Un acuerdo con el capo

Capitulo 13

El silencio de las sombras

Chiara

​El eco de mis propios pasos en los pasillos de la mansión se ha convertido en mi única compañía durante lo que parecen siglos.

​Catorce días. Dos semanas enteras desde aquel atardecer en la oficina corporativa en el que Alessandro recibió esa llamada telefónica, me miró con una intensidad desesperada a los ojos, me prometió que volvería y desapareció de la faz de la tierra como si se lo hubiera tragado el mismo infierno del que siempre hablaba. Al principio, cada vez que escuchaba el motor de un auto potente en la entrada principal, el corazón me daba un vuelco salvaje y corría hacia el ventanal, esperando ver su silueta alta y imponente cruzando el jardín.

​Pero los días pasaban, el teléfono móvil que me obligó a aceptar seguía en silencio sepulcral, y la incertidumbre comenzó a carcomerme las entrañas de la manera más dolorosa posible.

​Dos meses. Dos malditos meses enteros y todavía Alessandro no aparece.

​Hoy, mi mente ya ha cruzado la línea de la esperanza y se ha estrellado contra el muro infranqueable de la resignación. Me di por vencida. Sé, con una certeza amarga que me quema el pecho, que no va a regresar. En el mundo peligroso de los hombres que gobiernan las sombras, las promesas de un mafioso a menudo se quedan enterradas bajo el cemento de los muelles o en el fondo de un río oscuro.

​Y lo que más duele, lo que me arranca lágrimas silenciosas todas las noches contra las sábanas de seda que aún huelen vagamente a su perfume, es darme cuenta de una verdad patética: a pesar de haberme secuestrado, a a pesar de haberme obligado a firmar un contrato sin leer y de haberme encerrado en una jaula de oro, él era el único que me había tomado en cuenta. El único que me miraba como si fuera alguien importante, el único que detuvo el mundo entero solo para defenderme de un imbécil en su oficina.

​Fuera de este despacho, en el mundo real, yo era invisible. Pero aquí, sin su presencia dominante, la mansión se ha transformado en una tumba fría y hostil. Y el personal que antes me trataba con una respetuosa distancia neutral, hoy muestra su verdadera cara al ver que el dueño del imperio ya no está para protegerme.

​—Apurémonos con esa limpieza, señorita Vance —dice Marta, la ama de llaves, con un tono de voz gélido, completamente desprovisto de la calidez fingida de las primeras semanas, mientras pasa un plumero con desdén por la repisa de la chimenea—. El señor no está para mantener parásitos inútiles que solo ocupan espacio en las habitaciones principales. Si el amo no ha vuelto, es obvio que se cansó de usted y la dejó tirada como a las demás.

​Las palabras me golpean como bofetadas físicas. El orgullo, ese mismo orgullo terco que intenté mantener erguido desde el primer día, se desmorona en mil pedazos. No solo me enfrento al dolor insoportable de su ausencia, sino al desprecio abierto de una servidumbre que ahora me ve como un estorbo, una carga económica de la que quieren deshacerse cuanto antes.

​Me he tragado el llanto hasta ahogarme. He llorado tanto en estos dos meses que siento que los ojos se me han secado por dentro, dejando únicamente un vacío espeso, una mezcla de miedo, soledad y una urgencia desesperada por escapar de este lugar antes de perder por completo lo poco que me queda de dignidad.

​No voy a seguir esperando a un fantasma. No voy a quedarme aquí a recibir las humillaciones de personas que solo me respetaban porque le temían al hombre que hoy no está.

​Tengo unos pocos ahorros guardados en la cuenta bancaria de mi viejo teléfono —el que utilizaba antes de que Alessandro me comprara este dispositivo sofisticado que nunca suena—, y con eso, navegando en internet a escondidas durante las madrugadas de insomnio, logré encontrar una salida. No es lujosa. Es todo lo contrario: una pequeña habitación de alquiler en una zona modesta, ruidosa y económica de la ciudad, un cuchitril comparado con esta suite de mármol, pero al menos me pertenece. Es un lugar donde nadie me dirá cuánto valgo ni me mirará con la desidia de quien alimenta a una mascota abandonada.

​Me muevo con rapidez por la habitación, abriendo el armario y sacando la ropa sencilla que traía el día en que su auto me atropelló. Meto mis cosas en una maleta pequeña de lona que encontré en el vestidor. Mis manos tiemblan de nerviosismo; el miedo a que los guardias de la entrada me descubran e intenten detenerme me acelera el pulso, pero la determinación es más fuerte. Ya no tengo nada que perder. Alessandro se fue, y con él se fue la única razón por la cual esta jaula dorada tenía algún sentido.

​Cuando termino de empacar, me detengo frente al escritorio de caoba. Miro el bolígrafo y una cuartilla de papel en blanco. Siento la necesidad imperiosa de dejar constancia de mi partida. No por orgullo, sino porque una parte estúpida y rota de mi corazón todavía alberga la remota, infantil esperanza de que, si por algún milagro sobrevive y regresa a esta mansión, sepa al menos por qué me fui.

​Tomo la pluma y escribo con pulso tembloroso las únicas palabras que mi mente logra articular:

“Me fui por qué no estás aquí y no me siento comoda

Atte: Chiara”

​Dejo la nota perfectamente doblada en el centro de la cama, justo sobre las almohadas donde tantas noches me acunó con sus brazos protectores. Una última lágrima solitaria traiciona mi resistencia y cae directamente sobre el papel, manchando ligeramente la tinta. Me seco la mejilla con brusquedad, me coloco la chaqueta sobre los hombros, tomo la maleta y salgo de la habitación sin mirar atrás.

​El trayecto fuera de los terrenos de la mansión es un ejercicio de sigilo y terror.

​Aprovecho el cambio de turno de los guardias del perímetro trasero, un punto ciego que logré memorizar observando desde el ventanal durante mis semanas de encierro. Cuando logro cruzar las imponentes rejas de hierro negro y pisar la acera de la calle exterior, el aire frío de la tarde me golpea el rostro. Es un aire áspero, contaminado de ciudad, ruidoso y caótico, pero sabe a una cosa maravillosa: libertad. O al menos, a la supervivencia por mis propios medios.




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