Chiara
La luz de la mañana se filtra perezosamente a través de los pesados cortinajes de terciopelo oscuro, dibujando finas rayas doradas sobre las sábanas de seda que nos cubren a medias. Abro los ojos muy despacio, con una pereza deliciosa pesando en cada músculo de mi cuerpo, y lo primero que percibo es el calor sólido y reconfortante de un pecho firme presionando contra mi espalda.
Un brazo pesado, musculoso y marcado por cicatrices de una vida que ya no me da miedo, me rodea la cintura, atrapándome en un abrazo posesivo que no deja lugar a la duda.
Alessandro sigue dormido, o al menos eso aparenta. Su respiración es profunda, rítmica, un murmullo cálido contra la nuca que me estremece entera.
Hace apenas unas horas, en esta misma cama, dejé de ser la chica invisible que arrastraba su maleta por pasillos oscuros y vecindarios ruinosos. Me convertí en algo más, algo salvaje y definitivo. La inocencia con la que cargué durante veintiséis años se disolvió en el fuego de un amor que desafía todas las leyes lógicas del universo. Y lo que más me sorprende, lo que me quema las entrañas de una manera febril y deliciosa, es descubrir que el apetito, una vez liberado, no conoce la saciedad.
Durante años escribí sobre pasiones desbordadas en mis novelas, inventando ardores y entregas absolutas que creía conocer solo a través de la literatura. Qué ingenua fui. La realidad es mil veces más adictiva, más voraz. Mi piel, antes acorazada por el miedo y la timidez, parece haberse convertido en un mapa de terminales nerviosas hiperactivas que claman por su atención con una urgencia casi desesperada.
Me muevo apenas, un roce milimétrico intentando girarme hacia él, y el brazo que me sostiene se cierra de inmediato con fuerza instantánea.
—¿A dónde crees que vas, osita? —su voz matinal, áspera, profunda y cargada de una sensualidad letal, resuena junto a mi oído, enviando una descarga eléctrica directa a la base de mi columna.
No puedo evitar sonreír, sintiendo cómo las mejillas se me encienden mientras me giro lentamente entre las sábanas hasta quedar cara a cara con él.
Alessandro abre los ojos. Sus pupilas oscuras están dilatadas, y una sonrisa lenta, arrogante y profundamente masculina se dibuja en la comisura de sus labios. Su cabello oscuro está revuelto sobre la almohada, dándole un aire peligroso, lejano al empresario intocable o al capo despiadado, revelando al hombre que anoche me adoró como si fuera lo único sagrado en su mundo.
—No iba a ninguna parte —susurro con un hilo de voz, apoyando una mano sobre su pecho desnudo, sintiendo los latidos firmes bajo mi palma—. Solo quería mirarte de cerca. ¿Tengo prohibido eso también? Ya rompimos todas tus reglas, Alessandro. No puedes reclamarme nada.
Una risa baja, un ronquido gutural lleno de pura satisfacción, vibra en su pecho.
—Las reglas ya no existen, Chiara. Te lo dije anoche —responde con voz ronca, deslizando una mano grande y áspera desde mi cintura hasta la curva de mi cadera, atrayéndome de golpe contra su cuerpo duro y febril—. Y si de romper leyes se trata, veo que has decidido convertirte en mi peor cómplice.
Su mano no se detiene en la cadera; asciende con una lentitud deliberada, recorriendo la línea de mi columna vertebral, provocando que un escalofrío delicioso me recorra entera y se me corte la respiración. El tacto de sus dedos ásperos contra mi piel desnuda despierta de inmediato una marea de calor que amenaza con borrar cualquier pensamiento racional.
Anoche descubrí el dolor efímero de la entrega, pero lo que vino después... lo que se desató en mi interior cuando sus labios y sus manos aprendieron cada rincón de mi cuerpo, fue una revelación escandalosa. No me canso de él. Cada vez que pienso en la distancia que nos separó, en los dos meses de frío y soledad en esa habitación miserable, el hambre resurge con más fuerza, exigiendo compensar el tiempo robado.
—¿Tu peor cómplice? —murmuro, mordiéndome el labio inferior con una osadía que antes me habría dado pánico, mientras subo a horcajadas sobre su regazo, encadenándolo contra las sábanas—. No tienes idea de lo peligrosa que puedo llegar a ser si me lo propongo, jefe.
Los ojos de Alessandro destellan con un brillo oscuro, hambriento, de depredador que reconoce la provocación y acepta el reto con una sonrisa fascinada.
—Demuéstramelo, osita —me desafía con un susurro áspero, soltando el control absoluto que suele regir su vida para entregarse por completo a la tormenta que acabo de desatar.
El tiempo deja de tener sentido dentro de las cuatro paredes de la suite.
La timidez que me acompañó durante años se desvanece, incinerada por la absoluta libertad de saber que este cuerpo le pertenece a quien sabe valorarlo. Mis manos, antes vacilantes, ahora recorren con urgencia su pecho ancho, sus hombros marcados, clavando las uñas con posesividad mientras busco su boca con una desesperación insaciable.
Cada beso es un recordatorio de la ausencia; cada caricia, una revuelta contra los días en que lloré creyendo que lo había perdido para siempre. Me muevo sobre él con una audacia que lo deja sin aliento, arrastrándole gemidos roncos que rompen la compostura del temido líder de la mafia. Él me sostiene de la cintura con una fuerza brutal, guiándome, adorándome, elevando la temperatura de la habitación hasta convertirla en un horno donde el mundo exterior, con sus guerras y sus enemigos, ha dejado de existir por completo.
—Eres insaciable... —gime contra mi cuello, mordiendo con suavidad la piel sensible mientras arqueo la espalda bajo su toque, entregándome al vértigo de un placer que no da tregua—. Me vas a matar, Chiara.
—Pues que sea en tus brazos, entonces —le respondo con una risa sin aliento, antes de fundir mis labios con los suyos en un beso desesperado que nos vuelve a arrastrar hacia el abismo.