Alessandro
El sonido del teléfono privado todavía reverberaba en las paredes de caoba de mi despacho cuando crucé el umbral y dejé atrás a Chiara. Su rostro pálido, anegado en un terror genuino que intentaba ocultar bajo capas de orgullo, se grabó en mi retina como una fotografía quemada. Quise detenerme, quise envolverla entre mis brazos y prometerle que nada en este mundo podría rozarle un solo cabello, pero el mundo de los negocios que gobiernan las sombras no da tregua a las debilidades.
Cuando bajé al garaje subterráneo, Marcos y cuatro de mis hombres ya me esperaban con los motores encendidos. Los vehículos blindados rugían en la penumbra del estacionamiento, esperando mi orden para cortar el asfalto.
—¿Situación actual en el muelle este? —pregunté con voz cortante, abrochándome los botones del saco mientras me deslizaba en el asiento trasero del Mercedes blindado.
—La célula de asalto de los Moretti ingresó por el sector de contenedores refrigerados, jefe —informó Marcos desde el asiento del copiloto, con la tablet en la mano y los dedos volando sobre la pantalla para coordinar las frecuencias seguras de comunicación—. Lograron flanquear el primer puesto de vigilancia con apoyo de equipo táctico pesado. Nuestros hombres respondieron al fuego, pero hay dos bajas leves y la carga principal está comprometida. Tienen rodeado el perímetro con al menos tres camionetas artilladas.
Apreté los dientes con tanta fuerza que sentí el músculo de la mandíbula palpitar con furia. Los Moretti llevaban meses probando los límites de mi paciencia, lanzando advertencias en la prensa, comprando a políticos de cuarta y saboteando rutas secundarias. Pero atacar de frente un cargamento directo en mi territorio no era una provocación comercial; era una declaración de guerra abierta que exigía una respuesta tan brutal y definitiva que no quedaran dudas sobre quién mandaba en esta ciudad.
—No vamos a negociar ni a detenerlos —sentencié con un tono de voz tan frío que hizo que la temperatura dentro del vehículo pareciera descender varios grados—. Los quiero a todos acorralados. Que ni una sola rata logre salir con vida del muelle.
El trayecto duró menos de quince minutos, pero cada segundo dentro de ese habitáculo se sentía como una eternidad condensada en una bomba de tiempo. Mi mente oscilaba entre el cálculo táctico de las posiciones enemigas y la imagen de Chiara de pie junto al ventanal, observándome con los ojos abiertos de par en par. La culpa, un sentimiento estéril que rara vez me permitía albergar, amenazaba con abrirse paso entre mis pensamientos. La había metido en el ojo del huracán; la había llevado a mi oficina, la había expuesto a la cruda violencia de mi existencia, y ahora, mientras me dirigía a una masacre en los muelles, lo único que podía rezar en silencio era que Marcos cumpliera su palabra y la dejara a salvo en la mansión.
Cuando llegamos al muelle este, el escenario era una zona de guerra en miniatura.
El olor a pólvora quemada, humo denso y óxido flotaba en el aire salino de la costa. Las luces de los reflectores industriales cortaban la oscuridad de la noche, iluminando los contenedores de acero apilados como bloques gigantescos. A lo lejos, el tableteo seco y rítmico de las ráfagas de subfusil seguía resonando entre los huecos de los depósitos.
—¡Abajo! —ordenó Marcos apenas las puertas del vehículo se abrieron.
Salí del auto con el arma en la mano, un Sig Sauer P226 que pesaba con la familiaridad letal de los viejos tiempos. Mis hombres avanzaron en formación de cuña, cubriéndose detrás de los bloques de concreto y los montacargas abandonados.
El tiroteo se intensificó en cuanto pisamos la zona caliente. Una lluvia de balas impactó contra los costados de los contenedores metálicos, desprendiendo chispas brillantes que iluminaban la oscuridad como fuegos artificiales macabros.
—¡Por el flanco izquierdo! —grité haciendo señas a dos de mis hombres, mientras me deslizaba en cuclillas detrás de una estructura de carga—. ¡Rodéenlos antes de que alcancen las lanchas!
La confrontación duró menos de veinte minutos, pero fue una sinfonía perfecta de caos y precisión quirúrgica. Los hombres de los Moretti, acostumbrados a emboscadas cobardes y ataques sorpresa contra blancos fáciles, se encontraron de repente atrapados en una trampa mortal, aplastados por la superioridad numérica y táctica de mi gente.
Vi cuando uno de sus líderes intentó correr hacia la salida del muelle con una maleta repleta de documentos sustraídos de la carga. Me puse de pie, ignorando el silbido de una bala que pasó a centímetros de mi oreja, y levanté el arma con absoluta calma. Un solo disparo certero en la pierna lo derribó de inmediato sobre el asfalto mojado.
Cuando me acerqué a él, el hombre sangraba profusamente, intentando arrastrarse hacia atrás con una expresión de pura pánico al reconocer mi rostro bajo la luz intermitente de una torreta.
—Dile a los viejos perros de los Moretti que este puerto es mío, y que la próxima vez que se atrevan a pisar mi territorio, no mandaré a mis hombres a limpiar el desastre... iré yo mismo a cortarles la cabeza —le susurré al oído con una voz baja, letal, antes de dar media vuelta y dejarlo a disposición de Marcos.
La batalla había terminado, pero la verdadera tormenta apenas comenzaba.
Esa misma noche, mientras supervisaba la quema de los rastros y la reubicación de la mercancía restante en bodegas subterráneas seguras, recibimos informes de inteligencia que encendieron todas las alarmas rojas. Los ataques en el muelle no habían sido más que una maniobra de distracción coordinada. Mientras mi equipo y yo estábamos combatiendo en la costa, células durmientes de los Moretti habían lanzado ataques simultáneos contra tres de nuestras casas francas principales y habían comenzado a infiltrar información financiera y legal a los federales para desestabilizar mi red corporativa.