Chiara
El sonido de la cafetera eléctrica, un aparato viejo que vibra violentamente contra la formica gastada de la cocinilla cada vez que intenta calentar agua, se ha convertido en mi despertador oficial. Abro los ojos y lo primero que veo es la mancha de humedad en el techo de la habitación 304, con esa forma caprichosa que se parece vagamente a la silueta de un lobo agachado.
Han pasado dos semanas desde que arrastré mi maleta de lona fuera de los portones de hierro de la mansión, dejando atrás el mármol, las sábanas de seda y el fantasma de un hombre que prometió volver y nunca lo hizo.
Dos semanas de intentar reconstruir una normalidad que ya no me pertenece.
Me incorporo sobre el colchón hundido, sintiendo los músculos agarrotados. La vida en este lado de la ciudad es ruidosa, áspera y directa. Por las mañanas, el olor a aceite quemado de la tortería de la esquina se cuela por el resquicio de la ventana rota, mezclándose con el claxon estridente de los autobuses y los gritos de los vecinos discutiendo en el pasillo. Nadie me llama "osita" aquí. Nadie me mira como si fuera la única pieza valiosa en un tablero de ajedrez lleno de sangre y pólvora. Para la señora Carmen, la dueña de la vecindad, soy simplemente "la muchacha callada de la pieza del fondo que siempre paga la renta a tiempo".
Y eso debería hacerme sentir libre. Debería ser la reivindicación de mi independencia, el triunfo tan anhelado de la chica común que decidió sacudirse la opresión de una jaula dorada.
Sin embargo, lo único que siento es un frío sordo que se instala en el centro del pecho y no se marcha con nada.
Trabajo medio tiempo en una pequeña librería de segunda mano a tres cuadras de aquí, rodeada de libros polvorientos y olor a papel viejo. El sueldo apenas me alcanza para pagar la renta y comprar lo básico para sobrevivir, pero me da el pretexto perfecto para mantener la cabeza ocupada durante seis horas al día. Escribir se ha vuelto una tarea titánica; abro el documento en mi vieja laptop con la pantalla estrellada y las palabras se quedan estancadas, incapaces de fluir, porque cada trama romántica que imagino termina inevitablemente con un protagonista de ojos oscuros, mandíbula marcada y una gabardina que huele a tabaco y peligro.
—Chiara, querida, te buscan en la entrada —la voz de la señora Carmen cruza la puerta de madera del apartamento, acompañada por un golpe seco de sus nudillos nudosos contra el pestillo.
El corazón me da un vuelco salvaje, tan violento que me corta la respiración de golpe.
Él.
La palabra atraviesa mi mente como un relámpago cegador. A pesar de los dos meses de ausencia en la mansión, a pesar de la nota que dejé sobre la almohada, una parte estúpida, masoquista y profundamente aferrada de mi alma sigue creyendo que, de algún modo, Alessandro logró sobrevivir al ataque en el muelle, rompió el cerco de sus enemigos y vino a buscarme hasta este rincón olvidado del mundo.
—¿Q-quién es, doña Carmen? —pregunto con la voz completamente estrangulada, sintiendo las manos frías y temblorosas mientras me levanto de la silla coja.
—No lo sé, hija. Un hombre alto, con traje caro y cara de pocos amigos. De esos que no se ven por estos rumbos ni en sueños —responde la vecina con un deje de curiosidad y evidente temor en la voz—. Está esperando abajo junto a un auto negro que casi bloquea toda la calle.
El aire se evapora por completo de mis pulmones.
Un auto negro.
Los recuerdos de aquel día en el hospital, del chofer de traje impecable, de la firma del contrato sin leer, de la mirada posesiva de Alessandro, se precipitan sobre mí en una avalancha ensordecedora.
Salgo tropezando casi con mis propios pies hacia el pasillo y bajo las escaleras de madera crujiente a toda prisa, con el pecho latiendo desbocado contra las costillas. Cada escalón parece pesar una tonelada. La idea de volver a verlo se mezcla con un pánico helado: ¿Y si viene a reclamarme por haberme escapado? ¿Y si leyó mi nota y está furioso porque rompí las reglas? ¿O peor aún... y si viene a despedirse?
Empujo la puerta principal del edificio y salgo a la acera polvorienta.
El sol de la tarde golpea con fuerza, reflejándose en la carrocería impecable de un sedán negro azabache estacionado justo frente a la entrada, interrumpiendo el paso de los transeúntes. Pero junto a la puerta abierta del vehículo no está Alessandro.
El hombre alto, de traje sastre sobrio y una expresión pétrea que no refleja una sola emoción, es Marcos. La mano derecha de Alessandro.
Me detengo en seco en el último escalón, sintiendo que la sangre se me retira del rostro de golpe. La ilusión absurda de ver a Alessandro cruzar la calle se desvanece como humo, dejando un vacío tan pesado que me marea.
Marcos levanta la vista. Al verme de pie en la entrada, con mi ropa sencilla de segunda mano, el cabello suelto y los ojos anegados en una mezcla de decepción y miedo, se endereza por completo y camina hacia mí con pasos firmes pero respetuosos.
—Señorita Chiara —saluda con una inclinación de cabeza casi imperceptible, el tono de su voz tan neutral y frío como siempre—. Qué bueno es verla con bien.
Trago saliva con dificultad, obligando a mis cuerdas vocales a emitir un sonido.
—Marcos... ¿Qué haces aquí? ¿Cómo me encontraste? —pregunto con un hilo de voz, aferrándome a la barandilla de metal oxidado para no perder el equilibrio—. La ciudad es enorme...
Una sonrisa sutil, casi fantasmal, cruza los labios del hombre de confianza de Alessandro.
—En nuestro mundo, señorita, nadie desaparece realmente a menos que el jefe decida no buscarlo —responde con total naturalidad, como si estuviera comentando el estado del clima—. Y el jefe nunca dejó de buscarla.
El nombre de Alessandro resuena en mis oídos como una campana de bronce. Siento que el suelo bajo mis zapatillas desgastadas se vuelve inestable.