Un acuerdo con el capo

Capitulo 19

El brillo de los diamantes y la tormenta de cristal

Alessandro

​El eco del agua cayendo en la ducha sigue resonando al otro lado de la puerta de vidrio esmerilado del baño principal, pero el sonido que verdaderamente acelera el ritmo de mis latidos es el tintineo leve de los frascos de perfume y el murmullo de una melodía tarareada en voz baja por Chiara.

​Me encuentro de pie frente al espejo de cuerpo entero del vestidor, ajustando con meticulosidad quirúrgica los gemelos de plata oscura en los puños de mi camisa blanca de sastrería italiana. A mi alrededor, el imperio de los bajos fondos que dirijo con mano de hierro parece una abstracción lejana, un decorado de fondo que ha perdido toda su relevancia. En este momento, la única realidad que importa se encuentra a pocos metros de distancia, preparándose para cruzar el dintel de esta habitación y transformar una simple gala de la alta sociedad en el evento más peligroso y deslumbrante de mi vida.

​Quién diría que el hombre que hace apenas unas semanas negociaba entregas de armas en muelles oscuros y marcaba territorios a balazos estaría hoy revisando el nudo de su corbata con el nerviosismo adolescente de un novato.

​Todo va demasiado bien. Y esa perfección, en mi mundo, suele ser el preludio de una tormenta.

​Durante las últimas semanas, la transformación en la mansión ha sido absoluta. La rigidez de las paredes de mármol y el silencio hostil de la servidumbre se han desvanecido, desplazados por la risa suave de Chiara, por el tecleo constante de su computadora portátil en el despacho donde ahora escribe libremente, y por las noches interminables donde hemos reescrito todas las reglas del deseo y de la entrega. La osita indomable que se atrevió a huir a un cuchitril miserable se ha convertido en mi cómplice, mi refugio y mi mayor debilidad.

​Y hoy, esa debilidad va a ser expuesta ante los buitres más peligrosos de la ciudad.

​La gala benéfica organizada por la fundación de los Cárdenas es el evento social más exclusivo del año. Políticos corruptos, magnates con negocios turbios, jefes de carteles camuflados tras fachadas filantrópicas y la flor y nata de la aristocracia financiera se darán cita en el salón de cristal del hotel Grand Royale. Normalmente, detesto estas mascaradas de hipocresía y falsas sonrisas. Pero esta noche es diferente. Esta noche necesito que todos los tiburones de la alta sociedad vean exactamente a quién le pertenece el trono. Necesito que entiendan que el monstruo de las sombras tiene un rostro, y que ese rostro lleva los ojos de caramelo de una mujer que ahora camina a mi lado como dueña absoluta de mi destino.

​El sonido del agua en el baño se detiene de golpe.

​Me quedo completamente inmóvil frente al espejo, conteniendo el aliento de forma inconsciente. Los segundos transcurren con una lentitud exasperante hasta que la puerta de madera se abre con suavidad y Chiara emerge del interior, envuelta en una neblina tenue de vapor cálido y aroma a vainilla.

​El aire se evapora de mis pulmones.

​Quedo completamente mudo, con los gemelos a medio ajustar entre los dedos, incapaz de apartar la mirada de su figura.

​Chiara lleva puesto un vestido largo de alta costura, de un tono azul medianoche profundo que contrasta de manera perfecta con la porcelana de su piel y el castaño brillante de su cabello, ahora recogido en un peinado elegante pero con algunos mechones sueltos que enmarcan su rostro con una suavidad angelical. La tela del vestido, de un satén exquisito, se ajusta a su cintura con precisión milimétrica antes de caer en una falda fluida con una apertura lateral sutil y audaz que deja al descubierto la línea perfecta de su pierna cada vez que da un paso. El escote en V, elegante y profundo, está adornado con un delicado bordado de pedrería que brilla tenuemente bajo la luz cálida de la habitación.

​Pero no es el vestido, ni el diseño, ni la joya discreta que cuelga de su cuello lo que me deja sin palabras. Es ella. Es la forma en que su postura ha cambiado; ya no hay rastro de la chica asustada que firmó un contrato bajo duela, ni de la prisionera melancólica de la habitación 304. Hay una luz de confianza, de belleza soberana y de absoluta seguridad en sus ojos caramelo que me desarma por completo.

​—¿Y bien? —pregunta ella con una sonrisa tímida, mordiéndose ligeramente el labio inferior mientras da una vuelta lenta frente a mí, permitiendo que la tela fluida del vestido se deslice con gracia—. ¿Hice mal en escoger este color, o voy a hacer que tus socios de negocios terminen disparándose entre ellos antes de los postres?

​Salgo de mi estupor con un gruñido bajo, un sonido gutural de pura adoración posesiva, y cruzo la distancia que nos separa en tres zancadas largas.

​—Estás... perfecta, Chiara —logro articular con la voz ronca, sintiendo que las palabras se quedan cortas frente a la magnitud de su hermosura—. Quedé impresionado. Juro que si alguien se atreve a mirarte más de tres segundos esta noche en esa fiesta, voy a tener que olvidar mis modales corporativos y empezar una masacre antes de que sirvan el primer aperitivo.

​Ella suelta una risa cristalina, genuina y ligera, mientras extiende sus brazos para rodear mi cuello con delicadeza, acomodando los pliegues de su vestido contra mi traje oscuro.

​—Tranquilo, mi celoso capo —bromea con un brillo travieso en la mirada, apoyando la frente contra mi pecho—. Recuerda que el único que tiene permiso para causar estragos soy yo... y tú eres mi guardaespaldas personal.

​—Para ti, osita, soy lo que quieras que sea —susurro antes de inclinarme para capturar sus labios en un beso profundo, lento y cargado de una devoción tan intensa que amenaza con arruinar el peinado y el maquillaje que le tomó horas perfeccionar.

​Ella me corresponde con la misma entrega febril, abriéndose a mí con esa naturalidad que me quema las entrañas, hasta que finalmente me aparto con un suspiro reacio, rozando la punta de su nariz con la mía.




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