inunda las mejillas. Intenta apartarse de golpe, con un movimiento reflejo y apresurado, pero mi brazo, rápido como el rayo, la rodea por la cintura y la vuelve a atraer hacia mi pecho sin esfuerzo.
—¿A dónde crees que vas, osita? —le pregunto con la voz ronca por el sueño, sintiendo cómo se tensa bajo mi tacto.
—Yo... me desperté y... pensé que... —balbucea, con las mejillas encendidas de vergüenza, evitando sostener mi mirada—. Déjame levantarme, Alessandro.
La miro fijamente, deteniéndome en la curva de sus labios y en el desorden encantador de su cabello castaño. Me dan ganas de besarla hasta borrarle cualquier rastro de la tristeza de anoche, pero me contengo. Hoy tengo un plan mejor.
—Hoy no te vas a quedar encerrada en esta habitación mirando por la ventana —le digo con absoluta firmeza, apartando un mechón rebelde de su frente—. Levántate, cámbiate de ropa y ponte algo presentable.
Ella frunce el ceño de inmediato, a la defensiva, adoptando esa postura de gata rabiosa que tanto me divierte.
—¿Ah, sí? ¿Y quién dice que voy a hacerte caso? ¿Otra cláusula mágica del contrato? —responde con un destello de sarcasmo en la voz, aunque el temblor en sus manos delata que mi cercanía la sigue desestabilizando.
—No es una cláusula, es una invitación —me incorporo despacio, obligándola a sentarse a mi lado mientras mantengo una mano firme en su cadera—. A partir de hoy, vas a venir conmigo a la empresa. Vas a trabajar en mi oficina personal.
Chiara abre los ojos de par en par, boquiabierta, como si le hubiera dicho que nos vamos a mudar a la luna.
—¿Estás loco? —exclama, negando con la cabeza con incredulidad—. ¿Yo? ¿En tu oficina corporativa? ¿Entre todos tus empleados, secretarias y ejecutivos? ¡No, ni lo sueñas! ¿Qué se supone que voy a hacer ahí? ¿Ser tu florero decorativo mientras tú firmas contratos multimillonarios? ¡No voy a exponerme a que todos me miren como si fuera tu querida mantenida!
Ese último comentario me golpea con la fuerza de un latigazo mental. Una sombra oscura cruza por mi rostro de forma instantánea.
—¿Tu querida mantenida? —repito con voz baja, cortante, perdiendo de golpe toda la paciencia matutina—. ¿Eso es lo que crees que eres para mí? ¿Un adorno que exhibo cuando me da la gana?