Alessandro
El sonido de la pluma al deslizarse sobre el papel es el único ruido que interrumpe la quietud de la oficina. Bueno, eso y el tecleo constante, suave pero firme, que proviene del pequeño escritorio secundario instalado junto al ventanal.
Levanto la vista de los estados financieros trimestrales y la observo. Chiara está concentrada en la pantalla de su computadora portátil, con el ceño ligeramente fruncido y un mechón de cabello castaño escapándose de su coleta pulida para caer sobre su mejilla. Lleva así un par de horas, completamente absorta en su mundo de letras y personajes imaginarios, ignorando por completo que a pocos metros de ella se encuentra el hombre que la mantiene bajo su custodia legal y posesión absoluta.
Verla ahí, integrada en mi espacio de trabajo tras el altercado de ayer con Marco, me genera una sensación extraña. Al principio la traje a la empresa para mantenerla bajo vigilancia, para demostrarle que no la estaba escondiendo por vergüenza, sino protegiéndola de los buitres que rondan mi imperio. Pero ahora, tenerla cerca mientras muevo los hilos de mis negocios, ver cómo su presencia suaviza la atmósfera densa y fría de este despacho, se ha convertido en una necesidad peligrosa.
Prohibido enamorarse.
La cláusula resuena en mi cabeza con la fuerza de una advertencia que escribí para un hombre que ya no existe. El Alessandro de hace un mes jamás habría permitido que una mujer descolocara sus prioridades hasta el punto de instalarla en su oficina principal, distrayéndolo con la simple curva de su perfil o el aroma sutil a vainilla que impregna el aire cada vez que se mueve. Estoy rompiendo mis propias reglas, y lo peor de todo es que no me importa lo más asequible que sea el precio a pagar.
—Si sigues mirándome así, voy a pensar que tienes planeado otro contrato leonino para mantenerme atada de por vida —su voz melodiosa rompe el silencio de la estancia, sacándome de mis pensamientos.
No se ha molestado en levantar la vista de la pantalla, pero una sonrisa leve, divertida y traviesa se dibuja en la comisura de sus labios.
Dejo caer la pluma sobre la mesa de caoba, me cruzo de brazos y me recargo en el respaldo del sillón ejecutivo, observándola con una intensidad socarrona.
—No necesito más contratos con la osita, ya firmaste el único que me importa —respondo con voz ronca, levantándome con parsimonia para acortar la distancia entre ambos—. Y no te estaba mirando con intenciones contractuales, precisamente. Estaba evaluando el desempeño de mi empleada favorita.
Chiara gira lentamente la silla hacia mí, parpadeando con fingida inocencia mientras me cruza los brazos a la altura del pecho, imitando mi postura con una audacia que ha ido adquiriendo con los días.
—¿Empleada? Creí que era tu prisionera de lujo, tu secreto vergonzoso o tu trofeo corporativo, según la versión del guion que decidas tocar hoy —dice con un destello de desafío en los ojos caramelo.
Me detengo justo frente a su escritorio, apoyando ambas manos en la superficie de madera a los costados de su cuerpo, encogiéndola en su asiento sin dejarle escapatoria. Inhalo profundamente su aroma, disfrutando de cómo su respiración se vuelve un poco más superficial y el rubor empieza a teñirle las mejillas.
—Eras una osita terca que no leía lo que firmaba —le corrigen mis labios, rozando peligrosamente cerca de los suyos sin llegar a tocarlos—. Ahora eres la única persona en este maldito edificio que puede llamarme por mi nombre sin temblar... o al menos, sin intentarlo con éxito.
Ella traga saliva, conteniendo el aliento, y aunque sus ojos parpadean con nerviosismo, sostiene mi mirada con una valentía que me fascina.
—No te tengo miedo, Alessandro —susurra, aunque su voz tiembla ligeramente delatando la mentira.
—Deberías —le contesto con un gruñido bajo, letal, antes de que el timbre estridente del teléfono privado del escritorio principal rompa la intimidad del momento como un disparo en la noche.
Maldigo en voz baja, apartándome con lentitud de su espacio personal mientras la tensión en mis músculos se dispara de inmediato. Ese teléfono directo solo suena cuando la emergencia proviene del círculo rojo de mis operaciones.
Camino a zancadas largas hacia el escritorio principal y descolgando el auricular sin apartar la vista de Chiara.
—Habla.
—Jefe —la voz de Marcos al otro lado de la línea suena tensa, desprovista de su habitual frialdad militar—. Tenemos problemas en el muelle este. La mercancía que esperábamos del cargamento internacional fue interceptada por un equipo táctico no autorizado. No son la policía local. Tienen el sello de los Moretti escrito en cada cartucho.
La temperatura en la oficina desciende de golpe a cero grados. Mis manos se cierran con tanta fuerza alrededor del aparato que los nudillos se me vuelven blancos.
Los Moretti. Esos malditos perros viejos decidieron pasar de las advertencias indirectas y los artículos de prensa a una declaración de guerra abierta. Tocar mi cargamento en el muelle este no es solo una pérdida financiera; es una provocación directa a mi autoridad, un intento desesperado por demostrarle a la cúpula que pueden pisotear mis rutas comerciales impunemente.
—¿Hubo bajas? —pregunto con voz cortante, letal, con un tono que hace que hasta los cristales del ventanal parezcan vibrar.
—Dos de nuestros hombres heridos, pero estables. Logramos repeler el ataque antes de que se llevaran todo el contenedor principal, pero los daños están hechos y la zona está caliente —informa Marcos con rapidez—. ¿Qué ordenas? ¿Movemos a los muchachos para una ofensiva directa a sus bodegas del sur?
Mi mente opera a la velocidad de la luz, calculando riesgos, fichas, consecuencias. Una guerra abierta en las calles de la ciudad afectará mis negocios y pondrá en riesgo el equilibrio que he mantenido durante años. Pero si muestro un ápice de debilidad o dudo en responder con el triple de violencia, los Moretti interpretarán que el trono está vacante.