Un acuerdo con el capo

Capitulo 17

El altar de las sombras

Alessandro

​El trayecto de regreso desde aquel miserable vecindario hasta la mansión duró menos de lo previsto, pero cada kilómetro recorrido sobre el asfalto mojado se sintió como una eternidad contenida en el pecho. El sedán negro atravesó las imponentes rejas de hierro forjado, que se abrieron de par en par ante nuestra llegada, y se detuvo con suavidad frente a la escalinata principal de mármol.

​No esperé a que Marcos abriera la puerta trasera.

​Bajé del vehículo con la urgencia de un hombre que ha estado al borde de la asfixia y finalmente vuelve a respirar. Caminé hacia el otro lado, abrí la puerta y extendí los brazos para ayudar a Chiara a descender. Ella se deslizó con una timidez nueva, un destello de vulnerabilidad cruzando sus ojos de caramelo mientras miraba la imponente fachada de la fortaleza que había abandonado dos meses atrás.

​—Bienvenida de nuevo a casa, osita —susurré cerca de su oído, sintiendo el aroma a vainilla mezclado con el aire fresco de la noche.

​Ella no respondió con palabras, pero asintió despacio, deslizando sus dedos por la solapa de mi abrigo con una posesividad silenciosa que me encendió la sangre de inmediato.

​En cuanto cruzamos el umbral y la pesada puerta de roble se cerró a nuestras espaldas, aislando el mundo exterior con su coro de sirenas y ruidos urbanos, la tensión acumulada durante semanas estalló como una carga de profundidad. No hubo palabras de bienvenida para la servidumbre, ni órdenes para los guardias que custodiaban el perímetro. Mis manos, con una necesidad voraz e inapelable, la tomaron de la cintura y la alzaron contra mi cuerpo, pegándola por completo a mi pecho.

​Chiara soltó un pequeño suspiro de sorpresa que se extinguió de inmediato cuando mis labios buscaron los suyos con una desesperación hambrienta.

​El beso no tuvo nada de pacífico ni de educado. Fue una colisión de almas rotas y ansiosas, una rendición absoluta donde el dueño del imperio criminal y la escritora terca se devoraron sin reservas. Sus manos pequeñas treparon con urgencia por mis hombros, aferrándose al tejido de mi camisa, arañando la tela con una fuerza desesperada mientras su lengua respondía a la mía con una entrega que me hizo perder los estribos por completo.

​La empujé con suavidad pero con una firmeza implacable contra la pared revestida de madera noble del recibidor, profundizando el ángulo del beso mientras mi respiración se volvía un jadeo áspero.

​—Alessandro... —murmuró contra mis labios, con la voz temblorosa, los ojos dilatados y las mejillas encendidas por un rubor febril.

​—Te lo advertí, osita —le gruñí en un susurro ronco, devorando la línea de su mandíbula y bajando hacia la curva sensible de su cuello, donde el pulso le latía de manera salvaje—. Ya no hay notas de despedida, ni huidas, ni habitaciones miserables. Eres mía.

​La levanté en vilo en mis brazos, envolviendo sus piernas alrededor de mi cintura. Ella se aferró a mi cuello con fuerza instintiva, enterrando los dedos en mi cabello mientras avanzaba a zancadas largas por el pasillo principal, ignorando las miradas discretas de cualquier empleado que se cruzara en las sombras. No me importaba nada más; solo la urgencia de subirla a nuestra habitación, de borrar los fantasmas de la ausencia y de fundirnos hasta el punto de que ninguna distancia pudiera volver a separarnos.

​Al llegar a la suite principal, abrí la puerta de una patada sutil y la cerré a nuestras espaldas con el pie.

​La arrojé con una delicadeza feroz sobre el centro de la amplia cama king size, cubriendo su cuerpo con el peso del mío antes de que tuviera tiempo de reincorporarse. Mis manos comenzaron a deshacerse de los obstáculos: los botones de mi camisa volaron por el aire, el nudo de la corbata cayó al suelo y mis dedos ágiles buscaron con desesperada impaciencia el cierre de su blusa y la tela ligera de su ropa.

​Chiara respiraba con dificultad, con el pecho agitado y los ojos fijos en los míos, cargados de una mezcla embriagadora de deseo crudo y un temblor muy sutil, casi imperceptible, que al principio atribuí a la adrenalina del momento.

​Me detuve un instante, apoyando el peso de mi cuerpo sobre mis codos para observarla bajo la suave luz ámbar de las lámparas de noche. Su piel pálida se veía perfecta sobre las sábanas oscuras, su cabello castaño extendido como un abanico desordenado, y sus labios hinchados por mis besos invitando a continuar el asedio.

​—Estás hermosa, Chiara... —murmuré con voz áspera, deslizando la yema de mis dedos por la línea de su clavícula, sintiendo cómo su piel se erizaba al tacto.

​Ella tragó saliva, y por primera vez desde que entramos a la habitación, vi que sus pestañas revoloteaban con un nerviosismo genuino. Sus manos, que antes me aferraban con fuerza, ahora descansaban vacilantes sobre mi pecho desnudo, apretando ligeramente la piel como si intentara frenarme un segundo.

​—Alessandro... espera... —susurró con un hilo de voz, y el tono de su súplica hizo que todos mis instintos depredadores se detuvieran en seco.

​Me incorporé un poco, frunciendo el ceño con una mezcla de confusión y una inmediata oleada de celos oscuros que amenazaban con envenenar el aire.

​—¿Qué pasa? —pregunté con voz baja, tensa, con el músculo de la mandíbula contraído—. ¿Te arrepentiste? ¿Todavía dudas de mí?

​—No... no es eso —respondió ella rápidamente, con los ojos anegados en un brillo de timidez y un rubor tan intenso que le cubría el cuello y el pecho. Bajó la mirada hacia las sábanas, incapaz de sostener la mía, mientras sus dedos jugaban nerviosos con el borde de la sábana—. Es solo que... yo nunca...

​Me quedé en completo silencio. El mundo a nuestro alrededor pareció detenerse, y el bullicio de mis pensamientos criminales se apagó de golpe, reemplazado por un eco sordo.

​—¿Qué intentas decirme, osita? —le exigí con un susurro que apenas salió de mi garganta, sintiendo que el aire se me congelaba en los pulmones.




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