Chiara
El trayecto en el ascensor privado hasta el último piso del rascacielos se siente completamente diferente al de hace una semana. Las paredes de cristal espejado reflejan la silueta imponente de Alessandro, impecable con su traje gris oscuro, y a su lado, la mía: una versión de mí misma que apenas reconozco. Llevo un conjunto de sastre elegante pero sobrio que Marta dejó preparado en el vestidor, con el cabello recogido en una coleta pulida que intenta disimular el caos absoluto que tengo en la cabeza.
Ayer me llamó "su secreto" y me encendió la sangre con una mezcla de furia y orgullo herido. Hoy, al traerme aquí, a la cúspide de su imperio financiero, intenta demostrarme que las cosas son distintas. Que no me oculta por vergüenza, sino por una paranoia feroz que él llama "protección". Pero caminar a su lado por los pasillos alfombrados de la oficina corporativa, sintiendo las miradas furtivas, respetuosas y profundamente aterrorizadas de los empleados que se apartan a nuestro paso, hace que se me enchine la piel.
—Llegamos —dice Alessandro con voz baja y ronca, abriendo las puertas dobles de caoba de su despacho privado.
La oficina es gigantesca, un espacio moderno dominado por tonos grises, negros y ventanales kilométricos que muestran la inmensidad de la ciudad a nuestros pies. A un costado del escritorio principal, en una zona de descanso con sillones de cuero negro, hay discretamente colocado un escritorio ejecutivo secundario, perfectamente equipado con una computadora portátil, libreta de cuero y una vista privilegiada hacia los ventanales.
Me quedo detenida en el umbral, observando el montaje con incredulidad.
—¿Qué es esto? —pregunto, frunciendo el ceño y cruzándome de brazos—. ¿Me pusiste un escritorio como si fuera tu secretaria personal?
Alessandro se gira lentamente hacia mí, aflojándose ligeramente el nudo de la corbata con un movimiento elegante. Una sonrisa divertida, casi imperceptible, se dibuja en la comisura de sus labios.
—No seas absurda, osita. Una secretaria se encarga del papeleo aburrido y el café; tú vas a estar aquí para vigilarme de cerca y asegurarte de que no monopolice todo el aire de la habitación —responde con total naturalidad, caminando hacia mí hasta obligarme a retroceder un paso—. Te dije que quería incluirte, no esconderte. Desde este lugar puedes escribir tus historias, revisar tus cosas o simplemente mirar el horizonte mientras yo trabajo. Pero estás bajo mi vista directa.
Niego con la cabeza, sintiendo una mezcla de exasperación y una turbulencia extraña en el pecho.
—Esto es ridículo, Alessandro. Sigo atrapada en tu dinámica, solo que ahora cambiaste la celda de la mansión por una jaula de cristal en el piso cincuenta —mascullo, aunque sin la fuerza de antes.
—Llámalo como quieras, Chiara, pero estás aquí —zanja el tema con esa autoridad inapelable que no admite réplica, dándose la vuelta para sentarse en su gran sillón de caoba—. Tengo una reunión con los auditores en diez minutos. Siéntate, relájate y compórtate.
Las horas siguientes transcurren en un limbo surrealista.
Me siento en el escritorio asignado, abro la computadora e intento concentrarme en los borradores de mis novelas web, pero es completamente inútil. Mis ojos terminan desviándose una y otra vez hacia la imponente figura de Alessandro al otro lado de la sala.
Lo veo recibir a hombres con trajes caros y rostros pálidos, hombres que le hablan con una sumisión temblorosa, inclinando la cabeza ante cada instrucción que él emite con voz fría, cortante y absoluta. Veo la forma en que domina la habitación sin levantar la voz, con la precisión de un depredador que sabe perfectamente que nadie en ese edificio se atreve a contradecirlo. Y por primera vez, caigo en cuenta de la magnitud del monstruo corporativo y criminal que tengo enfrente. No es solo un hombre rico y arrogante; es el eje central de un engranaje oscuro donde la vida y la muerte se deciden con una firma.
Alrededor del mediodía, las puertas del despacho se abren y entra un hombre alto, de cabello impecablemente peinado y una sonrisa pulida que no llega a alcanzar sus ojos oscuros. Lleva una carpeta bajo el brazo y camina con una confianza que raya en la insolencia.
—Alessandro, discúrbela interrupción, pero los términos del contrato con el puerto del norte necesitan tu rúbrica inmediata antes de... —el hombre se detiene de golpe en seco al verme sentada en el rincón. Sus ojos se posan en mí con una curiosidad descarada, recorriendo mi atuendo de arriba abajo con una lentitud que me revuelve el estómago—. Vaya... no sabía que tenías compañía en el despacho hoy. ¿La nueva asistente ejecutiva? ¿O una distracción temporal?
La temperatura en la oficina desciende de golpe a niveles glaciales.
Levanto la vista de la pantalla, sintiendo cómo la sangre se me congela por un segundo ante el tono despectivo del desconocido. Antes de que pueda articular una sola palabra de defensa o insulto, la reacción de Alessandro es un estallido de violencia contenida.
El sonido de la pluma de metal al golpear con fuerza contra la madera del escritorio resuena en todo el despacho. Alessandro se pone de pie con una rapidez felina, tan imponente y amenazante que el hombre da un paso involuntario hacia atrás.
—Cuida tus malditas palabras, Marco —la voz de Alessandro es un gruñido bajo, letal, un eco directo del infierno que habita en su mirada—. No es ninguna asistente ni ninguna distracción. Es la única persona en este maldito edificio a la que le debes respeto absoluto. Si vuelves a mirarla o a referirte a ella con ese tono de inmundicia, te aseguro que este contrato del puerto será lo último que firmes en tu vida.
El hombre —Marco— palidece de inmediato. El color se le escapa del rostro por completo, y traga saliva con tanta fuerza que se nota desde mi asiento. Baja la mirada de inmediato, aterrorizado.