Chiara
El olor a ceniza, a pólvora quemada y a la pesada lona del abrigo de Alessandro todavía impregnaba el recibidor de la mansión cuando cruzamos las puertas blindadas aquella madrugada. Allá afuera, en los muelles industriales, el almacén donde los hombres de los Moretti intentaron quebrarme se había convertido en una pira funeraria, un recordatorio incandescente de que nadie, absolutamente nadie, podía cruzar la línea de fuego trazada alrededor de mi vida sin pagar el precio definitivo.
Pero dentro de esta suite principal, bajo la luz tenue de las lámparas ámbar, el aire no olía a muerte ni a miedo. Olía a salvación. Olía a él.
El terror visceral que me había paralizado mientras el cañón de un revólver presionaba mi sien se había evaporado por completo, reemplazado por una corriente subterránea, extraña y febril, que me recorría de la cabeza a los pies. No era una reacción lógica. La adrenalina de la supervivencia, el contraste brutal entre el abismo del secuestro y la furia implacable con la que Alessandro irrumpió para rescatarme, había desencadenado algo salvaje y primitivo en mi interior.
Cuando me dejó de pie junto a la cama, con las manos aún temblorosas y el vestido azul medianoche hecho jirones y manchado de sangre seca, mis ojos se clavaron en los suyos. Su rostro estaba marcado por la tensión, con los nudillos ensangrentados y la mirada oscura ardiendo en una mezcla de protección rabiosa y un deseo tan voraz que cortaba la respiración.
—Voy a mandar a llamar al médico personal para que revise esos golpes, osita... —comenzó a decir él con voz ronca, dando un paso hacia la puerta con la intención de activar los protocolos de seguridad.
Di un paso al frente y lo interrumpí, cerrando la distancia que nos separaba con una decisión que lo dejó petrificado.
—No quiero médicos, Alessandro —le solté, con la voz firme, grave y cargada de una electricidad magnética que hizo que el capo de la mafia se detuviera en seco—. No quiero que nadie más entre a esta habitación. Solo tú.
Alessandro parpadeó, sorprendido por el tono imperativo y febril que brotaba de mis labios, y bajó la vista hacia mí.
—Chiara, casi te pierdo hoy... —su voz se quebró ligeramente, revelando el abismo de vulnerabilidad que ocultaba bajo su armadura de acero—. Lo único en lo que puedo pensar es en asegurarse de que tus heridas sanen, de que estés a salvo...
—Y estoy a salvo porque estás aquí —le interrumpí de nuevo, acercándome lo suficiente para apoyar las palmas de mis manos directamente sobre su pecho desnudo, sintiendo los latidos desbocados de su corazón contra mis palmas—. Pero mis heridas no van a sanar con medicinas, Alessandro. Sanan quemando todo este miedo hasta que no quede ni una sola ceniza. Tócame. Arrébatanos el control a los dos. Demuéstrame que sigo viva.
Un rugido sordo, un sonido gutural que nacía de lo más profundo de sus entrañas, fue su única respuesta antes de que sus manos grandes y ásperas me tomaran de la cintura con una fuerza desesperada, levantándome en vilo para estrellarme contra su cuerpo en un abrazo que me dejó sin aliento.
El beso que siguió no tuvo nada de tierno; fue un choque de bocas hambrientas, una colisión de dos almas que acababan de ganarle una pulseada a la muerte. Mis dientes mordieron su labio inferior con una posesividad que le arrancó un gemido ronco, mientras sus manos desgarraban sin contemplaciones lo que quedaba del vestido de satén, arrancando la tela y tirándola al suelo como un desperdicio irrelevante.
En cuestión de segundos, la cama king size se convirtió en nuestro campo de batalla y en nuestro altar.
No había espacio para la timidez ni para las dudas. El peligro del secuestro, la cercanía del abismo y la certeza absoluta de su devoción desataron en mi interior una marea ninfómana, una voracidad insaciable que exigía poseerlo y ser poseída hasta borrar el último rastro del horror vivido unas horas antes.
—Estás loca, osita... —jadeó él contra mi cuello, con los ojos inyectados en un deseo febril mientras sus labios trazaban una línea de fuego abrasador desde mi clavícula hasta el valle de mis pechos—. Una hermosa y maldita locura que va a matarme.
—Pues muérete conmigo entonces —le susurré al oído con una sonrisa salvaje, enredando mis piernas alrededor de su cadera y arqueando mi cuerpo hacia el suyo con una urgencia que lo hizo perder los estribos por completo.
Alessandro dejó escapar un gruñido de rendición absoluta. La armadura del hombre intocable, del líder implacable de los bajos fondos, se desmoronó en mil pedazos bajo mis manos. Se entregó a mí con una furia desatada, respondiendo a cada embestida de mi cuerpo con una intensidad simétrica, convirtiendo el lecho en un torbellino de respiraciones cortadas, sábanas revueltas y susurros obscenos que desafiaban el silencio de la mansión.
Cada roce de su piel contra la mía era una purificación. Cada vez que sus manos me apretaban, me marcaban o me levantaban hacia el clímax, el recuerdo de la fría pistola apuntando a mi sien se evaporaba, incinerado por el calor abrasador de su boca y la devoción violenta con la que me amaba. No me conformaba con un solo momento de éxtasis; en cuanto la marea del placer comenzaba a descender, mis manos volvían a aferrarse a su cabello, mis labios exigían sus besos y mi cuerpo reclamaba su atención con una insistencia voraz, indomable, que lo dejaba sin aliento.
—¿Otra vez, Chiara? —preguntó él con una sonrisa incrédula, húmedo de sudor, apoyando las manos a los costados de mi cabeza mientras me miraba con una mezcla de adoración y agotamiento divertidos—. Me vas a exprimir el alma.
—Quiero que no te queden fuerzas ni para pensar en otro lugar que no sea aquí, conmigo —le respondí con un brillo febril en los ojos, tirando de su cuello hacia abajo para volver a devorar sus labios sin darle tregua.