Chiara
El sonido de la puerta al cerrarse a nuestras espaldas no produjo un eco metálico ni de oficina blindada, sino el crujido sordo y patético de una madera vieja, carcomida por la humedad y el paso del tiempo.
Dentro de la diminuta habitación 304, el aire olía a un desodorante de ambientes barato con aroma a pino artificial mezclado con el encierro de paredes que apenas recibían luz solar. No había terciopelos, ni mármol de Carrara, ni alfombras persas que amortiguaran el peso del mundo. Solo una cama individual con el colchón hundido en el centro, una mesita coja y un par de tazas de café instantáneo enfriándose sobre la repisa.
Alessandro se quedó de pie junto al marco de la puerta, su imponente figura de metro noventa pareciendo ensombrecer el techo bajo del cuchitril. El abrigo largo de cachemir oscuro que llevaba puesto desentonaba de manera grotesca con el papel tapiz desprendido y las cortinas descoloridas que cubrían la ventana.
No se movió durante varios segundos. Sus ojos oscuros, habitualmente fríos y calculadores, recorrían cada rincón de la estancia con una expresión que jamás le había visto: una mezcla de incredulidad, rabia contenida y un profundo, visceral dolor. Cada objeto en este lugar —la maleta de lona abierta sobre el suelo, los dos únicos ganchos metálicos sosteniendo un par de vestidos sencillos, la taza solitaria— era una bofetada directa a su ego de hombre intocable. Era la prueba tangible de que su imperio, sus millones y sus ejércitos de matones habían sido incapaces de retener lo único que su alma oscura realmente exigía poseer.
—Así que esto era —rompió el silencio al fin. Su voz era un ronquido áspero, desprovisto de la autoridad implacable con la que solía ordenar ejecuciones, sonando extrañamente frágil y rasposa—. Esta era tu gran victoria. Escapar de una mansión donde tenías todo al alcance de la mano para venir a esconderte en un muladar donde apenas entra la luz del sol.
Me quedé sentada al borde del colchón gastado, abrazando mis propias rodillas contra el pecho, sintiendo el frío del metal de la ventana perforarme la espalda a través de la tela del suéter. El corazón me latía en la garganta, un tambor desbocado que amenazaba con ahogarme.
—No vine a esconderme, Alessandro —repliqué, levantando la vista para sostenerle la mirada con una valentía que me costaba lágrimas mantener—. Vine a recuperar lo único que me quedaba y que tú me habías robado: mi dignidad.
Alessandro dio un paso hacia adelante, y la madera del piso crujió bajo sus zapatos costosos. Se quitó los guantes de cuero negro con un movimiento seco, los arrojó sobre la mesita coja y se pasó una mano grande por el cabello, despeinando los mechones oscuros con desesperación. Sus hombros anchos se tensaron bajo la camisa impecable.
—¿Dignidad? —su risa fue amarga, corta, sin ninguna gracia—. ¿Crees que vivir en este cuchitril, comiendo quién sabe qué porquerías y durmiendo en un colchón que te destroza la espalda es dignidad, Chiara? Te di una vida donde no tenías que preocuparte por si el próximo mes podrías pagar la comida o la renta.
—Una vida donde era una prisionera de lujo —le solté, sintiendo cómo el veneno acumulado durante dos meses de silencio y abandono comenzaba a filtrarse por cada poro de mi piel—. Una jaula de oro donde la servidumbre me miraba como a una carga estúpida, donde el dueño y señor del imperio desaparecía de la faz de la tierra durante sesenta días sin importarle si estaba viva, muerta o si sus enemigos decidían venir a degollarme mientras dormía.
Las palabras golpearon el aire pequeño de la habitación con la fuerza de un impacto físico.
Alessandro se detuvo en seco a mitad de la estancia. Su mandíbula se marcó con tanta fuerza que los músculos del cuello se le contrajeron violentamente. Dio un paso más, cerrando la distancia entre nosotros hasta quedar prácticamente de rodillas frente al borde de la cama, a menos de treinta centímetros de mi rostro.
—No fue porque no me importaras —su voz bajó de tono, convirtiéndose en un susurro áspero, casi doloroso, mientras se inclinaba hacia mí con una desesperación cruda—. Jamás digas eso, Chiara. Jamás te atrevas a dudar de lo único que me mantuvo con vida en el infierno que viví estas últimas semanas.
—¡Entonces explícamelo! —le grité, con los ojos anegados en lágrimas que ya no intenté contener, rompiendo a llorar con la furia y la impotencia acumuladas—. ¿Dónde estabas, Alessandro? ¡Dos meses! Me prometiste que volverías aquel día en la oficina, me dejaste temblando de miedo escuchando disparos en los muelles, y luego... silencio absoluto. Nadie sabía nada. Marta me decía que te habías cansado de mí. Y yo... yo me sentaba todas las noches frente al ventanal esperando ver las luces de un auto que nunca llegaba, sintiéndome la mujer más patética del mundo.
Un temblor imperceptible recorrió el cuerpo de Alessandro. Extendió una mano grande, con los nudillos aún marcados por viejas cicatrices de batalla, y rozó con una delicadeza infinita la mejilla donde se deslizaba mi llanto. Su tacto quemaba, pero era un calor necesario, el único ancla que impedía que me desvaneciera por completo.
—Esa misma noche en el muelle no fue solo un ataque de los Moretti, osita —comenzó a hablar, cerrando los ojos un segundo como si estuviera reviviendo las peores pesadillas de su existencia—. Fue una traición coordinada desde adentro. Utilizaron el asalto a los contenedores como cortina de humo para infiltrar comandos de sicarios en tres de nuestras casas de seguridad principales. Tuvimos que barrer con celdas enteras de informantes corruptos, jueces sobornados que se voltearon en nuestra contra y cabecillas que intentaron decapitar mi red financiera en Zúrich y en los puertos del sur.
Abrió los ojos de nuevo, clavándolos en los míos con una intensidad voraz, desesperada, que me dejó sin aliento.