Un acuerdo con el capo

Capitulo 20

La noche en que el infierno cobró factura

Alessandro

​El aire del salón de cristal del Grand Royale se había vuelto irrespirable. La música clásica seguía fluyendo desde la orquesta instalada en el estrado superior, las copas de cristal chocaban entre risas huecas y los hombres más poderosos de la ciudad continuaban intercambiando sonrisas de cartón. Pero para mí, el mundo entero se había reducido a un punto ciego.

​Apenas unos segundos antes, Chiara se había disculpado con una sonrisa suave para ir hacia el tocador de damas ubicado en el ala este del hotel, un área supuestamente restringida, vigilada y blindada por la seguridad privada que yo mismo había dispuesto alrededor del perímetro.

​Habían pasado diez minutos. Luego quince.

​El reloj en mi muñeca comenzó a latir con la fuerza de un cronómetro de demolición. El sexto sentido que me había mantenido con vida en las peores emboscadas de los bajos fondos se disparó de golpe, enviando descargas heladas por la base de mi columna. Saqué el teléfono satelital del bolsillo interior de mi saco, activando el canal cifrado de comunicación directa con Marcos.

​—Marcos. Reporte del sector este.

​La respuesta tardó un segundo más de lo habitual en llegar, y ese simple retraso fue suficiente para helarme la sangre.

​—Jefe, tenemos un problema —la voz de Marcos sonó tensa, filtrándose a través de la estática—. Dos de nuestros hombres en el pasillo del tocador fueron neutralizados de manera silenciosa. No hubo disparos. Cuando el equipo de relevo revisó el área, la puerta de servicio trasera estaba forzada y la señal del localizador que la señorita Chiara llevaba en el forro del bolso... se ha detenido abruptamente a tres cuadras de aquí.

​El mundo se detuvo.

​Las luces ámbar de las lámparas de cristal parecieron apagarse de golpe. El murmullo de la alta sociedad se desvaneció en un zumbido lejano, estúpido e irrelevante. Un rugido sordo, primitivo y salvaje brotó desde lo más profundo de mis entrañas, un sonido inhumano que hizo que los empresarios cercanos dieran un paso involuntario hacia atrás al ver mi rostro.

​Los Moretti.

​Creí que la rendición incondicional de los viejos cabecillas y la ejecución pública de sus lugartenientes habían dejado un mensaje claro. Creí que habían entendido que tocar a mi gente equivalía a la extinción de su linaje. Pero las ratas heridas siempre buscan el último y más miserable de los golpes. Al no poder derribarme en el terreno financiero ni en la guerra abierta de los muelles, habían optado por el camino más bajo, el más cobarde y el más peligroso de todos: secuestrar a la única mujer que me ataba a la humanidad.

​—Prepara a todo el puto escuadrón —mi voz era un gruñido gutural, letal, un mandato de ejecución que hizo que hasta el propio Marcos tragara saliva al otro lado de la línea—. Cierra las salidas de la ciudad, activa los drones de vigilancia y vacía cada maldita bodega del distrito norte. Si en una hora no tengo a los responsables respirando sobre el asfalto, juro que quemaré este maldito hotel hasta los cimientos con todos los invitados adentro.

​Corté la comunicación con un golpe seco en la pantalla del dispositivo.

​No me importaron las miradas de asombro de los invitados, ni los camareros que se apartaban a mi paso asustados por la furia ciega que emanaba de cada uno de mis poros. Salí del salón a zancadas largas, devorando el pasillo del hotel hacia la salida trasera donde el Mercedes blindado esperaba con el motor encendido.

​El trayecto hasta el viejo almacén portuario abandonado en el muelle industrial fue una carrera suicida contra el tiempo. El velocista del auto marcaba ciento ochenta kilómetros por hora mientras tomábamos las curvas cerradas derrapando sobre el asfalto mojado.

​En el asiento trasero, mi mente operaba a una velocidad demencial, calculando cada variable, cada posible ruta de escape, cada centímetro de dolor que les haría pagar a esos hijos de puta por haberse atrevido a ponerle un dedo encima a mi osita.

“Te prometí que te custodiaría como lo más sagrado de mi imperio... y fallé”, se repetía una voz oscura y rabiosa en mi cabeza, alimentando una hoguera de furia que amenazaba con consumirme por completo.

​Cuando llegamos al perímetro del almacén, las luces de los vehículos se apagaron a quinientos metros. Nos deslizamos en la oscuridad en perfecta formación táctica. Marcos y cuatro de mis hombres más veteranos avanzaron conmigo por la parte trasera, flanqueando las paredes de chapa oxidada donde las ratas y el olor a salitre del puerto marcaban el territorio del abandono.

​A través de una ventana rota en la planta alta, logré ver el interior.

​El corazón me dio un vuelco salvaje, doloroso, seguido de una calma helada y absoluta.

​En el centro del depósito húmedo y oscuro, atada con cuerdas gruesas a una silla metálica, estaba Chiara. Tenía la cabeza gacha, con el hermoso vestido azul medianoche manchado de polvo y sangre seca en la comisura de los labios. Su cabello castaño, antes perfectamente peinado, caía desordenado sobre sus hombros. A su lado, un hombre corpulento con una cicatriz cruzando la mejilla —un desertor de los Moretti que creímos muerto en el primer operativo— sostenía un revólver pesado peligrosamente cerca de su sien, mientras otro sujeto se burlaba a pocos metros, riendo a carcajadas.

​—Despierta, muñeca —le gritaba el hombre de la cicatriz, golpeando ligeramente la mejilla de Chiara con el cañón del arma—. Tu amado capo no va a llegar a tiempo. Para cuando ese imbécil descubra dónde estás, ya habremos negociado la mitad de sus propiedades a cambio de tus pedazos.

​Chiara levantó lentamente la rostro. A pesar de los golpes, a pesar del terror evidente en sus ojos dilatados, vi el destello inconfundible de esa rebeldía terca, de ese orgullo indomable que me había enamorado desde el primer día.




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